Ver Capítulo 1 Abdiel y las almas viejas | Kadim, el ejecutor 1
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Leer primera parte del prólogo Los viejos oficiales
Leer la segunda parte del prólogo Los intercambios

Capítulo 1: El secreto

Ricardo llevaba años sin pisar una iglesia, por eso su insistencia había sorprendido tanto a Leticia. En realidad la iglesia y la Primera Comunión de su sobrina era solo una excusa para abandonar por algunas horas su casa, para pasear un poco por el pueblo después de meses de encierro voluntario. Aparentaban ser la familia perfecta, Leticia con sus 42 años conservaba intactos esos finísimos rasgos que la habían hecho la mujer mas deseada de La Consulta durante su juventud, los niños prolijamente vestidos, con el pelo engominado, pantalones cortos color caqui, camisa blanca y tiradores. El mismo había gastado un dineral que antes le hubiera parecido imposible en su vestuario, el traje impecable, los zapatos relucientes y una fedora de piel traída desde Mendoza.

Mientras el cura leía los salmos, Leticia comenzó a mostrarse incómoda, se movía inquieta sin poder encontrar una postura confortable. El embarazo estaba avanzado y la faja se tornaba insoportable.

– Amor… amor, estoy descompuesta.

– Ya nos vamos gorda, aguanta unos minutos y nos vamos.

– No gordo, por favor, estoy por vomitar.

– Aguanta unos minutos, ya termina.

Leticia blanqueó los ojos sin intención de ocultar su disgusto.

Después de terminar el sermón el cura saco el sagrario, tomo la eucaristía y los niños se acercaron para recibir su primera comunión. Una vez que terminó con los niños continuó con los adultos.

A medida que se acercaban al altar, Leticia se mostraba cada vez más incómoda, su piel se torno de un amarillo hepático.

– Aguanta amor, ya nos vamos.

– El cuerpo de Cristo

Leticia abrió la boca delicadamente y ni bien el cura apoyo la hostia en su lengua, la bilis fluyo a raudales de sus fauces, cayendo desvanecida a los pies de su esposo.

La concurrencia se abrió horrorizada, Ricardo se agachó y la tomó entre sus brazos buscando reanimarla. Con la ayuda de uno de sus hermanos la llevaron en el auto hasta el médico del pueblo. Una vez en el asiento trasero; y con Leticia aún inconsciente, Ricardo abrió su vestido y desabrocho la faja que la asfixiaba, misma que usaba para ocultar su embarazo.

El médico no hizo más que hidratarla, la única explicación que le encontró al ataque fue la inconsciencia de haberse fajado, Ricardo se limito a deslizar un puñado de billetes para que el galeno guardara su secreto.

Por la noche, con Leticia recuperándose y los niños acostados, Ricardo se acercó a la cama matrimonial y acaricio su vientre.

– ¿Estas mejor amor?

– No, sabes que no estoy bien, no estamos bien, nada esto esta bien.

– Faltan un par semanas solamente, tenemos que aguantar

– ¿Y después qué?

– Después seguimos con nuestras vidas.

– Salvo con la de él- dijo acariciándose el vientre.- tocá, esta pateando, es nuestro hijo, que sabe lo hicimos, sabe que lo cambiamos por una casa y un auto.

– Sabes que es así. ¿O te olvidas de cuales eran nuestros planes? Ese día fuimos con idea de abortarlo. ¿A qué mundo íbamos a traerlo? ¿A un mundo donde no iba a tener para comer?

– Y en cambio lo vendimos.

– No lo hemos vendido, estamos haciendo lo mejor para él y para nosotros.

– ¿Vos dormís tranquilo por noche?

– No.

– Claro que no, te escucho todas las noches dar vueltas en cama, te veo llegar tambaleando, con olor a vino, ¡vos! Que tu vida habías tomado. ¿No soñas las noches con él? ¿Con ellos? Devolvamos todo y empecemos de nuevo, digámosle a esa gente que cambiamos de idea.

– No podemos, quedaríamos la calle.

– Y ahora estamos viviendo un infierno. Hoy no me descompuse, hoy sentí al bebé dentro mío pidiéndome a gritos salir. Lo he soñado saliendo de mi vientre. Lo he sentido hablarme, acusándonos de un crimen.

– ¡Estas exagerando!

