Aún se respiraba la tranquilidad de pueblo en el barrio Nacif. Las casas similares impregnaban de familiaridad y nostalgia la vida de los vecinos. Las tardes de sol y risas musicalizaban los días. El tiempo pasaba lento en ese lugar. Había robos, como en todas partes, pero aún el paisaje conservaba esa mística, esa paz, ese sosiego tan lejano en las ciudades. Separado por una calle, el barrio Torcacitas transmitía la misma sensación. A cualquier hora se podía ver a los niños jugando a la pelota, a las niñas saltando la soga, a todos persiguiéndose en la mancha o a las escondidas. Los más grandes tomando algo en alguna esquina, hablando de música, fútbol y mujeres, charlas típicas de adolescentes. Y junto a estos dos estaba el barrio Maitén, que no se diferenciaba de los demás salvo por los nombres de las calles.

Pero había algo que iba a cubrir a estos tres barrios bajo un velo oscuro de misterio… Un suceso que quedaría para siempre en la memoria de todos los vecinos.

***

Raúl y Fernando Tarquini habían llegado de la escuela a la tarde. Para la madre fue extraño verlos con tan pocos ánimos de salir a jugar a la calle. La escuela para los hermanos era una obligación tortuosa; llegar a casa y poder salir afuera con sus amigos del barrio era todo lo que esperaban durante el día. Aquella tarde los chicos no estaban ansiosos, ni risueños, ni expectantes por tomar la mediatarde y salir. Taciturnos y con miradas tímidas pasaban los minutos en silencio, frente a sus tasas quietas.

— ¿Qué pasa, che? ¿les han comido la lengua los ratones? —bromeó María, su madre— ¡Eu!, che… Raúl, ¿que pasó? —le preguntó al más grande— ¡Nene! Contestame… ¿Te ha pegado, Fer? —dijo mirando a su hijo más pequeño.

—No…no me pegó.

—¿Qué pasa entonces? ¿qué han hecho?

—No queremos salir a jugar.

—¿Porque, Raúl?

—Porque están las nenas esas…

—¿Qué nenas?

—Esas nenas que se aparecen a la noche.

—¿Son vecinitas?

—No… no sabemos dónde viven, pero son espantosas —dijo Raúl, y Fernando se echó a llorar aterrado.

***

—Eva, andá a decirle a tu hermano que entre —dijo Ayelén.

—No.

—¿Cómo que “no”, señorita?

—No, mami… No quiero ir afuera de noche.

Ayelén se rió.

—¿Desde cuándo no querés salir?

—No quiero… —dijo Eva, y salió apurada a su habitación.

Ayelén se quedó mirándola subir las escaleras. Algo extrañada salió a la puerta de la casa.

—¡Ángel, a comer! —llamó a su hijo y entró.

Ángel sabía que la única condición que le ponía su madre era que lo llamaría una sola vez, que debía hacerle caso y entrar a casa ante ese solo llamado. Usualmente pasaban dos o tres minutos y el niño, agitado y sucio, entraba a cenar. Pasaron tres, cuatro…, cinco minutos. Algo alertó la paciencia de Ayelén, que se puso las zapatillas y salió a buscar a su hijo. Luego de llamarlo dos o tres veces sintió que alguien se arrimaba hacia ella corriendo. Era César, un amigo de Ángel.

—Señora, Ángel está en “el campito”. No sé qué le pasa, no quiere venir…

El instinto de Ayelén se encendió, temió lo peor y salió corriendo a buscar a su hijo. Sentía cómo el miedo le anudaba la garganta. Corrió hasta el descampado al que los chicos del barrio le llamaban “el campito” y ahí vio a su hijo, tieso, estático, con la mirada fija en el cementerio aledaño al barrio.

—¡Ángel! ¡Angelito! —lo llamó a los gritos, ante el inmutable semblante del chico.

Llegó corriendo hacia él y lo zamarreó del brazo.

—¡Nene! ¿que te pasa? ¡Hijo, contestá…!

Entonces el niño parpadeó y reaccionó…

—Las mellizas me llamaban…

Y mientras señalaba hacia la nada, se desvaneció en los brazos de su madre.

***

—Al mío le pasa lo mismo —respondió Vicente a Miguel mientras limpiaba el capot del Peugeot 504— a estos pendejos la televisión y esa mierda de internet les está cagando la cabeza.

—Vos sabes que los míos no son miedosos ni nada, pero dicen que ven a esas dos niñitas caminando tras los árboles, o entre las sombras.

—Si, a mi me dice lo mismo. Mirá que Esteban tiene casi trece años ya, está grandecito para creer esas boludeces, pero me jura que las ha visto casi todas las noches este último mes.

