Por culpa de Larra yo soy un esclavo de la meticulosidad. Desde que empecé a leer sus artículos y sus profundas filosofías, mi escribir se convirtió en un tormento de continua imperfección. La prosa de Larra junto con el dinamismo e imaginación romántica de su literatura, fueron suficientes para convertirme en un esclavo de mi propia insatisfacción. Escribo mis artículos, los leo, los releo, los corrijo, cambio algo por ahí, algo por allá, vuelvo a la repetición de la lectura y publico los artículos muy insatisfecho, porque ya no sé cómo arreglar el desastre. En fin, Larra sólo fue el comienzo de un grupo de abominables amos que me fustigan con sus palabras; Benito Perez Galdós, es el último de estos castigadores, ¡un maestro que convierten a mis palabras en bufones del Rey Sol! Por más que leo, por más que estudio, no encuentro manera de acercarme algo a ellos, no encuentro manera alguna de publicar algo y pensar que es digno de vuestra lectura. Ya era un esclavo del escribir, pues no puedo vivir sin escribir, y ahora soy un esclavo del mal escribir. ¡Maldito sea Larra, maldito sea Galdós, maldito Cervantes, maldito Clarín, Azorín, Rubén Darío, García Lorca, Quiroga, Cortázar, Borges! Por su culpa…

En otros aspectos de mi vida, hay muchos otros culpables que me han hecho del vivir un imposible. No obstante, para cumplir el propósito de este artículo, no valdrá dar nombres o referencias de esos hombres que siguen vivos y, sin saberlo y sin intención, han conseguido que el placer se haya convertido en angustia. Yo siempre he sido un amante de las gentes y aglomeraciones, siempre he disfrutado del viajar por lo subterráneo y por lo aéreo, me apasionaban los teatros y las conferencias, siempre he soñado con viajar por horas en tren o coche e ir a sitios imposibles. Así era yo, sano y cuerdo por lo general, y ahora ya no puedo hacer nada de eso. De repente ya no puedo subirme a un coche, ya no puedo estar en la cola del museo, no puedo sentarme en el teatro y disfrutar del espectáculo. Creedme, apenas puedo sentarme en una clase normal, con profesor y alumnos, y no desarrollar ansiedad.

El curso de la vida no es otra cosa que un viaje de experiencias que nos enseñan y nos cambian. Sin embargo, lo que décadas no pueden cambiar lo cambian unas horas; también, lo que el presente no puede cambiar, lo cambia en un abrir y cerrar de ojos el pasado. Yo, a las 8 de la mañana de tal día, podía montarme en un coche, ir al teatro, sentarme en el mismísimo centro de la fila más colmada y larga y disfrutar plenamente del espectáculo. A las 10 de la mañana, dos horas más tarde, ya no podía sentarme en un coche, no podía entrar a un teatro; así hasta hoy.

Para paliar los efectos de estas terribles fobias repentinas que habían convertido el placer en el más profundo terror, fui a un psiquiatra para que me diera algún remedio. Poco remedio fue el que me dio, aunque mucha información, al alto coste del capitalismo norteamericano, por supuesto. En fin, aunque las pastillas que me recetó apenas me hacen efecto, sí que me hizo saber que toda fobia repentina tiene un origen en un evento traumático en la niñez. Pensando en esto, identifiqué con facilidad qué evento de la niñez produjo la fobia que invade todo escenario que hoy me envuelve; un evento que, visto desde fuera, es gracioso, simpático, infantil, inocente… El evento tiene lugar, nombre y apellidos.

Viendo que la ayuda ajena me iba a salir cara, torné a la autoayuda. En la búsqueda, encontré unos CDs con un programa, “elimina el miedo y la ansiedad en 24 horas. Garantizado”, escrito por Seymour Segnit. Este programa, aunque no me ayudó en demasía, sí me llevó a profundizar en el entendimiento de las fobias. Aquí la filosofía que aprendí, una filosofía que critica la autocompasión. Aquí, un pequeño comentario sobre la autocompasión moderna:

En el estudio de las semióticas, en especial en el contemporáneo, se ha identificado una tendencia de la sociedad a empatizar con el antihéroe. Un ejemplo de antihéroe sería Heisenberg (Walter White) en Breaking Bad o los personajes de “el Escuadrón Suicida”. En esta empatía con los que antes se consideraban malos, el espectador tiende a justificar la maldad con los eventos del pasado. Esto es un proceso empático de la autocompasión, donde el individuo justifica al prójimo para justificarse. Estos son algunos pensamientos erróneos que, según mi opinión, desarrollamos con esta autocompasión propia o ajena:

  • Si una persona sufrió de joven tanto, es normal que hoy sea un criminal.
  • Si la sociedad te ha llevado a la bancarrota, entonces vender droga lo justifica.
  • En el fondo son buenos, lo hacen todo por sus hijos.
  • Podemos utilizar las habilidades de los malos para hacer algo bueno.

Obviamente, hay muchos otros factores sociológicos que han producido esta forma de pensar, entre ellos el que hoy vengo a discutir, la autocompasión. Uno de los puntos que Seymour Segnit apuntó fuertemente, es que la autocompasión nunca soluciona los problemas; incluso, dice que no deberíamos justificarnos en la autocompasión, no deberíamos ni siquiera pensar que hay culpables de nuestros problemas. Tenemos las circunstancias que tenemos y debemos afrontarlas nosotros, porque nadie lo puede hacer por nosotros. Nosotros, y sólo nosotros, somos responsables de nuestras circunstancias y acciones, no los demás. Si tendemos a justificarnos en la maldad que hemos sufrido o en las acciones de los demás, entonces nunca tendremos una fuerte determinación de arreglar el problema por nosotros mismos, o cambiar. Estaremos esperando eternamente a que el “culpable” venga para redimir su culpa, pensando que así nuestro problema se solucionará.

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