– No estoy exagerando, te conozco Ricardo, te está pasando lo mismo que a mi.

– Descansá, me voy a dar una vuelta.

Ricardo arrancó hacia bar del pueblo, el dueño le trajo mitad de botella de Ginebra que había dejado la última vez y dos ceniceros vacíos. Como ya era costumbre, bebió hasta desmayarse, no tenía el valor suficiente para darse un tiro, solo esperaba embriagarse tanto como para chocar de frente con un poste y terminar con su patética vida.

6 meses antes

Capítulo 2: El miserable Bufett

Ricardo era un jornalero bastante conocido en el pueblo, muy honesto y laborioso, capaz de ordenar las cuadrillas mas desorganizadas, esta fama le había dado mucho rédito en cosechas pasadas, y tenia una vida bastante acomodada, con la que mantenía a su familia, formada por Leticia y sus cuatro hijos. Tanto esfuerzo y dedicación no sirvieron de nada esa temporada, La Consulta parecía un pueblo maldito, olvidado por Dios, y castigado por cuanta peste existiera. Primero la mosca que había acabado con los frutales, después las heladas tardías, y para coronar, las tormentas de verano, los viejos se reían sarcásticamente, decían que era la primera vez que el granizo no hacia daño, porque no había nada para destruir.

Los que pudieron se fueron, cerraron prácticamente todos los almacenes, se fueron la mayoría de los maestros aunque los que quedaron no tenían mucho para hacer, los alumnos no asistían a clases, no tenían para comer y mucho menos para ir al colegio. Hasta la subcomisaria había quedado desierta, el subcomisario se fue a Capital a probar suerte de lo que fuera al igual que los dos milicos. Ricardo no, era demasiado orgulloso para abandonar su pueblo, para darse por vencido, el estaba decidido a quedarse, a luchar y salir adelante, además no tenia donde ir, no podía arriesgarse a migrar con su familia y matarlos de hambre.

Todas las mañanas salía con un saco de arpillera a escarbar entre los surcos de las fincas vecinas, su dieta y la de su familia se limitaba a sopas desabridas hechas con papas, zanahorias y cebollas echadas a perder.

Un viernes por la tarde, uno bastante productivo pues Don Amancio, el carnicero, le alcanzó un hueso de pata con algo de carne y además consiguió un poco de arroz. Sucio, pero arroz al fin.

Al llegar a la casa encontró a sus hijos jugando a la payana en la puerta del hall, el mas grande le salto encima de la emoción, provocando que el saco con la comida cayera a la tierra.

– ¡Nooo! Mira lo que haces, ahora voy a tener que lavar esto – dijo en tono de broma mientras mostraba el hueso pelado. Era lo mas cercano a un trozo de carne que verían en meses, y solo imaginarlo les llenaba la boca de agua.

Tomo el paquete de tabaco de la alacena y fue hasta el patio a saludar a Leticia, que lejos de la cálida bienvenida que solía darle, permaneció inmóvil, como si fuera el perro quien había llegado de la calle.

– Mierda che, uno llega muerto de cansancio y lo reciben de esta manera.- recién ahí percibió el sollozo de Leticia cuando acaricio su enmarañada cabellera, se hinco a su lado y la abrazo tiernamente.- ¿Qué pasa amor?

– Una nueva boca que alimentar, eso pasa – dijo mientras se acariciaba el vientre

– ¡¿Qué?! ¿Cuando pensabas decírmelo?

– Recién me lo confirma hoy a la mañana el doctor.

– Si, pero me vas a decir que no te habías dado cuenta antes. Esas son cosas que las mujeres presienten.

– 45 años tengo Ricardo. ¿Entendes? 45 años, yo creí que simplemente se me había cortado, a esta edad mi mamá llevaba dos años sin enfermar. ¡Mujer grande che! ¿Como mierda voy a quedar embarazada a esta altura de mi vida?!Encima con esta situación de mierda.

– ¿Qué vamos a hacer?

– ¿A mi me preguntas?¿Sabes lo que le pregunté al médico?

– No, no se.

– Le pregunte si había manera de terminar con el embarazo. Decí que no hay nadie en la comisaria, porque sino estaría encerrada allí.

– ¿Pero cómo se te ocurre preguntar eso?

