Belonefilia: Atracción por pincharse y a las agujas.

María hurgaba con paciencia en el costurero, con cuidado sacó hilos rojos, verdes, amarillos y negros; intentaba hallar el azul. Mientras más acentuaba la búsqueda más sentía un hormigueo que le subía por los muslos hasta la entrepierna. Cuando encontró el estuche de madera, rojo con ribetes dorados, en donde guardaba las agujas un escozor radioactivo le mojó el sexo y luego se desbarrancó por sus enaguas blancas.

Desde sus vísceras comenzó a trepar un jadeo cíclico, isocrónico y bestial.

Le gustaba su oficio. Desde que cumplió dieciséis años hasta los casi sesenta que tenía en ese momento se había sentado a trabajar en esa habitación chiquita con paredes color verde y una ventana que daba a un jardín violeta en verano y gris en invierno.

Tomó la pequeña caja de madera, pintada de rojo con ribetes dorados. Ante la inminencia de encontrarse con las agujas una catarata de flujo la hizo convulsionar, sus cejas se arquearon y sus dientes casi cercenaron su lengua en un movimiento espasmódico de placer y deseo.

Al abrir el recipiente un fulgor infinito le quemó la cara y la dejó ciega por un segundo dorado. La saliva le corría por los labios, una gota subrepticia cayó sobre el metal de una de las agujas, resbaló hasta el ojo y murió ahí, calladita.

María extrajo una aguja y la miró profundamente a través de sus gafas, ésta se reflejó en sus pupilas desorbitadas. Entonces, le pasó su lenguaserpiente desde abajo hacía arriba y, al llegar a la punta, se pinchó la lengua. Al hacerlo se le pusieron los ojos en blanco de puro éxtasis. Una gota roja brotó de su boca, que luego, extrañamente, cayó sobre la saliva que pendía de la aguja que estaba en la cajita roja con ribetes dorados.

Enhebró con un hilo azul y pulso firme y certero y se acomodó los lentes. Le dejaron el encargo de hacerle el ruedo a una falda azul de seda. Se demoraría horas en terminarlo, haría lo imposible para que eso ocurriese. Puntada tras puntada, gemido tras gemido, puntada tras gemido.

A medida que la aguja entraba y salía de la suavidad del tejido las convulsiones de gozo la iban arrastrando a una dimensión paralela.

El sudor la enceguecía, salinoso rodaba por su cara y le mojaba los labios y ella se imaginaba que eran secreciones ajenas y se pinchaba nuevamente. La transpiración se mezclaba con la sangre en una danza tribal.

Afuera el sol mordía el piso, genuflexo. Un caracol suspiró detrás de las madreselvas, María miró hacia el jardín y tuvo un orgasmo que la hizo contraerse y dejó escapar una exhalación.

Miró sus dedos surcados por las cicatrices y las nuevas heridas provocadas por las agujas. Incapaz de cesar se relamió mientras la luz mortecina se iba consumiendo entre las sombras.

Tomó una aguja más grande, una de coser lana. Al verla sus ojos brillaron como una supernova.

Siguió cosiendo y pinchándose en la oscuridad

María terminó la falda azul entrada la noche, tenía las piernas pringosas, el cuerpo lleno de pinchazos escarlatas y el útero ardido.

Le encantaba su trabajo.

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