Cuando uno tiene la posibilidad de viajar al pasado tantas veces como quiera, el dinero nunca es problema. Unas apuestas aquí, comprar algunas acciones por allá, o incluso apostarle al primero que se cruce por la calle “a que se larga a llover en exactamente 2 minutos y 43 segundos”.

El dinero, además, se regenera solo. Basta con conseguir un ítem cualquiera en el pasado (llámese un jarrón, un cuadro o incluso un aparato telefónico) y venderlo en la actualidad como una antigüedad.

Esto es lo que me permite moverme libremente a donde sea que necesite ir para cumplir mi misión. Bah, “mi misión”. Nadie me mandó a hacer esto, nadie me lo encomendó. Yo soy el inconciente que se decide a arriesgar su vida y la posibilidad de nuevas misiones con cada tarea que me propongo realizar.

Nadie nunca sabe del éxito (o fracaso) de mis misiones. Pero ahí están, disfrutando de mi trabajo sin siquiera saberlo. Ellos, y los que los rodean, y el círculo que se forma a su alrededor, y el mundo entero. Incluso los que no quieran ni les interese.

¿Y las repercusiones? No es mi problema. Es la gran ventaja de ir en una misión que nadie me solicitó: las repercusiones son un tema del cual me puedo desligar sin remordimientos.

Smokey Joe’s Cafe

Trato de estar tan informado como me es posible. Por el bien mío y de mi misión. Por lo tanto, cuando decidí aceptar esta nueva tarea, recurrí nuevamente a mi más confiable fuente de información: Wikipedia.

Activé los controles y establecí la fecha. Los detalles los dejaré para más adelante.

Lo de siempre, rayos, luces, movimiento, la música de los Beatles acompañándome en el viaje (¿quién dijo que los viajes en el tiempo deben ser silenciosos?) y el desconcierto de aterrizar en un lugar nuevo, en un momento distinto.

Lubbock, Texas. Estados Unidos. Enero de 1959.

¿Vieron la típica respuesta que uno da a esa pregunta fantasiosa? “Si tuvieras una máquina del tiempo, ¿qué harías?”. Las respuestas son variadas, pero muchos mártires de la humanidad te dicen “Yo mataría a Hitler para evitar la segunda guerra mundial”. Esas son respuestas fáciles, respuestas de gente que no se quiere realmente plantear lo que implicaría tener en su poder una máquina del tiempo.

¿Cómo te acercás al Führer sin ser detectado para eliminarlo? ¿Cómo infiltrás las tropas alemanas, aquellas encargadas de eliminar 6.000.000 de judíos e infundir un terror que incluso en estos días se mantiene lo suficiente como para considerar la palabra “nazi” como uno de los peores insultos que alguien te puede proferir?

No señor, responder a esa pregunta no es algo tan sencillo. Y sin embargo, yo la respondo cada día. No solo la respondo, la llevo a cabo.

Aterricé (es una forma de decir, tampoco es que manejo un avión) en Lubbock, un pequeño pueblo ubicado cerca del límite entre el estado de Texas y el de Nuevo México. Quien recorriera la histórica ruta 66 (que en ese momento era conocida simplemente como “la ruta 66”, por lo menos hasta su decomisión en 1985), tendría que desviarse unos 200 km en la ciudad de Amarillo hacia el sur para alcanzar el área que comprende esta ciudad. Usualmente uno no tendría motivos para hacerlo, nada llama la atención en esta pequeña ciudad. Pero fue aquí donde nació el objetivo de mi siguiente misión, y supuse que sería un buen lugar donde comenzar. Uno debe estar atento a cualquier circunstancia que se pudiera interponer en el camino, al destino no le gusta que jueguen con él.

Me puse a recorrer las calles de tierra en busca de algo que me inspirara, tenía aproximadamente un mes para cumplir con mi misión y quería, primero, familiarizarme con el entorno. Un cartel en la avenida principal me indicaba que había aterrizado en el lugar correcto.

“Proud home of”, “Orgulloso hogar de”. Más de una vez leí esas palabras para indicar la ciudad de nacimiento de quien cambiaría el curso de la historia. Me preguntaba si algún día mi ciudad llevaría esas palabras refiriéndose a mí. Resultaba difícil, puesto que nadie sabía a qué me dedicaba, pero uno puede soñar, ¿verdad?

Seguí caminando sin rumbo fijo, saludaba a cuanta cara amistosa me cruzaba por la calle. En esa época se acostumbraba saludar al forastero, y yo no disimulaba serlo. Me gustaba llamar la atención, creo que es un requisito necesario para hacer lo que hago.

Me detuve en una pequeña cafetería, “Smokey Joe’s Café”, a tomar una cerveza. Me preguntaba si me pedirían documentos. No aparento ser menor de edad, pero tampoco podía mostrarle al bartender un carnet que acreditara haber nacido varios años después de la fecha actual. Decidí entonces, y solo como precaución, pedir un café.

