Leer el capítulo 1

Buddy Holly nació como Charles Hardin Holley el 7 de Septiembre de 1936. El lugar ya lo mencioné anteriormente, ese pequeño pueblo de Lubbock, en Texas.

Según reportes periodísticos (y mi fiel y confiable Wikipedia), un accidente aéreo se cobró su vida a la tierna edad de 22 años. En apenas un año y medio de carrera consiguió ser una de las figuras más influyentes del rock’n roll. Basta con decir que los Beatles escogieron su nombre en homenaje a Buddy Holly y su banda “The Crickets” (Los Grillos). The Beatles es una deformación de la palabra “Beetles” (Escarabajos).

Aquél 23 de Enero de 1959 yo me encontraba entre el público, mirando con devoción a este joven cantante y guitarrista, que manejaba a la audiencia con gracia, calculando cada movimiento pero como si fuera improvisado. El recital comenzó con el tema “Oh, boy!”, una de esas canciones movedizas con una letra común y corriente sobre un chico hablándole a una chica, convenciéndola de que están hechos el uno para el otro. Hizo una breve seguidilla por todos sus clásicos, incluyendo los dos temas que más fama le trajeron: “Peggy Sue” y “That’ll Be The Day”.

Fue una aparición bastante corta, ya que el recital se celebraba en el marco de un festival que incluía otras figuras. Entre ellas, Ritchie Valens (quien llevó a la fama una versión rocanrolera de La Bamba) y J. P. Richardson, artista conocido como “The Big Bopper”. Estos dos músicos habrían de acompañarlo a Buddy en ese fatídico y trágico viaje de avión, por lo que salvarlo a Buddy implicaba salvarlos a ellos también. Mejor aún, quién sabe qué destino depararía salvar a otros dos grandes músicos. En particular al joven Ritchie Valens, quien con solo 17 años, ya era una joven promesa del rock.

It’s So Easy

Al finalizar el recital me quedé en los alrededores hablando con la gente y comentando la experiencia que acabábamos de vivir. Mi idea era quedarme ahí lo suficiente como para poder hablar con el maestro en persona, apenas para darle una mano con los aparatos, a modo de agradecimiento por la noche que me había hecho vivir. Me valía de la fama de Buddy de ser un tipo sencillo y humilde.

Éramos aproximadamente unas 10 personas cuando la banda empezó a salir del salón. Estas eran las ventajas de la época, nada de salidas subterráneas secretas, ni limusinas con quince guardaespaldas delimitando el territorio. No señor, el salón tenía un único acceso por el cual entramos nosotros, y por el cual salieron los artistas. Solo había que aguardar lo suficiente.

Ritchie Valens salió primero, yo no sé si era la época, pero ese muchacho se veía muy maduro para tener apenas 17 años. De las 10 personas que estábamos allí, la mitad eran mujeres jóvenes adolescentes que solo querían un autógrafo, un abrazo o, vale decirlo, un beso, de aquellos a quienes más admiraban. Así fue que, apenas el joven Richard Valenzuela (tal era su nombre de nacimiento) cruzó el umbral de entrada, todas se abalanzaron encima. A Ritchie no parecía incomodarle en lo absoluto, él estaba recién descubriendo y disfrutando los productos de la fama.

“The Big Bopper” fue el siguiente en aparecer. Las chicas, en este caso, lo ignoraron casi por completo. Para ellas era ya un hombre mayor (y lo de mayor es muy relativo a la época y la situación, ya que J. P. no alcanzaba ni los 30 años). Algunos muchachos que estaban ahí se acercaron a estrechar su mano y agradecerle. Yo me quedaba al margen, quería estar pendiente de la salida de Buddy.

Finalmente, luego de unos 5 minutos, Buddy salió a la calle charlando con sus compañeros de banda. Era tan sencillo, tan humano. Tan alcanzable. Aquí todos los presentes, chicos y chicas, nos acercamos a él para felicitarlo, admirarlo, agradecerle… lo que surgiera.

Aguardé pacientemente que el resto de la gente profesara su admiración, y me acerqué a Buddy. Al estrechar su mano volví a sentir lo mismo que siento cada vez que realizo el primer contacto con el objetivo de mi misión. Es como si se sellara un pacto entre nosotros. Un pacto invisible del cual mi objetivo nunca tiene idea, pero es un acuerdo implícito entre ambos: “Tú haces tu música y yo salvo tu vida”. Nunca me interesó el reconocimiento por eso ni el agradecimiento. Para mí, saber que un artista (cuyo destino le fue arrebatado antes de tiempo) pueda seguir haciendo música, es agradecimiento suficiente. Por supuesto que no siempre es el caso, he tenido ejemplos de personas que, tras ser salvadas, deciden de todos modos retirarse de la música. Es su elección, algunas cosas no están destinadas a ser.

Me sentía irrespetuoso refiriéndome a él como Buddy. Vale aclarar que, en inglés, la expresión Buddy se utiliza coloquialmente para referirse a un colega, un amigo. Buddy, por supuesto, no era eso para mí (no aún), y aunque ese fuera su nombre artístico (y, de hecho, era el apodo con que todo su entorno lo conoce desde pequeño), yo no me sentía en la confianza tal de llamarlo así. De modo que mi conversación inicial con una de las máximas figuras del rock’n roll comenzó con un “Mr. Holly”.

Fool’s Paradise

“Me gustaría, en principio, agradecerle por el recital. Es la primera vez que lo veo pero vengo admirándolo desde hace bastante tiempo (más de lo que pudiera imaginarse, pensaba para mis adentros), así que para mí fue un privilegio poder asistir y disfrutar esta noche”.

“Por favor, llámame Buddy” me replicó. Lo seguía sintiendo una falta de respeto, pero mayor falta sería no acceder a su petición. “Me alegra que hayas disfrutado el recital, gracias a tí por venir aquí, el que se siente privilegiado soy yo”.

¿Había escuchado bien? ¿Buddy Holly me había dado las gracias a mí? Si no fuera por la incontable cantidad de veces que tuve que convencerme de que todas mis aventuras (porque me gusta llamarlas así de vez en cuando) son ciertas, pensaría, una vez más, que estaba soñando. Pero por supuesto, esto era más real de lo que podría explicar.

“Buddy, me gustaría poder ayudarte en la gira, estoy sin trabajo y darte una mano sería, no solo para mí un sueño hecho realidad, sino además una muy buena forma de aprender el negocio desde adentro. Yo también soy músico.”

Era en parte cierto. Por supuesto que tenés que amar la música si decidís dedicar tu vida a salvar el rock en todas sus formas, pero además me daba bastante maña tanto con la guitarra como con el piano. Nunca participé de una banda ni grabé una sola nota, todo lo hacía por placer, pero a fin de cuentas ser músico es un título que se gana desde adentro, creyéndose serlo internamente.

“Pues no nos vendría mal una persona que nos ayude a llevar los instrumentos y armar todo antes de los recitales, pero no te puedo mentir, la paga no sería generosa. Usualmente nos repartimos el dinero que obtenemos de los shows”.

No le iba a admitir en ese momento que jamás viviré problemas de dinero porque no podría siquiera empezar a explicarle los motivos, así que me limité a decirle que poco me importaba el bajo sueldo, con tal de poder acompañarlos y aprender tanto de él como de sus compañeros.

Así fue como me convertí en “roadie” de Buddy Holly. Y me quedaba ahora tan solo una semana y media para ese fatal viaje en avión…

Continuará.

Escrito por Pablo Grabarnik para la sección:

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