Era una tarde de otoño, de esas que se levantan brisas que calan lo huesos. Me encontraba con los pensamientos en la nada, mientras caminaba por la plaza…pero de repente la vi. O me pareció verla. Fue un perfume o una risa…algo me la trajo. Algo que hizo que no pueda evitar sentarme a recordarla y se me escapó un suspiro lleno de ilusión. Un suspiro que soñaba estrellarse en sus mejillas y se suicidó en el abismo de su ausencia. La busqué, pero no la hallé. Ahí me quedé sentado, esperando encontrarla, hasta que sentí que alguien me tocó el hombro. Me di vuelta y ¿quién era? Mi viejo amigo y hermano Juan.

-Hola hermanito, tanto tiempo- le dije mientras lo abrazaba.

-¡Martín, mi hermano! ¡Hace tanto que no te veo, boludo! – me abrazó – ¿Qué haces por acá, sentado en un banco de plaza, mirando la nada? Siempre te tuve como una persona activa, y ahora estas acá, estático, con la mirada media extraviada.

-Nada. Qué se yo. Qué lindo verte- traté de eludir – Parece que te mandaron del cielo. Me agarraste recordando a mi shakesperiano amor.

-Sabes que si me contestabas eludiendo, me iba a dar cuenta. Esa mirada la conozco – seguía perspicaz como siempre, pensé. Y agregó – Pero ¿qué te anda pasando? ¿Hace muchos años que no la ves?–

-Nunca más la vi – le dije serio- Tuve que dejarme ir de ella. Aún me odio por mi cobardía, aún saben a sueños las ganas de amarla que tenía. Pero cada tanto vuelve a mí, cada tanto alguien sonríe igual, camina igual…y acá me ves.

-Entonces estaba en lo correcto – dijo – Hablas de Julieta.

– ¿Y de quien más, amigo? Mi Julieta. Sabes lo que daría por volver el tiempo atrás para poder explicarle que en aquella despedida no quería dejarla, que la quería a mi lado toda la vida. Pero no en esa tierra de nadie que limita los sueños, quería una familia con ella pero acá, en nuestra tierra. Debe ser por eso que odio tanto San Juan.

-¡Que tierra que tanto daño te hizo!- acotó.

-Ufff… me alejo del amor de mi vida. –Dije sin dudar – San Juan fue el balcón de nuestro cuento y yo la deje ir…al igual que Romeo, me quede sin mi Julieta

Se hizo un silencio entre los dos. Ambos miramos el piso buscando esquivar miradas de añoranzas. Pero fue Juan quien soltó:

-Pero cuando te exiliaron de San Juan ¿No la buscaste?-

– Cuando volví ya era tarde y no tenía nada que ofrecerle. Supe de ella un tiempo y se veía tan feliz en la gran ciudad… y ¿qué iba hacer, hermano? Me rodeé de lamentos…y de Julietas paganas de una noche.-

-Si- me interrumpió. – pero nunca olvidamos. Podemos rodearnos de todo para olvidar, pero nunca lo hacemos. Y los amores que no se escapan se transforman en canciones, en bancos de plazas fortuitos con miradas perdidas. Si ellas alguna vez supieran lo que sentimos tiempo atrás,

-Tiempo atrás no – lo interrumpí. – No es lo que sentía. Es lo que aún sigo sintiendo.- Juan sonrió y meció su cabeza dándome la razón.

Respondiéndole y a la vez respondiéndome, dije: -A veces me parece verla en todos lados.-

Hablamos un poco más. Tratamos de cambiar el ambiente, pero las añoranzas ya se habían apoderado de la plaza completa. Se produjo un instante de silencio, de esos que parecen durar horas, y mi amigo finalmente retomó:

-Tengo que irme ahora. Seguro volveremos a cruzarnos.-

Nos dimos un fuerte abrazo y nos palmeamos como antaño las espaldas. Él se marchó. Yo me quedé en el banco de plaza, con la mirada otra vez perdida en la nada. Pero noté que los pasos de Juan se devolvían. Estaba otra vez parado frente a mí, y me dijo:

-Vos me decís que la vez en todos lados. Y tal vez así sea. ¿Qué hago si la veo por ahí?-

La pregunta no daba lugar a más respuestas. No eran mis labios los que hablaban, era mi corazón que fuerte y claro le contestó:

-Decile que la extraño.-

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