Desde la gastroenteritis hasta el enamoramiento, estos dos elementos conviven, por momentos se asocian, casi siempre cuando la situación emocional es nueva. Pero luego de tres o cuatro años, la sal deshidrata la pasión y la dulzura solo puede presenciarse acompañando algún flan un plato agridulce.

Cuando el sexo era pobre, cuando los artilugios de nuestras manos adolescentes solo podían ofrecer suvenires rollingas, sin restaurants, ni platos caros, el amor epitelial era entonces el genuino capital. Los escenarios podían variar de una pieza sin ventilador a una fábrica abandonada. La performance solo costaba un preservativo, generalmente Tulipán. Vuestro petróleo era néctar puro y nuestras pretensiones simples, perfectas, infalibles.

Pero sin darte cuanta, un día despertaste con 22 años. Las hormonas y la novedad le otorgaron la supremacía a las neuronas y el hábito, y así comenzó a desencadenarse la pareja empática más allá de lo sexual. Por lo tanto, llegan interesen en común, películas, cumpleaños familiares y navidades, es decir: comida.

Las citas cambian su caratula de siesta puberal a cena semiformal. Ese vació que antes se llenaba de mariposas comienza a llenarse de más vacío, o marotilla en el peor de los casos. Paralelamente a esta emoción carbohidratada se le suma el consumo rutinario de porro, que representara el cambio de la risa por el hambre. De lo lúdico por los condimentos en pan. De un mata-gula como título a cualquier reunión social.

De esta manera, la sensualidad liviana pierde pertenencia en la relación y el lívido parece resolverse precozmente en un Automac. Los gritos que intimidaban a los vecinos se convierten en una extensa carta de pizzas y solo les queda la crema batida como fetiche.

El sexo tendrá más frecuencia en los chistes y películas que entre las sábanas. Las mismas que ya no tienen manchas de aceite jhonson, sino de oliva, y posiblemente están llenas de miga, lo que tomas inmediatamente cómo justificación para no coger. Debe ser horrendo revolcarse entre migas, repetís convencido una y otra vez mientras pensás en ese frasco de Nutella.

Claro está que éste problema afecta más a mujeres que a hombres. Ellas no consumirán tanta marihuana ni mortadela como los caballeros. Tendrán menos sueño por la noche, les continuará importando que su ropa interior esté entera y observaran con penosa nostalgia a su león transformándose en Garfield. Así el romance y la sorpresa se determinaran por la final del Argentino B, entre Olimpo y Rafaela y la única manera de encontrar suspiros y pasión será en el envoltorio de algún chocolate Cadbury.

En respuesta a esto, los machos alfa del colesterol se justificaran con oraciones tales como “Estoy muy cansado, por el partido de ayer”, “Tengo muchísimo sueño, no sé porque” o preferirían no hablar y ofrecer un beso tierno y una sonrisa impotente como buenas noches. De este modo, la cárcel de embutidos exterminará cualquier posibilidad de épica llevando la relación a su fin (en el mejor de los casos).

Pronto a esto vendrá la depresión, la falta de apetito y el interés virtual por entrar nuevamente al mercado sensual. Finalmente actualizarán sus plataformas y redes sociales, y gastarán el dinero del jamón crudo en perfumes. Si la vida es generosa les ofrecerá una nueva oportunidad para que puedan volver a cambiarla por una milanesa napolitana.

Así, gracias a este engranaje de causa/consecuencia continúan formando y deformándose parejas y la gente que no tiene para comer gesta muchos hijos.

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