Los Agüero eran una familia humilde y laburante de Corralitos. Trabajaban de contratistas en una finca de sol a sol. De la mano de los dueños, los Agüero habían sufrido los malos años y disfrutado las buenas cosechas. Don Carlos, el padre de familia, había logrado mantener dignamente a sus hijos y esposa, les había dado muchos de los gustos necesarios y básicos y, si bien llevaban una vida austera, carecían de necesidades.

Luego de una buena temporada de ajo, la familia le reclamó a Don Carlos unas vacaciones…

– Papá… ¡queremos ir de vacaciones! – le pidieron al unísono sus tres hijos.

Don Carlos miró a su mujer, la Estela. Ésta asintió con la mirada… también quería vacaciones.

– Bueno… la verdad es que ha sido una linda temporada – comenzó Don Carlos, al tiempo que los ojos de sus hijos se iluminaban – nos podemos dar el gusto de irnos unos días a San Luis.

– Noooooo, San Luis nooooo – dijo Susana, la mayor de sus hijos.

– ¡Otra vez no papá! – Dijo Eduardo.

– ¡Queremos conocer el mar! – sentenció Arturo, el más chico.

– Si viejo… vamos al mar – se sumó a las súplicas Estela.

– No… el mar queda a más de mil kilómetros de acá. El renó no va a llegar ni en pedo y no hay plata para cambiar el auto – respondió Don Carlos haciendo referencia al Renault 12 modelo 78 de la familia.

– ¡Vamos en micro! – aportó Eduardo.

– No Eduardo… no se puede. Es lejos y es un viaje muy largo para hacerlo con la abuela.

– ¡La abuela está hecha mierda, que se quede! – lloró Arturo al tiempo que los padres abrían los ojos como platos y le hacían señas para que se callara.

En eso apareció la Paca… la madre de Estela. Una vieja gris y arrugada que venía a las sacudidas limpias desde el pasillo. Tenía casi 100 años, había sepultado dos maridos, superado un cáncer de mama, dos infartos, cólera, anemia, cientos de pulmonías y la pérdida del 90% de la visión del ojo izquierdo. Andaba renga y fumaba como un camello. Aún así el semblante de vieja mala no se lo apaciguaba ni el más dulce de los postres.

– Yo no me quedo sola ni en pedo.

– Bueno, elijan entonces… nos quedamos acá o nos vamos a San Luis – dijo Carlos.

– ¿Y si nos vamos a Chile? – preguntó Estela – estamos cerca…. y hay mar.

– ¿Chile?… Son como diez horas de aduana… tu mamá no se la va a bancar – respondió Carlos tomando a la Paca del hombro.

– Me chupas un huevo Carlos, ¡a mi me llevan a Chile! – dijo la vieja caprichosa sacándole la mano a su yerno al tiempo que los chicos gritaban felices.

– ¡Dale Carlos!, no seas malo… vamos a Chile. La mami es de hierro.

– Si… de hierro – respondió con ironía Don Carlos.

– ¿Tenes algo que decir, pelotudo? – le preguntó La Paca dulcemente al hombre.

– Ok familia… nos vamos a Chile – terminó la charla Don Carlos para no iniciar una batalla.

***

Diez días después salía de Corralitos el Renault 12 celeste cargado hasta el techo, tirando un carro tapiado de bolsos, las ventanillas bajas, cuarta a fondo y los seis integrantes de la familia encima: Don Carlos, Estela su esposa, Susana, Eduardo y Arturito, sus hijos y la abuela Paca, que ya respiraba agitada por el calor y el hacinamiento del asiento trasero. Iba enculada porque no la dejaban fumar.

El viaje de ida fue un dolor de huevos. Subiendo por el acceso sur pararon a los Agüero por ir con las luces apagadas y le quitaron el carnet a Don Carlos. Siguió manejando Estela. Llegando a Potrerillos casi le quitan el carnet a Estela por pasar en doble línea amarilla, cuatro kilómetros después y habiendo pagado una coima de una luca, pinchaba una rueda dejándola a la miseria. Sin gato, a Don Carlos no le quedó otra que usar la fuerza bruta para cambiar la cubierta, quedando completamente manchado de grasa.

– ¡Que mina pelotuda! – se le escapó a la Paca. La Estela se la tuvo que comer sino el Carlos la ponía ahí mismo.

En la historia de Mendoza jamás hubo tanta cola como aquel verano. Más de catorce kilómetros interminables de autos… la Paca comenzó con diversos colores faciales, luego con descompostura y finalmente quedó media desmayada en el asiento de atrás, balbuceando porquerías. El calor del viaje había sido agobiante. Allá arriba el frío era tremendo, se colaba por los paneles hechos percha de la puerta del renó. La amplitud térmica le estaba jugando una mala pasada a la Paca que ya veía elefantes rosados y el túnel blanco.