– ¿Decime entonces que podemos hacer? ¿Te acordas como pasé el ultimo embarazo? Y eso que tenia 7 años menos que ahora, comía mejor, teníamos con que pagar la clínica. Ahora estamos todos contentos porque trajiste un hueso pelado de vaya a saber que bicho.

Esa noche prepararon una sopa acuosa, y el hueso hervido lleno el hogar de ese aroma característico del puchero, aunque con eso no llenaran el estomago.

Capítulo 3: Los turcos

Ricardo salió por la mañana muy temprano, ya había repasado todas las fincas cercanas y no quedaba nada para recoger, por lo que tuvo que ir hasta la otra punta del pueblo, donde tenían sus cultivos la familia Atadam. Poco y nada se conocía de esta familia de origen turco, salvo que habían llegado allá por el 20, eran 5 hermanos, Osman y 4 hermanas. La familia construyó una enorme fortuna en base a los olivos que ellos mismos plantaron, cuidaron y vieron crecer. Desde la primera prensada, su suerte fue en ascenso, año tras año incorporaban decenas de hectáreas a su dominio, y el aceite “LOS TURCOS” se comercializaba en todo el país. Era una familia muy hermética, respetada por todos, pero que rara vez asomaban la nariz por fuera de su palacio estilo otomano que era el casco de la estancia.

Al llegar golpeó las manos tras el imponente portón, intentando que le abrieran sin ninguna respuesta. Justo cuando estaba por darse por vencido, la voz de una viejecita le llamo.

– Joven, por favor, vuelva.

– Si señora. – Ricardo no podía ocultar su sorpresa, la mujer debía ser Neylam, la mas joven de su familia, y la mas sociable.

– ¿Qué anda buscando?

– Me da mucha pena señora, pero ando buscando comida.

– No se apene querido, el pueblo entero esta así. Pase por favor.

– Muy amable señora. – Ni bien paso el portón notó la presencia de un hombre alto y robusto, obviamente custodiaba la propiedad, la mujer no se arriesgaría dejando pasar a un extraño de estar sola.

Neylam le permitió tomar las frutas y la verdura que el necesitara, además de darle un poco de aceite, sal, arroz y fideos, cosas que hacia meses no probaba. Ricardo sabia que no era una familia conocida por su generosidad, por lo que a riesgo de parecer abusivo, lleno tres bolsas de arpillera con alimentos. Era tanto el peso que, ni él que estaba acostumbrado a los esfuerzos físicos, podía dar mas de dos pasos seguidos.

Cuando se acercaba al portón, la mole que lo custodiaba lo miró sorprendido, le faltaban 12 kilómetros para llegar a su casa, pero no iba a perder ni un gramo de comida.

No había hecho ni un kilómetro de su camino, cuando oyó una sonora bocina , detrás de él venia un vehículo levantando una inmensa nube de polvo, sin conocer sus intenciones se orilló para darle paso. Para su sorpresa, el vehículo se detuvo a su lado, era un Falcon color negro, inmaculado, con unos meses de rodado, de esos coches que no se ven en los pueblos. Se bajó el vidrio nublado, era Neyman, el conductor se bajo y le abrió el baúl para guardar la comida y la puerta invitándolo a subir.

– No va a llegar si sigue así, joven.

– Gateando iba a llegar, si hace falta.

– No hay problema, si quiere gatear hágalo.

– No, acá viajo más cómodo.

Ni bien arrancó el vehículo, la mujer comenzó a hablar sobre su familia, de la delicada salud de su hermano mayor, de la falta que hacia en esa casa la presencia de gente joven, de niños que llenaran de vida las inmensas galerías.

– No imagino lo que debe ser extrañar la bulla señora, yo tengo 4 hijos, y uno en camino.

– Es una enorme bendición.

– Y una enorme responsabilidad también. No se imagina cuanto me cuesta llevar algo de comida a la mesa. Todas las mañanas salgo apenas asoma el sol y vuelvo ya de noche, a veces con poco mas que unas cebollas pasadas para comer.

Ricardo vio una posibilidad de llevar paz a su familia y aunque no quería incomodar a la mujer con una propuesta que la ofendiese, ella parecía saber exactamente lo que quería.

– Esta es mi casa señora, me gustaría invitarla a cenar, se que acostumbra a estar rodeada de lujos, pero seria muy grato compartir mi humilde mesa con usted.

