Hacía muchísimo frío. Me acuerdo de eso. Recuerdo la puerta de la habitación entreabierta y del foco amarillo en el techo, enérgico como el sol. Me acuerdo el sonido fuerte de la radio de transistores que lo acompañaba desde que se levantaba, hasta que se acostaba. También rememoro que se había quedado sin trabajo hacía poco tiempo… y que sonreía cada vez que lo miraba. Ahora entiendo que lo hacía para que yo no notara nada. Quería demostrarme que todo estaba bien.

Puedo verme ahora, espiándolo por la entrepuerta, mientras se sentaba en la cama, solo, con los brazos sosteniendo su cabeza de mirada baja. Me acuerdo de mi madre, entrando a la habitación, sentarse a su lado y consolarlo con la mano en la espalda. Minutos eternos. Horas infinitas.

Mi memoria parece verlo levantarse y secarse las lágrimas con las mangas de su pulóver. No quería que lo viéramos llorar ni mi hermana ni yo.

Recuerdo que salió de la habitación, se agachó para quedar cara a cara frente a mí, y puso una mano firme en mi hombro. Con voz firme, cuidando cada palabra, me dijo: “Todo va a estar bien, hijo.”

Recuerdo perfecto que en ese momento, la radio de transistores tocó “El Corralero”, la pieza folclórica interpretada por Hernán Figueroa Reyes. Como un capricho malvado del destino, la emisora hacía sonar justo en ese momento, una melodía angustiosa y triste. Un llanto desgarrador me apretó el pecho cuando las estrofas sonaron.

Me acuerdo de cuando tenía 9 años. Y mi acuerdo de mi viejo a mis nueve.

El tiempo siguió su curso. No fue mucho el tiempo que mi papá estuvo sin trabajo. De la escena, tal vez los recuerdos sean borrosos. Pero del momento exacto en que la vieja radio tocó la canción, puedo afirmar que es exactamente como lo describo. No hay forma de equivocarme en eso, se los juró.

Décadas pasaron de aquel momento, pero es tan difícil dejar de asimilar diferentes canciones a diferentes situaciones de vida, que hoy; cuando “El Corralero” suena, vuelvo a estar de pie frente a mi arrodillado padre. Vuelvo a ver su cara seria, triste, pero segura de sus palabras. Vuelvo a sentir su convincente mano en mi hombro, diciéndome que todo va a estar bien.

Y eso, para mí, es un momento extraordinario.

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