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Desesperados por encontrar una solución al paso de los años y la vejez, los antiguos conquistadores de Constantinopla, acudieron al olvidado demonio Abdiel, quién les ofreció la posibilidad de conservar su vida terrenal a cambio de una serie de intercambios…

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Los intercambios

Dicho “envase” no era otra cosa que un niño, un nonato de ser posible con el que intercambiarían cuerpos, lo mas importante era que el niño no hubiera pasado por el “aqiqah” o el bautismo, es decir que el niño no debía ser exculpado del pecado original, y que por tanto no pudiera ingresar al paraíso. Cuanto mas cercanas fueran las fechas del nacimiento y la muerte mas posibilidades había de que el trasvase fuera exitoso.

Durante el cruento ritual el alma del niño era intercambiada con la del anciano, obteniendo este un nuevo cuerpo, mientras que el niño perecía junto con el cuerpo moribundo.

El alma es eterna, y cuando esta bajo la gracia de Dios, también es perenne, es decir, nunca envejecía, caso contrario, cuando era condenada recibía cada uno de sus tormentos y los iba guardando, multiplicándose a medida que pasaban los años, las centurias, los milenios.

Al estar alejados del beneplácito de Ala, las almas de los súbditos de Abdiel envejecían mas y mas cada vez que eran transferidas. Por ello, aunque en el exterior tenían el aspecto de un niño inocente, cargaban sobre ellos la maldad de mil vidas, el odio de todos cuanto habían matado, su esencia estaba corrompida y carecían de todo atisbo de humanidad, su único deseo era escapar de la muerte terrenal y cualquiera que se interpusiera en su camino era sacrificado.

A principios los niños terminaban por ser abandonados, librados al azar, esparcidos por el mundo. En otras épocas fueron perseguidos por las religiones, quemados en hogueras y etiquetados como “herejes” o “paganos”. Finalizada la época de inquisiciones fueron víctimas de exorcismos brutales, sin ningún tipo de resultado, más que el aumento de su odio y miseria.

Continuará…

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