“Una carta de amor

Es por lo general un pobre afluente

de un río caudaloso

Y nunca está a la altura del paisaje

Ni de los ojos que miraron verdes

Ni de los labios dulces

Que besaron temblando o no besaron.

Una carta de amor no es el amor

Sino un informe de la ausencia.”

Mario Benedetti

 

Querida Arianna:

No fue nada fácil la vuelta a casa sabiendo que a cada paso se agigantaba la distancia entre los dos. Aquí en Mendoza, el otoño ya se ha robado los días por completo y,  la ausencia del sol, hace aún más tristes mis días. Dejé una parte de mí con vos, en el lugar donde nos abrazamos por última vez y juramos que no habría mar ni montaña que nos hiciera perdernos.

No entiendo al tiempo y su manera absurda y caprichosa de moverse, como si gozara con la idea de aletargar mi espera para volver a verte. A veces siento que naufrago los días sin encontrar donde sentirme a gusto, como un infinito Chronos sin su Kairós. Si el tiempo fuera un señor con el que hacer tratos, claramente estaríamos enemistados.

Nunca fuí de creer en el destino, pero en mi mente necesito atribuirle a algo la manera perfecta en que dos personas se encuentran, como si operara una gran maquinaria que fusiona tiempo y espacio, que sincroniza las miradas a tiempo, que mueve ciudades enteras para que unos desconocidos dejen de serlo. Ambos pudimos haber sido víctimas del desencuentro. Pudimos haber perdido el tren, detenernos en una vieja librería de esas que te atrapan por horas o simplemente elegir caminar por calles distintas. Cada segundo hubiese sido fatal al propósito, nos hubiese llevado a vivir otras vidas, otras personas.

Sin embargo no lo hicimos, y toda esa ciudad conspiró para que nos descubriéramos en aquel sitio y no quisiéramos estar el uno sin el otro. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” dice aquel poema de Neruda que solíamos leer juntos, y ese encuentro cambió tanto mi vida que dejé de ser aquel que fuí entonces.

Hoy, lejos de todo aquello, añoro la ciudad que nos vió caminar juntos, recuerdo los bares donde nos sentamos bajo el sol y la magia de las callecitas y sus casas coloreadas, porque si algo tiene de especial aquella ciudad, es que recorriendo sus calles existe la hermosa oportunidad de encontrarte en ella. No soy el mismo que fuí antes, y tampoco lo soy ahora sin vos.

Y de todo a lo que se le puede tener miedo en estos casos, he elegido temerle al olvido. No por elección, sino porque el tiempo y la distancia suelen ser despiadados con quienes se atreven a jugar a esperar. Intentaré estar de mil maneras, todas las que me permitan regalarte un pedazo de mí. Y si alguna vez sentís que me estás olvidando y no querés hacerlo, buscame en las páginas de algún libro donde alguna vez nos imaginamos protagonistas, en las canciones que oímos juntos, en los lugares que amamos pisar o en las cartas que nos enviamos. Quizás eso me haga un poco presente. Nadie dijo que sería fácil.

Te extraño inmensamente, eso no lo olvides nunca. Fantaseo cada día con un nuevo encuentro, de esos en que el tiempo y espacio conspiran, donde las distancias se acortan hasta dejar de existir, y donde los brazos alcanzan, por fin, a abrazar para no dejarte ir nunca más.

Hasta pronto amor…

 

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