Hay personas que se contentan toda su vida con conocer a alguien, enamorarse, formar un vínculo y permanecer así, en ese estado para toda su vida. Yo siempre he sabido que no fui hecha con la misma madera del resto de las personas, y eso, hasta a mí misma me ha asustado muchas veces.

Creo que las veces anteriores en las que había estado con alguien ese vínculo no se había llegado a formar, más allá de qué hay algunas personas que se quedaron en mi memoria. Se quedan ahí, en los recuerdos viejos. Pero el vínculo se formó cuando conocí a Yael y nos embarcamos en un vertiginoso viaje, lleno de pasiones y perversiones. Ahí descubrí que es lo que verdaderamente quería, lo que mi ser más profundo me dictaba, lo que tenía guardado adentro.

En medio de aquella vertiginosa, y a la vez, hermosa relación él se mostraba muy interesado en mí, en complacerme, en hacerme sentir bien, en hacer las cosas importantes para que yo supiera que me amaba. Yo también lo amaba, y lo amo, pero un día pasó algo extraño.

Yo era habitué de una página de lectores en una red social y un día vi algo que me llamó la atención, su autor, Hernán se mostraba interesado en todas mis publicaciones, las comentaba, las compartía. Un día me habló por mensaje privado y pocas veces en mi vida había conocido a alguien tan interesante. Empezamos charlando casualmente, y me terminó pidiendo mi celular. Teníamos muchos puntos en común, todo lo que me gusta en un hombre, mucha buena onda y un día, juro que no sé qué pasó que empezamos con el tan nombrado “sexting”, o sea chats hot. Me dormí aquella noche, después de masturbarme, tranquila. Pero al otro día el remordimiento me carcomía, eso no estaba bien, tenía que respetar a Yael.

Un día después le conté a Hernán. Él me dijo, bueno, pero yo sé que vas a volver. Tarde o temprano me vas a volver a buscar. ¿Por qué? Porque te vas a aburrir. Esa frase resonó en mi mente.

Pasó un tiempo y las cosas con mi pareja empezaron a ir de bien en mejor, planeábamos viajes y sueños a futuro y me olvidé de a poco de Hernán, a quien había bloqueado del WhatsApp. Pero un día pasó lo impensable. Con Yael habíamos peleado por cosas sin sentido y, llegando a mi casa, me metí a la página de lectores a buscar enfriar mi enojo y encontré algo curioso; Hernán había publicado un comentario que venía para Mendoza, y que quería hacer un asado con todos sus conocidos de la página (que casi todos éramos de Mendoza). Lo desbloqueé esa noche y no le dije nada, sólo le había dado un me gusta a la publicación, y si nada pasaba era una señal de que lo que estaba haciendo estaba mal. Esperaría.

Dos días después estaba comiendo en la casa de Yael y me llegó un mensaje. “¿Ya te has aburrido?” Era él. Esperé a contestarle cuando llegué a mi casa, sabía que le tenía un interés extraño, algo que me hacía escribirle. Y no es que me había aburrido, pero quería hablar. Quedamos de vernos en el asado, que sería ese fin de semana. Ese día me vestí normal, no despampanante, y estaba muy nerviosa. Quería saber qué pasaba y si al verlo en persona la cosa cambiaba. En el asado me encontré con varios amigos con los que ya habíamos compartido reuniones previas y apareció, detrás de la parrilla él. Y lo que pensé que era atracción simple se transformó en una atracción como hacía mucho que no sentía. Me saludó normal, pero nos estuvimos mirando toda la noche, y esperé a hacer algo cuando todos se fueran. Estaba mal, me decía a mí misma, ¿pero si estaba tan mal, porque se sentía tan bien?

Se fueron todos. Quedamos los dos solos, y él no lo dudó, con paso firme y determinado se me acercó y me comió, literalmente, la boca de un beso. “Así que no se aburre” me decía al oído mientras que me iba sacando la ropa ahí mismo, y la iba tirando al piso. Estábamos desesperados, él sabiendo detenidamente que hacer, yo dejándome llevar, le saqué la ropa, y me tiró en el sillón que tenía en el living, y me empezó a hacer sexo oral mientras que yo gemía de placer. Me hizo acabar en su barba y después de eso me poseyó, mientras que yo le iba arañando la espalda. Acabamos los dos y en ningún momento sentí que estaba mal lo que estaba haciendo. Me volví a mi casa esa noche y estaba extasiada, sintiendo que todo mi cuerpo vibraba pero que tenía que hablar las cosas con Yael.

Nunca consideré ser infiel a alguien, pero realmente me sentía mal. No es que había dejado de querer, de desear o de planear una vida con mi pareja, sino que también sentía deseo por Hernán. Nunca me gustó vivir regida por leyes morales y no poder ser libre de amar o de desear a varias personas a la misma vez, estar atada a una monogamia extraña, pero bueno, mis ideas no concuerdan con “lo típico” en una sociedad medio cerrada como la nuestra.

Llegue a mi casa, estaban todos durmiendo. Cerré los ojos y vi que en mi celular había un mensaje de ambos. El de Hernán decía “esto se tiene que repetir” y el de Yael “te amo pase lo que pase”. Eso había pasado. Al otro día me desperté y le mandé un mensaje “estoy yendo para tu casa, tengo que hablarte de algo”.

Esperé a ver qué pasa. Ya no podía conmigo misma.

Continuará…

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