Viaje de trabajo. La empresa nos llevó a una sierra cordobesa en medio de la nada. Sin señal, sin shoppings, sin gente. Solo estábamos las 300 personas de toda Argentina para asistir a las capacitaciones. Por suerte no fui sola, tenía a mi fiel compañera de trabajo. Mi segundera en todo, siempre.

Córdoba… que hermosa provincia. Durante el día el sol pega fuerte entre la vegetación de sus montes. A la noche refresca a tal punto de buscar calor en algún fogón cercano, o humano.

Fue un viaje largo, en micro, tardamos más horas de lo habitual. Mi espalda estaba destruida, mis pies hinchados, mis rulos despeinados. Llegamos al hotel, rustico, típico de esa zona. Nada de cinco estrellas ni jacuzzi. Esto era campo, aire libre, libertad. Nos acomodamos, seguimos las respectivas instrucciones y para el almuerzo ya estábamos aseadas y preparadas para las charlas. Fue cuando lo conocí. Alejandro de Bahía Blanca, 27 años. Rubio, desde la punta de su cabello hasta sus pestañas. Alto y de físico grande. Era mi estilo, no pude despegar mis ojos de encima. Nos asignaron en las mismas charlas. A mi compañera de trabajo la pusieron en otra división así que estaba sola, pero con él.

Me acerqué a hablarle entre tanta gente, me contó su experiencia en esta empresa y a donde quería llegar. Nos prometimos un café en aquel banco cerca del lago al finalizar la capacitación. Y así fue.

Eran las siete de la tarde y el sol caía entre los cerros verdes de Córdoba, el frío se hacía notar. Quería mi café con Alejandro, pero no estábamos solos, seis compañeros más se nos habían unido. Parecían haber arruinado todo mi plan, sin embargo, me le senté al lado y le pedí que masajeara un poco mi cuello porque el viaje lo había destruido… No les puedo explicar cómo se sintieron aquellas grandes y pesadas manos en mi nuca. Parecía que mis pies flotaban del pastizal. Cerré mis ojos e incliné mi cabeza hacia atrás. Él supo notarlo porque bajó su mano hacia mi espalda y aquellos masajes dejaron de ser inocentes. Mientras el resto hablaba sobre los problemas nacionales económicos nosotros en nuestro banco con nuestro café nos entendíamos…

Sus manos bajaban a mi cintura y presionaba mi cuerpo. Podía notar como mis pezones se endurecían, pero no era el lugar. No era el momento. No estábamos solos y no iba a ser para siempre. Era solo un fin de semana en la ciudad de la joda y la perdición. Tenía que aprovechar, le pedí a Alejandro que me acompañara a devolver las tazas a la cocina y buscar al coordinador. Asintió. De camino al hotel me desvié por un camino que llevaba a una cancha de fútbol entre árboles, oscura, había muy poca luz. Quedaban algunos rayos de sol peleando con el negro de la noche por asomarse. Tiré la taza al piso y agarré su mano. Nos mezclamos entre la arboleda.

No precisé de hacer nada más, me besó apoyados contra un árbol viejo. Mi altura se complementaba excelente con la suya, su físico y fuerza con mi débil resistencia. Nuestro contacto era fogoso, sabíamos a que habíamos venido perfectamente. Estábamos solos, era nuestra oportunidad. Mi oportunidad. Mientras su lengua se hundía en mi boca yo desprendí su pantalón con mucha rapidez, estaba entusiasmada. Lo bajé al mismo instante que mi cuerpo se arrodillaba al piso. Retiré su ropa interior y comencé a practicarle sexo oral.

Se apoyó en aquella corteza vieja mientras yo ingresaba su miembro erecto, y debo decir, grande a mi boca. Mis rotulas dolían, estaba arrodillada sobre piedras y raíces secas. Pero no me importo, llené de baba aquellos testículos y el sufrimiento dejo de existir. Bajó sus manos hacia mi cabeza y me manejó como quiso, no puse resistencia. Cuando menos lo imaginé tapó con sus dedos mi nariz inhabilitando mi respiración. Su mástil estaba aún en mi boca. Parecía excitarlo aún más, yo ahogada y el con su cabeza completamente inflamada en mi tragadero.

Pensé que iba a acabar, preparé mis labios expectantes cuando en realidad me subió de vuelta y bajó mis pantalones. Agarró mi pierna derecha y la subió hasta la altura de su estómago, me penetró. Mi espalda estaba uniéndose con aquel árbol, nuestros movimientos descascaraban la madera vieja cayendo en nuestros cuerpos. Destruíamos la naturaleza con nuestro sexo. El continuaba metiéndose de lleno adentro mío.

Mi pierna izquierda tenía que lograr mantener equilibrio pero entre tantos temblores se dificultaba. Alejandro lo disfrutaba, yo me excitaba con él. Con la otra mano libre que le restaba apretó mi cuello muy fuerte y susurro a mi oído: “Siempre ame a las mendocinas”. Segundos después de dejar mí vulva enrojecida y humedecida acabó vilmente en mí. Sus suspiros acompañaron el movimiento de separación entre nuestros sexos. Selló aquel momento con un beso.

Recogimos las tazas y nos despedimos de aquel árbol, estábamos cubiertos de tierra y algún que otro pedazo de leña. Cada uno se retiró a bañarse y prepararse para el cierre de las comisiones. Aún quedaba el día domingo. Los hombres de bahía blanca son tan adictivos como aquellos cigarros que te dan risa.

Córdoba, ciudad de placeres y pasiones concretadas. No intercambiamos números, tampoco nos íbamos a extrañar. Alejandro fue mi aventura en aquellos montes. Al fin y al cabo, era un viaje de trabajo…

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