– Hijo, sería un honor cenar con ustedes, además me gustaría charlar también con su esposa.

Apenas entraron encontraron a Leticia en la estufa y a los niños rayoneando unas hojas de diario. Ricardo presento a la ilustre visita, en cuanto terminaron de cenar Neylam sugirió que debían hablar de temas mas delicados, dando a entender que los niños no tenían que estar presentes. Leticia no entendió el mensaje, pero Ricardo captó la intención de la anciana y los llevó a la pieza.

– Amor yo nunca tuve la fortuna de ser madre, siempre soñé con tener un hijo, cuidarlo, amarlo con toda mi alma.- dijo la anciana a Leticia

– Los hijos son una bendición del señor.

– De Ala, en mi caso. Se por lo que están pasando, se por lo que está pasando todo el pueblo, se de sus miserias, creerán que nos escondemos de las penurias del exterior, pero nosotros siempre hemos ayudado a la gente, con trabajo, con comida, con tierra.

– Si, lo sabemos.

– Me imagino cuanto han llorado y sufrido, para alimentar a sus 4 hijos.

– Y uno en camino

– De eso quería hablarles Yo soy la menor de mi familia, se que estoy vieja, pero sigo siendo la mas joven. Mi hermano esta viejo, casi 90 años tiene, nunca formo familia. En nuestra tradición las mujeres no pueden formar pareja con no musulmanes, es decir que ninguno de nosotros tuvo hijos. Osman esta muy enfermo, le quedan solo unos meses de vida y el Imperio que nos ha costado tanto levantar quedara en la nada, posiblemente en manos de algún familiar que nunca conocimos, porque además no podemos heredar sin estar casadas. Pensamos en adoptar un niño. El problema es que los tramites son muy engorrosos y no tenemos mucho tiempo, además mi hermano insiste en que el niño no debe estar bautizado. ¿Me siguen?

– Creo que si

– Quiero adoptar a su hijo, va a tener todas las comodidades, la mejor educación, y muchísimo cariño, va a tener su futuro asegurado. Aparte los ayudaríamos a ustedes económicamente. Teníamos pensado buscar una familia y proponerle la adopción, y creo que ustedes son los indicados. Osman pensó en darles un 20% de la cosecha y una casa. No quiero que crean que estamos comprando a su hijo, nos interesa su bienestar, son su familia biológica. La única condición es que nos den el niño apenas nazca, sin haber sido bautizado, por razones meramente religiosas. No espero que tomen una decisión ahora mismo, se que tienen que charlarlo.

No había mucho que discutir, el niño quedaría en buenas manos y tendrían alivio para su agobiante situación. Leticia no podía ocultar su incomodidad, sabía que era la mejor opción, pero no podía evitar sentir que estaba vendiendo el fruto de su vientre. A los tres días llegó a la casa el mismo Falcon lustroso que los había dejado. De él bajo Neylam, bastante mas ataviada que cuando los había recibido en su casa y cargando un pesado bolso.

– Imagino que ya pudieron discutir la propuesta.

– Si, ya hemos tomado una decisión.

– ¿Y cual es?

– Vamos a aceptar el trato, siempre y cuando podamos ver al pequeño. No queremos interferir en su vida, solo verlo de vez en cuando para saber que esta bien.

– Pero él no tiene que saber que son sus padres.

– No lo va a saber, podemos visitar la casa de vez en cuando como una familia amiga.

– Siendo así, no hay problema.- Dijo Neylam mientras alzaba el pesado bolso sobre la mesa- Solo quiero aclarar algunos detalles que para mi son importantísimos. Queremos presenciar el momento del parto, mi familia tiene los recursos para traer un médico desde Mendoza para que atienda todas las necesidades de Leticia.- remarcaba al tiempo que abría el bolso.- Otra cosa, si recuerdan bien, les dije que parte del trato era una propiedad, pero pensé que seria mejor darles el dinero en efectivo, sin contar lo de la cosecha, para que busquen el lugar que mas les guste; y para que les sea mas cómodo la búsqueda, pensé en dejarles el auto a su nombre, total ya es hora de cambiarlo.

Leticia estaba en el borde de la mesa, casi sin pestañear, asistiendo a la venta del mas pequeño de sus hijos. Cerraron el trato estrechando la mano, con la frialdad de dos mercaderes que acaban de intercambiar alguna especia.

