Nones; ese hombre perdía la razón a cada palabra mentada. No había remedio para una locura así; ese hombre, terminaba toda fiesta.

—Repito, mantengo y reitero. ¡Esto es asín! —y el «asín» lo hincó en la mesa con el dedo índice. En ello, se hizo daño, pero escondió la mueca, con solo la prueba infalible de unos tics nerviosos en el ojo.

—Nanai, —saltó Enrique— que no te creemos, Jordi. Aquí el único milagro es que tu señora no te haya dado el dos.

—¡Péro homme! ¿Cómo se atreve usted a…? —la señora ofendida quedó sin acabar.

—Estoy de broma, señora, no se alarmen los dramas.

—¡En mis trece! Lo he visto, y no se hable más. Boca cerrada tenía, boca abierta tiene ahora.

No era novedad que Jordi saltase con alguna invención suya. En cada reunión, una discusión. La fama ya no le precedía, le suplantaba; cuando la gente le escuchaba, lo hacían con el oído derecho y lo escupían todo por el izquierdo. En Jordi no había credibilidad ni toma en serio; era un circo que hacía función cuando la fiesta se ponía aburrida. El hombre era un ambicioso de la atención de la gente; cuando obtenía una pizca de esta, se ponía a hablar hasta por los oídos y por eso no escuchaba. Si uno le decía «hola» él ya le contestaba «estoy muy mal, porque…». Un verdadero Estupiñá barcelonés que daba jarabe de pico a toda cosa con oídos y entendimiento.

—Déjate de bocas abiertas, Jordi —Enrique se deleitaba en meterse con sus amigos—, y date más a cerrarlas. Especialment la teva.

—¡Serà possible… —Jordi hacía amago de levantarse, pero no podía mover su masa.

—Yo… —vino Xavier manos arriba, puchero en boca y mirando abajo para darse interés— no sé, no quiero decir nada, pero yo creo que dice la verdad.

—Pues para no querer decir res, ho has dit molt bien —Enrique cerveza en mano.

Xavier se dio otro paseíllo, haciendo gestos de hombre poderoso y de máxima confianza.

—No es ningún secret el meu interès per l’art. Tampoco es secreto que sea un magnífico observador. ¿No creen?

La gente ya vio la seriedad que se le estaba dando al tema, y escuchó cesando la queja, pero con un poco de humor esperando a salir, por si se tornara el asunto a comedia de nuevo.

—Añádanle estas características mías a esto que dijo Edgar Allan Poe, que «observar atentamente es recordar con distinción». Por último, os aseguro que no soy yo hombre de juegos ni tonterías. He venido mucho por esta casa, he vingut molt sí; en estas visitas mías he observado bien el arte que cuelga en las paredes y el que reposa sobre las mesas. Yo os digo que ese Cristo ahí colgado, tenía la boca cerrada. Ahora miren ustedes, la tiene abierta.

Nadie supo que contestar, menos Jordi, que viéndose apoyado por una vez tenía de qué darse con un canto en los dientes.

—Anda, anda, que serio se pone el personal ahora. ¿Ya empezáis a creer? —Jordi buscaba la disculpa del mundo entero.

Enrique se giró y observó la sagrada imagen. Miraba y miraba, apoyando la mano derecha en la cadera y apoyándose con la izquierda sobre la mesa. Así quedó analizando un tiempo.

—Pues sepa usted, Xavier, que tantas veces he venido yo aquí como usted. Seré un mal observador, pero muchas santificaciones me he hecho delante de esta estatua y no podría decir si hay diferencia alguna. Porque fíjese usted que yo no sabría hablar de detalles, pero si algo cambiase en una casa bien noto ese airecillo diferente. ¿Qué opina usted, señora?

Doña Carrasco vino alterada.

—¿Pues qué voy a pensar? Que están ustedes todos majaretas. Yo soy muy discreta, y me callo todas las cosas, pero aquí hay mucho loco para tan poco loquero. ¿Dónde ven bocas abiertas ni bocas ni nada?

—Pues ahí, señora mía, ahí —dijo Enrique señalando al Cristo avalado con el respaldo de Xavier.

La señora Carrasco seguía la línea del dedo y no veía Cristo alguno.

—¿Eso? ¿Dice eso de ahí? —señalaba hacia donde el Cristo colgaba.

—Eso mismito —contestaba Jordi.

La señora puso los brazos en jarra y exhaló una impotencia fermentada en ira.

—¡Pero si eso es una cruz de Caravaca, panda de borrachos! ¿Dónde ven ustedes ahí imagen ni boca?

Quedaron todos mudos, rieron y pidieron otra ronda.

Aquí vemos que, en la argumentación de nuestras opiniones, inventamos como inventaba el inventor. Pues no había Cristo que hubiera visto Xavier, ni santificaciones que hubiera hecho Enrique, ni visión que Jordi viera. Pero todo vale para llamar la atención, todo vale para decir que uno está en lo cierto; la mentira está en boca de todos, y de boca en boca va como un herpes infeccioso. Miente el hombre con tanta naturalidad, que se hace experto y exquisito en la mentira. Es el mentir una vanidad de vanidades.

Aquí termino esta improvisación; ya llegará otra, cuando no encuentre de qué escribir.

Os recuerdo que mi libro «historias y leyendas de España» está gratis hasta mañana:

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