—Yo no les daba mucha pelota, pero cuando se quedaron en casa y prefirieron no salir me llamó la atención. Se han criado en la vereda, entonces ahí me puse a ver qué pasaba. Los acompañé un par de noches a jugar.

—¿Y…? ¿Qué viste?

—Mirá, me senté en el cordón de la calle a verlos jugar, iban y venían. No pasó nada, no observé nada. En un momento uno de los Ruggieri dijo haber visto algo en la copa de un árbol, se quedaron todos mirando pero no había nada. Creo que están sugestionados los chicos.

—Es esa vieja de mierda de Raquel que los anda asustando.

—¿Raquel? ¿La que tenía el kiosquito en la calle Bazán?

—Si, esa. Ella dice algo de las mellizas, cuenta que las conoció, y los pendejos la escuchan y se cagan de miedo.

—Esa mujer vive hace años en la zona. Sus padres eran dueños de medio Maipú.

Un grito se escuchó a lo lejos. Ambos hombres se pusieron de pié, en alerta. Vieron a varios niños que venían corriendo desde la otra esquina, gritando asustados… Se les habían aparecido las mellizas detrás de un lote baldío.

***

—¡Qué raro! Es nueva esta unidad —dijo Franco mientras intentaba hacer arrancar el taxi que se había quedado detenido justo en la esquina de la calle Moyano.

—Igual estamos a un par de cuadras de mi casa, puedo bajarme y caminar —dijo Belén, quién llevaba a su hijo Bruno en brazos.

—No, señora, no se preocupe. Si no arranca llamamos a otro taxi de la empresa, no va a andar caminando sola a estas horas de la noche.

—No pasa nada. Vivo en el barrio de al lado, pasando la plaza.

—Mire, últimamente han estado pasando cosas en estos barrios. Espere que me bajo a ver qué puede ser y de paso voy llamando a otro taxi.

El taxista se bajó del auto y cerró la puerta. Éste sonido hizo que el pequeño Bruno se levantase un tanto desorientado de los brazos de su madre. Miró al rededor desconcertado.

—¿Dónde estamos mamá? —preguntó el niño.

—Cerca de casa, Brunito. Se rompió el taxi del señor.

Entonces el niño se quedó mirando por la ventana hacia afuera. Las luces de la calle cubrían todo de un ocre desteñido, apagando los colores vivos que de día ostentaban las casitas del barrio. Belén suspiró cansada, mirando en la misma dirección que su hijo, con la vista perdida en las cuadras solitarias.

De pronto el niño se exaltó, algo le llamó la atención.

—Mamá… ¿qué hacen esas nenas jugando afuera a esta hora?

—¿Qué nenas, Bruno?

—¡Esas nenas que vienen para acá! —dijo el niño señalando la calle— ¡no quiero que vengan!

—No veo nada Bruno —dijo la madre fijando la vista y mirando hacia todos lados.

—¡Mamá que se vayan! —gritó esta vez con miedo escondiéndose en los pies del asiento.

El niño se tapó los ojos y comenzó a gritar desesperado, “¡que se vayan!”, “¡que no te vean!”. Belén no veía nada pero sentía la tensión de su hijo y el miedo en el ambiente. Lo apuró a Franco, quién apenas sintió los gritos cerró el capot y subió deprisa al auto. Después de darle varias bombeadas al acelerador, ante los gritos aterradores de Bruno y la desesperación de la mamá preguntando qué pasaba, el auto arrancó y Franco aceleró a fondo.

—Le dije que pasaban cosas raras ahí señora…

***

Estos eran algunos de los testimonios que pululaban por los tres barrios. A medida que fue pasando el tiempo se fueron agudizando las apariciones entre los más pequeños. Ningún grande lograba ver nada pero casi todos los niños de la zona habían tenido encuentros con las mellizas. Al principio muchos vecinos se lo tomaron como un juego de chicos, como la sugestión infantil hacia las cosas paranormales, pero cuando los chicos dejaron de salir a jugar a la vereda la preocupación se aseveró y comenzaron a plantearse dudas e incertidumbres. Los padres observaban por las noches atentos a las sombras y baldíos en busca del motivo de la intranquilidad de sus hijos.

Una madrugada de noviembre el grito desgarrador de una mujer despertó a varios vecinos de la calle Verón. Sus hijos habían desaparecido, no estaban en su habitación. Las camas estaban desordenadas y la puerta abierta de par en par. Cuando las casas aledañas encendieron las luces para ver qué sucedía se encontraron con el mismo destino: los chicos de la cuadra habían desaparecido. Salieron todos los vecinos desesperados a la calle y entonces vieron que en las otras cuadras pasaba lo mismo; los padres aparecían desesperados, en medio del sueño, en busca de sus hijos.