Apenas cerró la puerta, Ricardo volcó los fardos de billetes sobre la mesa del comedor y se abocó a la tarea de contarlos uno por uno.

– Es una pequeña fortuna, es mucho mas que el valor de una casa.

– Buenísimo, no se que vamos a hacer con tanta plata.

– Primero que nada, comprar comida.

– Acordate de comprar para el resto de la familia también.

– ¿Como?

– Que te acordes que no estas solo. Que tenes una familia.

– Todo lo que hago lo hago por nuestra familia.

– Ricardo, somos grandes, vi como se te iluminaron los ojos al ver el bolso y las llaves del auto.

– Estas equivocada, esto lo hicimos de común acuerdo, sabes muy bien que es la mejor opción, es esto o cagarnos de hambre.

– Es cagarnos de hambre, o vender a nuestro hijo.

– No lo estamos vendiendo.

– Decime, ¿cuanto vale nuestro hijo?

– Todo vale nuestro hijo, ¿o pensas que la única que esta haciendo un sacrificio sos vos?

Desde ese momento, Ricardo se abocó a buscar una casa nueva donde vivir y un auto 0 Km, como siempre había soñado, un Falcon gris específicamente.

Capítulo 4: Tribulaciones de un hombre arrepentido

Ricardo iba siempre al mismo lugar, por lo que al llegar barsucho del pueblo el dueño le acercó una botella de gyn y dos ceniceros vacíos. Llegar casi desmayado a su casa era la única manera de poder dormir un par de horas, miles de pensamientos se le abarrotaban en la cabeza, de culpa, de miedo, de incertidumbre.

Los primeros dos meses después de haber cerrado el trato transcurrieron tranquilamente y Leticia poco a poco fue acostumbrándose a su nueva realidad. Fue una noche en la que todo cambió, mientras fumaba un cigarrillo en la vereda, se acercó una joven toda revolcada, con el pelo enmarañado y el rostro ensangrentado que llevaba en sus manos a un pequeño niño.

– Por favor señor, ayúdenos, mi marido nos tiro del auto y no sabemos como llegar al pueblo.

– Si por favor, suban al auto.

No habían recorrido ni dos kilómetros cuando el niño empezó a llorar desconsolado, recién ahí pudo ver el rostro del niño, de facciones muy deterioradas, y dientes oscuros, espeluznante.

– Calmate amor, ya vamos a llegar- le dijo la joven.

– ¿Por que no le da el pecho señora? No me incomoda en lo absoluto.

– Ay gracias señor

Apenas la mujer puso su pecho en la boca del pequeño, pego un alarido.

– Amor, no me muerdas. ¡Amor!

El escándalo desconcentro a Ricardo que no pudo evitar voltear a ver. El pecho de la mujer era un cuero estirado, era tal el daño que provocaba el niño que salía sangre de la pobre mujer.

– Me dijo que no iba a mirar.

– ¡¡Por dios!!!- La mujer se había transformado en una anciana con arrugas que parecían surcos.

– ¡¡Chupa, chupa!!- el niño devoraba el pecho de la mujer de a grandes mordiscos.

Una luz lo despertó de su terrible pesadilla, pero se levantó tiritando y en estado de shock, con una fiebre incontrolable. Los médicos no entendían cual era el problema, pero temían por su vida. Durante las semanas que duró su enfermedad siguió soñando aun despierto con esta mujer y su hijo, a veces se acercaban a su hogar y pedían algo de comida, otras veces el pequeño directamente se aparecía succionando violentamente el pecho de Leticia, sin que ella mostrara signo de sorpresa.

La única manera que encontró para evitar esos terribles sueños fue bebiendo hasta el desmayo, aunque a veces ni eso bastaba. Ricardo evitó hablar con Leticia de lo que le estaba sucediendo y la falta de comunicación iba alejándolos de a poco.

Terminó la ginebra en un abrir y cerrar de ojos, aun quedaban algunos cigarrillos en el paquete, pero decidió volver hasta su casa. A medio camino pasó por el frente de la iglesia donde habían asistido a la ceremonia. Era de madrugada, pero el cura vivía en el lugar, por lo que podía ser que lo atendiera. Estaciono el auto, bajó y golpeó insistentemente el llamador, a los minutos escuchó como giraba la perilla…

Continuará.

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