Cada vez que se acercaba el día, Samira se ponía más y más ansiosa. El resto del año vivía su vida normal con Federico, sus dos niños, de seis y nueve años, y Fiama, su perra. Pero la promesa que había hecho quince años antes era irrompible, tenía que hacerlo, una vez al año, mismo lugar, misma hora y misma persona. Tenía que hacerlo, y más allá de la obligación, lo disfrutaba, lo gozaba como ninguna.

Federico nunca sospechaba nada, era un buen hombre que se dedicaba a trabajar y a cuidar de su familia, amaba mucho a Samira y no dejaba que nada le faltase, más allá de que ella trabajase también.

Ya tenía preparado lo que iba a poner de excusa. Aprovechaba que Federico y los niños tenían que ir a ver a los parientes de él en Tupungato e iban a pasar el finde allá. Era perfecto, nadie sospechaba. Cada vez aumentaba la tensión, la única vez que le mentía a él a la cara, que le decía que todo iba a estar bien, y lo estaría.

Llegó el día. Y como cada día de ese mes en los últimos 15 años ella se preparaba para una noche única. Una bolsa en donde había un consolador, una caja de preservativos, un lubricante y un arnés era el condimento extra que aportaba más excitación a la cita. Las esposas las tenía él, ya todo estaba preparado. Cerró la puerta de su casa, se subió al auto y empezó a manejar. La mesa ya estaba servida.

Sacó una llave sola de un bolsillo interno de la cartera. Llegó al edificio y en el ascensor marcó el décimo piso. Puso la llave en la cerradura del departamento 103 y giró. Abrió el picaporte, dejó la cartera sobre la mesada y caminó la amplia sala hasta llegar al ventanal que reflejaba la Ciudad de Mendoza, vista desde el piso diez. Se sacó el sobretodo y lo dejó en el piso, cerró los ojos y sintió que Mauro se acercaba. Lo esperaba. Se puso detrás de ella y le empezó a besar el cuello, primero despacio, luego más intensamente. Las respiraciones se hicieron más agitadas, se acercó a su oído y murmuró “preciosa, esta noche es nuestra”.

Hacían 15 años se habían prometido verse, encontrarse una vez al año en ese departamento que juntos habían comprado y dar rienda suelta a la pasión. Ella estaba casada, él tenía su mundo aparte y más allá de que no podían estar juntos, una vez al año esa regla no era válida. Samira sentía que solo con él podía dar rienda suelta a sus pasiones, a ella le gustaba dominar y a él dominar y más aún, ser dominado. Esa fecha era especial también. Era el recuerdo del día que se separaron y siguieron su vida en caminos distintos.

Mauro comenzó a desvestirla entre besos que dibujaban un ritual propio. Samira conocía el camino a la habitación, semidesnuda le agarró la mano y lo condujo a la habitación, mientras que lo único que la iluminaba eran las luces de la Ciudad. Le bajó el pantalón y sintió la excitación creciente, sacó el bóxer y él estaba entregado a lo que viniera, no lo dudo, abrió la boca y le hizo sexo oral mientras que ella sentía como se iba mojando.

Ya era hora. Fue al living y de su cartera sacó la bolsa, entre excitaciones la dejó sobre la mesita de luz, Mauro sacó un preservativo de la caja, se lo puso, luego la acostó en la cama, y la poseyó. De a poco primero y aumentando la intensidad estando el arriba, y no paró hasta hacerla acabar. Para él todavía faltaba, faltaba lo mejor. Ella pegó un gemido de placer, había terminado la primera parte de la noche. Ahora era su turno.

Se puso el arnés, se subió a la cama y Mauro tenía las esposas en la boca. Ella se las sacó y lo esposó a los barrotes de la cama, de espaldas. Le dio azotes en la espalda, en la cola y cuando fueron suficientes agarró el lubricante, se lo puso en los dedos y empezó de a uno por vez mientras que lo masturbaba con la otra mano. Llegó el momento y lo poseyó, había estado todo un año esperando ese momento. Ambos gritaban, gemían disfrutando ese momento que solo se repetía una vez al año. No se sentía infiel, se sentía llena de vida, de placer. Ambos acabaron, ella por segunda vez y él por única, al mismo tiempo.

Ya en la cama se dieron un amplio y eterno beso en la boca, ya no volverían a verse hasta el año siguiente en donde volverían a ser dos cuerpos que se dejan llevar ya no por los sentimientos, sino por la pasión. En un momento se quedó dormida, por el cansancio, y cuando despertó la luz del sol arrimaba y Mauro dormía desnudo abrazándola. Quisiera estar así para siempre pero las reglas eran muy claras, no podía. Le dio un beso en la boca, acomodó todo en su cartera, se vistió y le dejó un beso estampado en la ventana. Aquella ventana que, de noche, refleja las luces de la Ciudad.

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