– ¿Abuela estás bien? – le preguntaba Eduardo mientras el Arturito la picaba con un picodulce.

– Si pendejo, cerrá el orto que me mareo – le respondía la Paca, siempre con su poco tacto.

Veinte horas después llegaron a la aduana. Lograron pasar, pero le decomisaron el fiambre, la leche, la carne y la verdura que llevaban en dos hieleras dentro del carrito. Don Carlos tenía las bolas por el piso.

– ¡Chileno hijo de una gran puta! – le gritó la Paca antes de irse, entre mareos y arcadas, lo que produjo un incidente de casi media hora más de demora entre carabineros y gendarmes que no querían dejar pasar a los Agüero.

El descenso por los caracoles fue la gota que rebalsó el vaso. La Paca se descompensó para la mierda y de pronto quedó inmóvil…

– Papá la abuela está dura – dijo Susana.

– Dejala que debe estar durmiendo.

– Pero está fría… y no le tirita nada – dijo Ernesto.

Cuando Don Carlos miró por el retrovisor y vió que Arturito le enterraba el palito del picodulce en el ojo y que la vieja no se inmutaba. Se percató y frenó de golpe.

– ¡Salí pendejo pelotudo! – le gritó al guachito mientras se bajaba a apantallar a la vieja.

Bajó a todos del auto y comenzó a abanicar a la señora, que estaba dura como rulo de estatua.

– ¡Suegra! – le gritó Carlos.

– ¡Mamá! – gimió Estela.

– Abuuuuu – lloraron los niños… pero era demasiado tarde. La Paca había pasado a mejor vida… ese cajón ya tenía más olor a flores que a manzanas.

– ¿Y ahora que mierda hacemos? – se preguntó en voz alta Don Carlos.

– ¿Cómo que hacemos? ¡Llevémosla al hospital! – respondió Estela furiosa.

– ¡Pero si está muerta!, no tiene pulso, no respira – aseguró Carlos poniendo el oído en la nariz de la vieja para tratar de escuchar algo.

– Bueno… llevémosla igual.

– ¿Vos sabes lo que sale un hospital acá? ¡Nos van a cobrar todo en dólares! – rezongó Carlos. Entonces Estela entró en shock nervioso y el hombre no tuvo más remedio que llevarla a la guardia de un pequeño hospital en Los Andes.

Tres horas después llegaban al sucucho médico con la vieja que estaba padeciendo un rigor mortis galopante que la dejaba como jugando al juego de la silla al bajarla. Al entrar el médico de guardia ni siquiera se alarmó…

– Ta muerta, weon – le dijo a Carlos en cuanto lo vio.

– Ya se boludo… se nos murió hace un rato.

– ¿Y porquí no han llamao al servicio de ambulancia, weon?

– Porque no teníamos señal…

El chucha revisó a la doña que estaba totalmente forfai.

– ¿Que tenemos que hacer doctor? – preguntó Estela con la nariz colorada de tanto llorar.

– Bien… el trámite no es sencillo, mucho menos barato, pero hay que informar de su defunción y luego transportarla vía aérea a la Argentina.

– ¿Y eso lo hace el Estado? – preguntó Carlos.

– ¿Qué Estado?

– ¿El Estado Chileno?

– ¿Vo tai loco weon? ¿Te creí que estos conshisumare te van a llevar al fiambre a tu paí grati?

– ¡Que cagada!… ¿y cuánto sale la jodita?

– ¡Es mi mamá Carlos, más respeto! – lo retó Estela.

– Esta muerta Estela, deja de hinchar los huevos…

– Esto es la raja weon. Los papeles y el transporte mínimo tres o cuatro lucas.

– Lo que habíamos traído para las vacaciones… – se lamentó cabizbajo Carlos.

– Verdes – terminó de comentar el galeno chileno.

– ¿Dólares?

– ¡Les dije weon! Es la raja…

– Ni en pedo pago eso por esta vieja – aseguró Don Carlos.

– ¿Y que la vamos a dejar acá? – preguntó sorprendida Estela a punto de estallar nuevamente del llanto.

– ¿Son de Mendoza? – preguntó el médico.

– Si…

– Bien… están acá nomás. Se está haciendo de noche, yo les voy a recomendar algo… no es legal, pero es la única manera que tienen de hacer esto sin pagar – y comenzó a relatar su plan…

***

– ¿Traen algo? – preguntó el muchacho de la aduana abrigado hasta la nariz de pié junto al Renault 12.