Smokey Joe era un hombre amable (al menos en apariencia), apenas entrado en años. Tenía una pequeña cicatriz en la mejilla y llevaba uno de esos sombreritos blancos típicos de todo mozo de café de los años ’50. Lo llamaban Smokey Joe por su afición al cigarro, cada foto colgada en la pared (y eran varias) lo mostraban fumando junto a varias personas que no podía reconocer. Me pareció ver a mi objetivo en una de esas fotos, pero estaba en la otra punta y no estaba muy seguro. No sería nada raro, seguro pasó por esta cafetería varias veces. Antes de su fama y después también. Era un hombre sencillo, lo más probable es que volviera a su Lubbock natal varias veces luego de alcanzar el éxito.

Le pregunté, por casualidad, a Smokey Joe si ese hombre era quien creía, y me confirmó que, efectivamente, así era. Me puso contento en cierta forma, sentí que ya estaba cambiando la historia tan solo por esa pequeña intervención. Pregunté si conocía su carrera, si le interesaba; me dijo que sí, que sentía orgullo por saber que había nacido allí, e incluso me contó, a modo de anécdota, que lo conoció hace varios años cuando quiso conquistar a quien era su novia (sin saber que esa chica le pertenecía a Smokey Joe). Lo había amenazado, pero no pensaba realmente hacerle ningún daño, era más para asustar que otra cosa. Su cicatriz en la cara funcionaba cuando se trataba de infundir algo de miedo.

Meses después, cuando mi objetivo se hizo famoso, regresó a la cafetería sin siquiera recordar el episodio y Smokey Joe lo recibió con los brazos abiertos, olvidando todo tipo de rencores. Allí fue donde tomaron la fotografía que hoy retrata una de las paredes del pequeño negocio de mi nuevo amigo, Smokey Joe.

Well… All Right!

Me despedí de Smokey Joe preguntándome si el lugar seguiría existiendo en mi futuro, mi actualidad. Me prometí un día volver a Lubbock a ver si la cafetería seguía en pie. Por supuesto, aún si eso ocurría, nunca sabría si siempre estuvo ahí o si fue mi pequeña intervención la que hizo que durara varios años más. El efecto mariposa, le decían. La historia de mi vida.

Siempre trato de llegar aproximadamente un mes antes de la fecha en que debo cumplir mi misión. El tiempo me sirve para aprender un poco de la época, el entorno, su gente… y, por supuesto, mi objetivo.

“Si pudiera viajar en el tiempo mataría a Hitler”. Mi misión no se trataba de matar a nadie, sino todo lo contrario, de salvarlo. Pero en ambos casos, para poder tener éxito, uno necesita acercarse a su objetivo. Que lo conozcan. Que confíe.

Supongamos que yo viajara a Alemania con ese objetivo, y supongamos que me propongo cumplirlo. Intentar hacer lo que Lee Harvey Oswald hizo con Kennedy sería riesgoso y complicado. Él tuvo una sola oportunidad y le salió bien, fue un poco suerte. Siempre lo es en estos casos. Pero si queremos acotar ese margen de azar, necesitamos acercarnos a nuestro objetivo. Yo no podría apostarme en una ventana de un edificio y esperar que el Führer se cruce por la calle justo entre la mira de mi escopeta. Tengo que estar junto a él, conocerlo, dejarlo que confíe en mí, y cuando menos se lo espere… atacar.

Eso, por supuesto, si quisiera matar a Hitler. Pero no quiero. Yo no soy un mártir ni un héroe, no soy nada más que un amante del rock.

De todos modos, aquí, en Lubbock, Texas, en el año 1959, no hay ningún Hitler que matar. Pero sí hay una estrella de rock que salvar. Hoy no se encuentra en Lubbock. Según mi confiable Wikipedia, la semana siguiente, el 23 de Enero de 1959, mi objetivo estaría dando un recital en Milwaukee. Uno de sus últimos.

Si no llego a tiempo, claro está.

I’m Changing All Those Changes

La ciudad de Milwaukee, en Wisconsin, está bastante lejos de Lubbock, pero una semana era tiempo más que suficiente para llegar. No obstante, no quería dejarme estar, pensé en asistir a ese recital, esperar a que finalizara y luego dar comienzo a mi plan. ¿Cuál era mi plan? Aún no lo sabía, siempre suelo improvisar estas situaciones.

Cada vez que escucho el nombre de Milwaukee (y no es tan seguido como uno pensaría) recuerdo la película “Wayne’s World”, donde Alice Cooper comentaba un poco de historia de la ciudad. Por supuesto que en Lubbock, en 1959, nadie conocía ni el filme ni al cantante maquillado. Aún así no podía evitar sonreír.

Llegando a la autopista que conectaba Lubbock con el resto del país pasé por una tienda de autos usados. “Honest Joe Trader” rezaba el cartel. En esa época aparentemente se acostumbraba a aclarar la cualidad del vendedor en el mismo nombre, aunque por otro lado dudaba muy seriamente encontrar un negocio llamado “El Traicionero Peter”.

