Solía a menudo pararme frente al espejo, mirarme a los ojos encontrando esa mirada cansada, agobiada por los altibajos, a veces desorientada, con dejos de nostalgia, dolor, llenos de historias, de personas, de sentimientos, víctima de estar vivo, aunque la partida de tantos amores habían dibujado una imagen de la misma vida dándome la espalda, y cuando eso sucede, nada parece tener gracia, pero no cualquier gracia, si no esa gracias de disfrutar cada paso de la vida, sea bueno, sea malo, sea largo o sea corto. Durante tiempo la oscuridad de la noche supo hacerme sentir cómodo rodeado de ella.

Aquel día cuando caía en esa brutal, sincera y autodestructiva rutina me desconocí casi por completo, no encontré de repente esa mirada llena de nostalgia y dolor que me acompañó durante los últimos años, no encontraba más que bellas historias, esos ojos aventureros y llenos de sinceridad de mi niñez habían vuelto. Sentía nuevamente que podía hablar a través de ellos, que podía ver el mundo de otra manera y me permití casi con incertidumbre preguntarme qué había pasado. Como llegué nuevamente a dejar que el viento me despeinara, que suceso me hizo volver a mirar el otoño con los ojos llenos de esperanza, dejar que la vida me pusiera donde fuere, aunque sin dejar de preguntarme qué cosa o quien había logrado tal utópica hazaña.

La respuesta llegó como un rayo en medio de una cruel tormenta de verano, que en pocos minutos parece azotar con la furia de la divinidad y la naturaleza todo lo que toca, la sonrisa y los ojos de aquella hermosa mujer me tornaron borrosa la vista, se me hicieron presente, eso fue suficiente para borrar mis miedos y dudas. Sonreí frente al espejo, la sentía allí en esos momentos, riendo a carcajadas, con esos ojos verdes achinados, y esa sonrisa que era capaz de iluminar cada rincón de su enmarañada mente. Caminando por las clásicas calles de ciudad la pensé a cada paso, en cada esquina, pensé en esos jubilosos días juntos, aquellas noches en que la miraba hasta que se dormía, las tardes que juntos conversamos acostados en el parque, y fundidos en un eterno beso, dejábamos el atardecer decorar la escena. Sin lugar a dudas ella había marcado un punto final y un punto de partida en mi vida, y a pesar de que ya no estaba conmigo, la sentía.

Mirando como el sol abandonaba la escena en que me encontraba, sentado en aquel frío banco de la siempre romántica Plaza España me acomodé el cabello tal como a ella le gustaba que lo hiciera, tomé lo que quedaba de un frío café y con la mirada jubilosa y fija en el horizonte, sintiéndome renovado y seguro partí. Y hoy sé que al ver la noche levantarse cuando el sol cae, no es la última vez que lo veré ni sentiré su calor en mi piel.

Compartí, no seas paco