– No, nada – dijo nervioso Carlos.

– Tecnología, ropa, ¿nada? – volvió a preguntar el aduana mirando el carro detrás del auto.

– Si traemos – se escuchó el comentario de Estela rompiendo el silencio, al tiempo que Don Carlos la miraba con ánimos de fulminarla.

– ¿Qué traen? – volvió la mirada al habitáculo.

– Traemos un tele chiquito de 32 pulgadas, algo de ropa para los chicos y una batidora – mintió Estela mientras el aduana miraba a los tres niños durmiendo en el asiento trasero del Renault.

– ¿Puedo ver el baúl y el carro? – preguntó el hombre.

– Eeeee… claro – dijo aún más nervioso Carlos, el aduana se fue hacia atrás.

– ¿Vos sos pelotuda? – susurró a Estela.

– Es muy obvio si le decías que no traías nada, ridículo… ¡encima con un carro! – respondió inteligente Estela y se bajó del auto.

Estela fue derecho al carro, que estaba todo tapado con una lona. Abrió la parte de atrás y sacó un bolso lleno de ropa impecable de sus hijos… sin usar, ya que ni siquiera llevaban un día en Chile.

– Esta es la ropa que compramos – le dijo al aduana mientras el tipo la revisaba con una linterna. – Y el tele y la batidora están en esas cajas esas del fondo del carro, ¿quiere que se la pase? – preguntó Estela al tiempo que el corazón del Carlos se le salía de la boca.

– No… está bien – dijo el aduana – muéstreme el baúl – le ordenó a Don Carlos que recuperaba el color. Estela cerró la compuerta del carro y se subió al auto. Carlos le mostró los bolsos y las hieleras vacías del baúl…

– Prosigan – les ordenó el oficial de aduana.

Recién emitieron palabras cuando pasaron el control de gendarmería, donde, por suerte, no había nadie.

– Estuviste inteligente, Estelita – reconoció su marido.

– Le presté mucha atención a las cajas en las que embalaste el cuerpo de mi vieja… por eso me arriesgué – dijo la mujer esbozando la primer sonrisa de la jornada.

– Zafamos de pedo… ¡que kilombo si nos encontraban el fiambre en el carro!

– Es mi mamá, Carlos… no seas tan desubicado.

– ¡Lo que me debe estar puteando la vieja en el infierno! – dijo Carlos y explotó la segunda carcajada de Estela.

– Me ha bajado un sueño impresionante – dijo Estela.

– A mi también… y tengo mucha hambre. ¿Y si nos paramos un ratito en Uspallata a comer algo? Quizás encontramos algún lugar abierto.

– Ok… solo a cenar – dijo Estela.

Un par de horas después estaban comiendo en una parrillada de Uspallata. No habían gastado un peso, así que se dieron un mínimo lujo previo a volver a la ciudad. Ambos sabían que mañana sería un día largo y tapiado de trámites que hacer por la Paca recientemente fallecida. Dejaron el auto en un lugar bien oscuro y solitario, por las dudas, y caminaron unos doscientos metros hasta el restaurante, con los niños rezongando de sueño.

Entrada, asado, vino, ensaladas y postre. Don Carlos intentó extender la cena lo que más pudiese, primero porque suponía que esas serían sus únicas vacaciones y segundo porque estimaba llegar al amanecer, para poder hacer los papeles necesarios por la Paca. Al cabo de tres horas pagaron la cuenta y volvieron un poco más felices al auto… pero esa felicidad rápidamente se iba a ver opacada.

El Renalut 12 estaba en su lugar… lo que no estaba era el carro. El carro… el carro con los bolsos, el carro con las zapatillas, el carro con el flota flota de Arturo, el carro con los patines de Susana, el carro con la pelota de Ernesto, el carro con las cremas de la Estela, el carro con las camisas de Don Carlos… el carro con el cuerpo de la Paca.

– ¡¡¡Nos afanaron el carro!!! – gritó Don Carlos.

– ¡Mi vieja! – alcanzó a decir Estela mientras se desmayaba.

Esa madrugada fue un caos. Entre policías y gendarmes lograron salir de Uspallata entrada la tarde. Agotados, idiotas, con ganas de llegar a casa… y sin el carro.

Al día de hoy aún se desconoce el paradero, los malvivientes que “tomaron prestado” el carro, jamás se enteraron de la sorpresa que llevaba dentro y no hay ni rastros de la Paca, que sin dudas, andará por ahí atormentando gente como un fantasma rompe bolas.

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