Sentía ira, una ira atroz, desarrollándose cada vez más en un tamaño colosal. Mis ojos lo demostraban, mi piel emanaba la furia y mis dientes la sufrían. No podía ver a más de un centímetro, no distinguía absolutamente nada. No la veía a ella, tampoco a él. No veía su auto y tampoco las pocas ropas que traían puestas. No veía nada, absolutamente nada y eso me enfurecía más. Yo la amaba, aún la amo como para que termine de esta forma tan hiriente para todos.

– José calmate, te lo podemos explicar -exclamaba Eric con nerviosismo absoluto.

– José por favor, escuchanos, no es fácil para nadie, pero por favor escuchanos -pedía amablemente Sonia.

La linda Sonia, el amor de mi vida. Recuerdo cuando la conocí, a través de una red social inmunda como hay otra. Habíamos quedado para un café la tarde del ocho de mayo hace ya nueve años. Me enamoró al momento que entró al lugar, yo era un enclenque y ella una amazona. Era hermosa, es hermosa. Ahora la vuelvo a ver desnuda, con sus curvas al aire ligeramente tapadas por sus brazos, con ese sudor de verano que hace brillar hasta la zona más recóndita de su cuerpo. Me excita verla, aun estando en la situación más embarazosa que alguien puede vivir, ella me tiene loco. La odio con todo mi ser y la amo con toda mi alma.

– José por favor, hablemos ¿me escuchas? Hablemos – decía él.

– José por favor, escuchanos, por favor amor escuchanos – seguía ella.

Yo no escuchaba, ya no quería escuchar. Ya no quería seguir. Ya no quería seguir sufriendo.

Si tuviera que contar como conocí a ese desgraciado sentado al lado del amor de mi vida, me faltarían años para poder hacerlo. Crecimos juntos, no nos conocimos en el Jardín de Infantes, tampoco en la escuela. Nos conocimos cuando yo tenía tres años y él a penas dos. Nuestras madres fueron mejores amigas, a su madre le ganó el cáncer, a la mía la soledad. Él era mi hermano, aún lo es, aún lo quiero y me duele. Me duele como nunca, a él, a él yo lo quiero, lo quería.

– José escuchame un poco ¿sí? Voy a bajar y vamos a hablar ¿si? Abrime la puerta José, abrila dale, no tiene porqué pasar algo – balbuceaba nervioso Eric.

– Abrí la puerta amor, dale. Abrila. Por favor abrí la puerta -suplicaba Sonia entre llantos y gritos ahogados.

La furia golpea en lo mas escuro de tu alma y destroza tu corazón. Destroza cada neurona y te opaca el pensamiento. Es como una coraza que antes fluía por las venas, y cuando toca, es como un fuego abrasador, y ahora es el abrazo más cálido que puedo tener, es un abrazo fuerte, no quema y es de los que no te abandona. La furia y el fuego se llevan bien, yo me llevo bien y estos amantes hipócritas, desgraciados, basuras, se fusionarán en la danza más cautivadora.

Las lágrimas empapaban el filtro del cigarrillo, de momentos apagaban la llama de los fósforos. Cuando caían por mi mejilla, era como si me cortara el rostro con la navaja más afilada. Como me duele esto, como me duele en verdad.

Encendí mi cigarro, inhalé la primera bocanada de humo. Podía sentir como la nicotina calmaba mis ansias, me relajaba, me dejaba ver. Lo podía ver a él, mi hermano del alma semidesnudo, sentado en el asiento de atrás junto a ella. Ella la mujer de mi vida, el amor que tantas felicidades me trajo en gran parte de mi vida. Seguía estando hermosa, a pesar de los golpes, a pesar de la sangre, a pesar de las cortaduras, a pesar de la gasolina, aún estaba hermosa. Hoy la vería bailar al ritmo de la danza cautivadora del fuego. La danza prohibida en la naturaleza, la más purificadora. Hoy la vería bailar de verdad junto a su amante, junto a la persona que sin duda yo le confiaría esta pieza.

Hoy bailarán ambos…

Escrito por Héctor Lucero para la sección:

Compartí, no seas paco