Ingresé al recinto a averiguar los precios de algún buen auto usado. Robusto y confiable. Lo que menos quería era quedarme varado en medio de la ruta, en un país y una época completamente desconocida. Afortunadamente no estaría incomunicado, tantos años de trabajo me dotaron de un buen manejo del inglés. Y lo llamo trabajo a pesar de no recibir paga alguna por el mismo.

Conseguí un hermoso Ford Thunderbird por menos de $4.000, y con él como compañero de aventuras decidí comenzar mi travesía. Me llevó dos días, con una pausa nocturna en un cuestionable motel de la ruta, a la entrada de la ciudad de Kansas. Si se están imaginando escenas de la película Psicosis de Hitchcock, les aviso que no es lo que ustedes piensan. Pero tampoco estarían tan alejados. En apariencia se le parecía (todos los moteles son iguales a mi entender) pero no había ningún hombre sospechoso atendiendo, ni mucho menos una mansión o una madre alterada.

Llegué a Milwaukee el 20 de Enero, y busqué un lugar donde establecerme por los siguientes días. Conocería al artista detrás de esta epopeya e intentaría acercarme amistosamente a él para luego, si todo marchaba como planificaba, acompañarlo en su gira hasta el fatídico día en que su destino nos demostraría qué tan flexible puede llegar a ser.

Lo primero que hice luego de acomodarme en una humilde habitación de alquiler, fue dirigirme al “George Divine’s Million Dollar Ballroom”, el salón donde se realizaría el primer recital de la gira, para adquirir mi ticket. Me costó la desorbitante cantidad de $1.25. Es increíble pensar que uno puede presenciar la historia del rock en su máximo fervor por un precio tan bajo, y sin siquiera saberlo.

Decidí recorrer un poco la ciudad en los días que me quedaban libres, conocer su gente y sus costumbres. Incluso quizás hacer algunos amigos que me ayudaran a realizar mi tarea.

En la ciudad de Milwaukee, una ciudad mucho más grande que Lubbock, no se respiraba el mismo aire texano que viví un par de días atrás. Aquí la gente observaba con curiosidad, pero no de la buena. No veía caras amistosas sino de precaución, como si pensaran que yo, un forastero, fuera a hacerles daño. Decidí que intentar hacer amigos en un lugar que no se presta para ello quizás no fuera buena idea, por lo que me aboqué a pasear como un turista más sin prestar atención al mundo que me rodeaba.

Debo admitir que un poco emocionado estaba. Es cierto que yo estaba en ese lugar para cumplir una misión, pero la idea de presenciar ese concierto me era más fuerte, me sentía una colegiala a punto de ver a su estrella favorita. Y no era para menos, en pocos días estaría allí, viéndolo a él.

El día de la función me presenté en el salón con anticipación, pero aún así ya había una fila larga de gente para ingresar. Un animador recorría el tumulto entreteniendo a los pacientes que, con clara ventaja, se decidieron aprestarse horas antes para conseguir una buena ubicación. El animador hablaba con la gente, les preguntaba si estaban emocionados y cantaba canciones con ellos. Afortunadamente pasó lejos mío, porque la vergüenza sumada a mi inglés de extranjero me habrían jugado una mala pasada, seguramente.

De a poco fuimos ingresando al salón. Un músico desconocido nos daba la bienvenida y nos anunciaba que el plato fuerte vendría pronto. Pero mientras tanto, “me gustaría compartir con ustedes un par de canciones. Algunas son mías, otras son de todos, y espero que las canten conmigo”. Inmediatamente comenzó a tocar “Johnny B. Goode” de Chuck Berry, un clásico entre clásicos. Casi que esperaba verlo a Marty McFly, el personaje de Michael Fox en la película “Volver al Futuro”, tocando la canción y advirtiéndonos que “a nuestros hijos les va a encantar”.

El músico desconocido interpretó luego un par de temas propios, con moderada aceptación. La gente, honestamente, no quería verlo a él, y él lo sabía, pero no se dejó amainar. Tocó “Hound Dog” en versión de Elvis Presley y la gente se volvió loca. Esta vez sí había logrado que le presten atención. Finalmente se despidió, no sin antes anunciar que en 5 minutos comenzaría el show que la gente había pagado para ver.

Hubo gritos, aplausos y luego el murmullo habitual antes del plato fuerte.

Entonces, se apagaron las luces.

Una voz saliendo de algún lado lo anunció. A él y a su banda.

Fue entonces cuando salió a escena. No podía creerlo, realmente estaba ahí. Flaco, alto, con un saco blanco, el pelo enrulado y sus inconfundibles anteojos de marco grueso. Tocó los primeros acordes de uno de sus temas más conocidos y la gente enloqueció. Y yo junto a ellos.

Por un momento olvidé que venía del futuro con una misión concreta. Por un momento fui un joven viviendo el mejor recital de su vida. Porque ahí estaba él.

Ahí estaba Buddy Holly.

Continuará…

Escrito por Pablo Grabarnik para la sección:

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