Me dolía, pensar en él me dolía. Pero aún más me molestaba, me enojaba, me frustraba. Si supieran la cantidad de veces que imaginé descargando mi completa furia hacia él, pero no podía. Estaba encerrada, abrumada, controlada, no podía gritar o manifestar sensaciones, no quería delatar mis sentimientos, así que fingía. El peor error que las personas optamos por hacer, fingir. Un día no pude más. Corrí a la casa de mi mejor amiga y en ella encontré consuelo, pasamos la tarde completa juntas y para la noche ya habíamos seleccionado películas. Lo que en realidad sucedió, fue mejor que ver cualquier escena de mi filme favorito.

Paula, mi amiga, me vió en llamas, molesta, a punto de explotar. Sugirió que me dé un baño antes de cenar así mi disgusto cesaba. Los padres de ella tienen en su habitación una bañera con hidromasajes. Sí, el sueño de cualquier persona. Créanme que lo deseo tanto como ustedes. Como estaban trabajando,  tenía más de dos horas dedicadas a mí, solo a mí, algo que no sucedía desde hacía mucho tiempo. Años de amistad, ya tenía hasta cepillo de dientes en esa casa. Lo que menos me inhibía era una simple ducha. Me llenó la bañera con agua hirviendo, vertió unas sales, que según ella “relajan el cuerpo”, puse mi banda favorita y cerró la puerta. No supe más nada del mundo hasta que ella volvió; ¿Quién más? Calypso.

Ahí me encontraba, una presa débil. Por fin mi cabeza estaba en blanco, no pensaba en nada ni en nadie. En ninguna reunión, en ninguna responsabilidad, en ningún desamor. Estaba desnuda, disfrutaba de ese agua hirviendo burbujeante por los masajeadores. Mi cabeza estaba con un rodete y apoyada sobre una toalla suave. Mis manos a los costados de mi cuerpo, mis piernas tendidas. Mi complexión vibraba de relajación. Las sales emanaban una especie de olor a vainilla con naranjas. Estaba en paz, la paz que mi cuerpo necesitaba. Pero ella no pudo tolerar verme así, volvió. Apareció otra vez.

Abrí mis ojos para cambiar de canción. Al girar mi brazo derecho para alcanzar el celular los vi, mis pezones duros y tiesos. Volví a reclinarme y saqué mi pecho hacia la superficie, ahí estaban. Perfectos, dos islas sobre el agua con espuma. Ahí estaban, magníficos ante ella.

No pude dejar de pensar en tomar aquella ducha movible y cometer un acto de bajeza y morbosidad en la casa de mi mejor amiga. Mi mente se estaba arrepintiendo, pero ya era tarde, en mis manos tenía esa flor plateada, invitándome a pecar. Mientras observaba a mis pies en la otra punta de la bañera frotarse de los nervios,  me cuestionaba si lo que ella quería hacer conmigo estaba bien, no era mi baño, no era mi casa. ¿Pero alguna vez la moral me impidió hacer algo?

Con la mano izquierda que se encontraba libre apretó mi teta de dicho lado, fuerte, haciéndome sentir que ella ya estaba acá. La subió hasta mi cuello y sabía que no había retorno. Abrió la ducha, tomó la flor y la dirigió a mis hombros… Qué placer sentir el agua caliente caer por mis brazos. Recliné de vuelta mi cabeza hacia atrás y me sentí en el paraíso. Fue despacio  hacia mi nuca y luego bajó entre medio de mis dos senos. Los brazos se tornaron en piel de gallina. Dejé de sentir mis piernas. Estaba flotando en aquella bañera.

 

 

Era momento de jugar con ellas, volví a sacarlas a la superficie y sentía como la presión del agua caía en mis pezones. Estaban duros como almendras, incluso rojos. El agua me quemaba la piel. Sumergió la flor y ejerció aún más presión sobre mi estómago… ¡Dios! Era una mezcla de cosquillas con excitación… ¿Cómo logro explicar lo que ella me hacía sentir? La movió por toda mi panza, incluso por las costillas. Cuando sentí calor supe que era el momento de cerrar el agua caliente y abrir la fría. Simultáneamente mis piernas hicieron lo mismo.

Primero la pasó por mis muslos. No aguantaba un segundo más, ya estaba a más de mitad de camino. Era momento de que ella consuma el acto de barbarie que me obligó a hacer en aquella tina. Mis extremidades ya le habían dado lugar, mi mano con esa magia se acercaba y… ¡Uff! Esa presión fue directa a mi clítoris ¡Señor! Mis ojos se tornaron blancos, definitivamente se sintió increíble. Estaba a unos pequeños centímetros de distancia, mi cabeza no podía mantenerse erguida, volvió a recostarse sobre esa toalla y con mi mano izquierda apreté mi cabello recogido. Con la otra mano ella se encargaba de usar la presión de la ducha sobre mi zona de placer, además, estar en el agua lo hacía más excitante. Me encontraba en una especie de contención líquida. Se tomó el atrevimiento de avanzar y bajó por toda mi vagina. Subía y bajaba con aquella flor. Estaba refregándome con agua ¿Cómo era eso posible? Mis pezones estaban más que duros, eran granadas rosadas. A punto de estallar, faltaba el toque final.

Ella llevó mi mano izquierda a acompañar aquel acto de masturbación, mientras la flor de la ducha volvió a ejercer fuerza en el clítoris, ingresó dos dedos, con fuerza y brutalidad. Estallé de excitación, comencé a gemir y respiraba con torpeza. Mis pies no tenían fuerza, no lograba sentirlos apoyados en aquella bañera. Los masajeadores ejercían vibraciones por todo mi cuerpo. Quería gritar, quería gritarle a todo ser humano de este mundo que iba a acabar… y lo hice. Ella rasguñó mis muslos a la misma vez que fluían mis jugos acompañados de una exhalación profunda de aire.

Logré alcanzar la manija y cerrar el agua de la ducha. Extendí mi cuerpo y cerré mis ojos. Disfrute de la fragancia de vainilla con naranjas y del vapor concentrado del baño. Definitivamente ella supo saber que era lo que necesitaba. Al cabo de unos minutos entró mi amiga con un toallón. Me preguntó inocentemente cómo me sentía, apenas logré decirle que estaba mejor que nunca.

Mejor que nunca.

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