Hace un tiempo que vengo con un mambo personal y mental sobre el hecho de escribir. Escribo desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó, es algo que me nace, que me sale de adentro. De chico aprovechaba las oportunidades de la escuela para escribir, siempre que pude participé en concursos escolares, perdiendo en todos y cada uno, pero sin dejar de intentarlo jamás.

Cuando descubrí internet comencé a transitar las formas que allí se pueden encontrar, adaptándome por completo. Fui miembro de varios foros, llegando a ser moderador del más importante foro de habla hispana, luego me volqué a Taringa! (cuando era lo que era), también ingresé con todo al mundillo blogger, escribiendo para tres blogs propios y dos ajenos. Me animé a escribir un libro de cuentos cortos, que jamás fue (ni será) publicado, luego uno de leyendas urbanas (Mendoza Tiembla que se agotó en 2 meses) y tengo varias historias inconclusas. Armé mis propias webs, escribí columnas amateurs para diarios, y hoy por hoy vivo escribiendo. ¿Saben que gané económicamente con esto? Nada. ¿Saben que gane espiritualmente? Todo. Todo lo que soy se lo debo a las letras.

Escribir es un placer para mí, es una sesión del mejor de los psicólogos, es un café con un amigo, una birra con los pibes, es la paz luego del sexo, es terminar una rutina deportiva exigente. No se si escribo bien, pero puedo traducir en palabras las cosas que pienso y que los demás las entiendan. Me manejo mucho mejor en el mundo de las letras que en el del habla, puedo escribir al tiempo que pienso e ir vomitando verborrágicamente las ideas que van surgiendo de mi cabeza.

Escribir es mi cable a tierra, es mi hilo conductor, es mi unión entre el mundo real y el que me imagino. Escribiendo puedo estar donde yo quiera, donde mi cabeza quiera, puedo ser quién quiera, como quiera, cuando quiera. Puedo crear y destruir a mi gusto, puedo construir y demoler, puedo hacer y deshacer, puedo imaginar, volar, soñar, sufrir, reír, llorar y callar.

No podría vivir sin escribir, es hacer catarsis, es sacarme la mierda, es quitarme las mochilas, los pesos, ordenar ideas o desordenarlas, o reagruparlas o reorganizarlas. Es todo, o nada, o todo y nada, o todo o nada.

Puedo crear personajes que sean lo que yo puedo o no puedo ser, que vivan como yo quiero o no quiero vivir, que piensen o no como yo, puedo proyectar en otro, puedo vivir historias que jamás me sucedan, en las letras puedo hacerlas suceder, puedo inventar mundos, encuentros, anécdotas, historias, mitos y realidades.

Estando frente a una hoja me siento Dios, eso siento. Me siento dueño de crear lo que quiera, lo que se me ocurra, lo que me plazca. Esa es la sensación exacta, la de un creador, la de un arquitecto ilimitado, la de un fabricante, la de un artista. Cuando poco a poco voy viendo como se nutren los párrafos, como se llena de letras mi vista, como voy volcando ideas, una sensación impresionante me recorre por completo, una fuerza imparable, una vibración intensa, eléctrica, gratificante, explosiva. He escrito de todo en mi vida, política, humor, terror, cuentos cortos, opiniones, filosofía barata, música, cine, relatos eróticos, cuentos largos, novelas, poemas, relatos bizarros, ciencia ficción, suspenso, acción, amor, aventura, cartas (miles), fantasía… de todo. Todo momento es el momento para mi, todo lugar es mi lugar, cualquier cosa me inspira (algunas más que otras) y todo lo que veo es motivo de ser traducido a párrafo.

Escribir es una pasión irrefrenable, algo que se ha hecho parte de mí, como respirar, comer o reír. Es lo más mío que tengo, lo único verdaderamente mío, que no se puede comprar, ni vender, que va a depender toda la vida de mí y que nadie jamás me va a poder quitar. Y lo mejor de todo es que puedo compartirlo con quien quiera. Las palabras son mías, como todo lo que escribo.

 

Compartí, no seas paco