De pronto se escuchó un grito desde la esquina.

—¡Vengan! ¡Los chicos están acá! ¡Rápido!

Todos corrieron descalzos, en ropa interior o pijamas temiendo lo peor. Al llegar a la esquina se sorprendieron observando cómo papás de todas las cuadras salían desesperados. Lo que vieron en la escena fue el paisaje más macabro que recordarían por el resto de sus días. En la intersección de Bazán y Moyano estaban todos los chicos de los tres barrios, también en ropa interior o pijamas, agachados contra el suelo, de rodillas, rasguñando el asfalto de manera frenética, lastimándose dedos y uñas, perdiendo sangre y piel en cada escarbada. Se movían de una forma mecánica, animal, automática, como poseídos por algo que los llevaba a intentar hurgar en el pavimento.

Cada padre acudió a su hijo levantándolos por los aires. Los niños no se resistían, pero tampoco dejaban de observar el piso y estirar sus manos manchadas de sangre para seguir con algún cometido diabólico. “Las mellizas están abajo” decían algunos, “acá están las hermanitas Flores” otros, “tengo que sacar a las niñas”, “tenemos que ayudar a las mellis”, “¡Ayuda!” comenzaron a gritar varios sin salir del trance. Los vecinos se desesperaron y alejaron a los niños de ahí. A medida que los alejaban de la esquina los niños se encolerizaban por volver. Algunos comenzaron a reaccionar, como despertando de una pesadilla y lloraban aterrados. Llamaron a la policía aunque nada tenía que ver en el asunto. Entonces apareció, como un espectro gris, Raquel, la señora de la calle Bazán. Su rostro denostaba tristeza y preocupación. Miraba sorprendida el horroroso espectáculo de padres alterados y niños como sonámbulos acometidos a la misión de rasgar el piso. Algo retumbó en su interior, fantasmas del pasado la atormentaron en un segundo y un recuerdo incendió sus entrañas. Entonces corrió a hablar con el primer vecino que encontró a su lado.

Un par de horas después había personal de la Municipalidad de Maipú y algunos patrulleros en la intersección. La zona estaba vallada, no se dejaba pasar a nadie, ni a los medios de comunicación que se habían apostado al rededor entrevistando vecinos. Los obreros estaban abriendo un hueco en el pavimento, exactamente bajo el lugar donde los niños rasguñaban el suelo. Raquel había contado una historia del pasado, ahora le cerraba todo y algo en su interior le decía que bajo el pavimento, las acequias posiblemente guardaran un oscuro secreto.

Desde que nació había vivido en la zona, su padre empezó siendo contratista de la finca de los Flores, un enorme campo de varias hectáreas que antaño había ocupado gran parte de Maipú. Ésta familia gozaba de una prosperidad absoluta y todo era dicha y felicidad, hasta que la desgracia los marcó para siempre. Un verano, como de costumbre, las hijas de Rubén Flores, dos mellizas de siete años, jugaban en las zonas aledañas al canal Pescara, el cuál hacía las veces de riego. De pronto se desató una tormenta imprevista y agresiva, típica de la época. El viento, la lluvia y el granizo no les permitió a las hermanitas salir del lugar, menos cuando la crecida del Pescara las arrastró violentamente. El canal se ramificaba por varias fincas, por muchos terrenos, desembocando en el Cacique Guaymallén, a kilómetros del lugar.

La búsqueda se intensificó por días y semanas, hasta que a los dos meses los bomberos y la policía bajaron los brazos… pero no la familia. Este suceso los arruinó anímica y económicamente. Los Flores estaban devastados. Cuentan que Rubén y su mujer murieron de pena. La finca se vendió, vino la urbanización y todo quedó en la memoria, sobre todo en la memoria de una amiga de las mellizas: Raquel.

La excavación duró todo el día, esa jornada fue caótica en el barrio. Los niños se quedaron dentro de sus casas curando sus heridas con la prohibición de salir a la calle. El semblante de todos estaba mejor y había vuelto la chispa de la inocencia a sus miradas. Habían descubierto eso que los buscaba. Al anochecer, entre iluminación artificial y sirenas, un obrero encontró algo: ropa, huesos…

Esa madrugada dieron a conocer la noticia. Setenta años después de la desaparición de las mellizas Flores las habían encontrado, estaban en las profundidades del pavimento, bajo las acequias, en una de las ramificaciones que antaño había tenido el canal Pescara. Era momento de devolverle la paz a las hermanas y a los tres barrios.

El cometido de las mellizas había dado sus frutos. Nunca más hubo apariciones y del hecho no se habló más. Pero por las noches ya nadie sale sin mirar con desconfianza sombras y baldíos.

Cuento número 25 de “Mendoza Tiembla”

 

 

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