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Siempre dije que cuando aparecen nuevas grietas en el corazón, había que usar esos huequitos para guardar lo que vale la pena, las cosas que nos hacen bien, aunque el corazón se termine transformando en una estantería llena.

Como todo ser humano, casi nunca ponés en práctica lo que aconsejás. Pero a veces, después de dar vueltas y vueltas, te decís : “intentalo, seguí algunos de tus consejos ” y te ponés manos a la obra. Buscás lo bueno entre medio de la tristeza, de las discusiones, de todo lo que te ( les)  hizo mal y un día, lo encontrás

Vas poniendo, medias desordenadas, las cosas buenas en los espacios que te dan las grietas. Lo curioso es que las mismas siguen apareciendo, de a poquito, casi sin querer, causadas sin intención, pero también, curiosamente,  de forma automática, te acordás de algo de lo lindo vivido y las tapás. Las rellenás. Las REPARÁS.

Lo difícil por ahí son las ausencias, las pasadas, las que pasan y las que sabés que van a pasar. Esas no agrietan el corazón, sino que tajean el alma. Cada día es como que se te va yendo la pobre en jironcitos.

Entonces es ahí donde te preguntás: ¿Cómo hago para volver a unirla? ¿Con qué tejo el hilo invisible para volver a coserla? Y ahí, mi querida/o lector/ra, empiezan los insomnios. Estás convencido de que si no dormís, estás aprovechando cada minuto del tiempo y que así no te vas a perder nada del presente, antes de que las despedidas comiencen a tomar forma.

Ya no pensás en arreglarte el corazón ni en coserte el alma, habrá tiempo para hacerlo después.
Pensás en si valió la pena. Si valió la pena ese poco o mucho tiempo que compartiste, o si estuvo bien haber aceptado la propuesta a sabiendas que el final no era feliz. Y , como estás en proceso de repararte y querés sacar las cosas buenas, decís: ” Sí, cada fucking segundo valió la pena”. Llegás a esa conclusión cuando te das cuenta de que el paso de esos seres por nuestra vida son absolutamente necesarios, necesarios para demostrarte que permitirse sentir y dejarse llevar, son las cosas que te hacen sentir vivo.
Por suerte no te vas a tener que hacer la odiosa pregunta del qué hubiera sido.
¿Que si inventaste mil finales distintos? ¡Claro que sí! Pero tal vez ninguno te hubiera enseñado tanto.
Entender que, si le ponés ganas y te tomás el tiempo para encontrar el punto de vista del otro, podés darte cuenta que no siempre tu felicidad es la felicidad de la persona que tenés enfrente.
Que si optás por no ser egoísta, vas a soltar.

Y el amor no es egoísta. Por primera vez, casi obligadamente ( porque se te acabaron las opciones) has seguido uno de tus consejos…

Y ahí vas, con el corazón hecho una estantería y el alma unida con costuras de hilo invisible, convencida de que el coraje de haberlo intentado supera, con el tiempo, a cualquier final triste.

Compartí, no seas paco