Casi no conocí a mi bisabuela. Ella murió cuando yo tenía 3 años, y solo recuerdo su cara sonriente invitándome a comer ñoquis un domingo. Nada más. Todo lo que sé de ella lo sé por las historias que me han contado mis abuelos maternos y mi mama, quien la sintió como a una madre, a quien le decía que de joven había conocido a una chica con el mismo nombre que el mío. “Es un nombre muy raro Yasmir, por eso me acuerdo”.

Al quedar viuda joven con 3 niños, decidió ir a trabajar de lo que consiguió, mucama en el mítico hotel de Villavicencio. Luego de un tiempo volvió a casarse y nunca más trabajó. Pero ese recuerdo ella lo tenía muy vivo y se lo contó a mi madre.

La primera vez que fui allá sentí que algo me llamaba hacia dentro. Pero el hotel está cerrado desde hace mucho antes de que yo naciera, y por más que se llene de gente ávida de historias no se puede. Quería conocerlo, más que por su historia, por la mía propia que se entremezclaba con la de mi abuela, aprendiendo a manejar en la ruta que lleva al hotel, cuando llevaba con su padre turistas a tomar un vermut al lugar.

Una noche lo soñé. Mi bisabuela ordenando las habitaciones, mucha gente, mucha vida. Todo lleno de turistas, época de esplendor por los años 50, ella me miraba y me reconocía, me daba un beso y me agarraba de la mano. Me desperté con una lágrima en cada ojo, tenía que volver. Tenía que entrar al hotel.

La ruta la conocía muy bien, yendo a Canota, pasando la fábrica de cemento. Derecho derecho, aparecen los caracoles. El camino viejo a Chile, solo te va guiando. “Trae hojas de paño” me dice mi mamá cuando le digo que voy a ir. “Si ves zorros sácales fotos” hermosos animales protegidos por la reserva privada. El plan de viaje está listo.

Arranco viaje apenas despunta la mañana, llevo una cámara digital y salgo. Veo la fábrica de cemento a un lado de la ruta provincial, y cuando paso el arco de Canota de pronto siento algo raro, miro al asiento del acompañante y mi cámara digital ya no está, en su lugar hay una cámara Kodak vieja, de las de antes que sacan fotos en blanco y negro. Prendo la radio y hay solo un silencio, ruido de la nada constante. De pronto y viniendo en el carril contrario al mío, pasa un Gordini blanco.

La ruta se siente extraña, pero algo dentro de mí me dice que tengo que seguir, pero no hay ningún cartel que diga “reserva Villavicencio” o nada similar, la vez pasada que vine si había. El camino me llamaba misteriosamente, como una atracción casi magnética, las flores están coloridas en todos lados, ya no parece que fuese otoño, sino una hermosa primavera dorada. Veo los caracoles, y atrás mío logro divisar un auto que antes no venía, un auto rojo brillante muy viejo, pero impecable, y otro similar, pero verde y con maletas atadas en el techo pasa por el carril contrario. Todo se está volviendo muy raro.

Agarro los caracoles y veo muchas hojas de paño al costado de la ruta “cuando vuelva me paro mejor y traigo unas para mi vieja”, más curvas, más flores amarillas, blancas y violetas, el sol radiante a pleno, un día perfecto. Voy subiendo y ya queda menos, y en mi mente tengo la imagen de mi bisabuela teniéndome en brazos, una foto que encontré un día en un cajón.

Termino las curvas y veo un estacionamiento adelante, y estaciono. Me bajo con la cámara, que ha envejecido notablemente y me sorprende muchísimo el hecho de que no hay ningún auto moderno, son todos viejos, de esos que ya no se ven, de todos los colores, relucientes y mucha gente con ropas antiguas, ¡es un sueño, eso debe ser!

Camino unos pocos metros, veo el hotel majestuoso y ahí me doy cuenta que es lo que ha pasado. Como un sueño perfecto por vaya a saber que capricho del tiempo, he vuelto atrás en el tiempo, me he colado por una ventana y me metí a las mejores épocas del hotel. Empiezo a sacar fotos, hay mucha gente por todos lados, algunas con vasos en las manos y las puertas están todas abiertas, puedo cumplir mi sueño de entrar. En la recepción hay un almanaque, septiembre de 1954. Un muchacho de unos 30 años vestido impecable con un traje y gomina en el pelo me mira y me pregunta si me vengo a alojar. “No, le digo” y se me viene una idea a la mente. “Disculpe, ¿Marina Sáez trabaja acá?” Sáez, apellido de soltera. El hombre me hace un gesto de extrañez, me mira y me responde “Si, ¿por alguna razón en especial? Es mucama”, “Soy una familiar que ha venido desde muy lejos a verla, ¿la puede llamar?”

“Si, como no”, me responde, y llama a una mujer que estaba barriendo cerca. “Llama a Marina un segundo por favor”. La mujer se lleva la escoba y se mete por una puerta. “Puede quedarse poco tiempo porque empieza la temporada alta y estamos llenos de turistas que llegan y se van”. “Ningún problema, no me voy a demorar”, le digo.

Saco una foto desde una de las ventanas hacia fuera, la vista es de ensueño. Cuando estoy concentrada alguien me toca el hombro, me doy vuelta y es ella. Con un uniforme de mucama, no mucho mayor que yo. Trató de ocultar las lágrimas que quieren salir, la emoción que me empieza a desbordar por dentro. Le digo “disculpe, usted no me conoce, pero yo soy familiar suya, no le puedo decir mucho más pero quiero decirle que mi sueño era conocerla. De toda mi vida, siempre la quise conocer.” “Qué raro. No me suena haber sabido algo de vos”, me dice, “¿cómo te llamas?” “Soy Yasmir, en un tiempo quizá se acuerde de mí” le digo. “Seguramente, es un nombre muy raro”. No sé qué se me pasó por la mente, y la abracé. “Gracias” le susurre al oído y en vez de asustarse ella me miró y se sonrió. Era la misma sonrisa que yo había visto en aquella foto, una sonrisa cálida y generosa. “Me tengo que ir, la dejo trabajar” le digo y ella con sus manos agarra las mías. “Adiós”, me dice, y se va despacio por uno de los pasillos del hotel. Salgo y me siento plena, unas lágrimas asoman en mis ojos y caen por mi rostro.

Me subo al auto, pero antes me acuerdo, “¡las hojas de paño!”.

Aprovecho y me pongo a caminar por ahí, sacar fotos, disfrutar el esplendor antiguo que ese lugar supo tener. Me acerco a la capilla, saco fotos y me traigo unas plantitas de hoja de paño “sirven para los pulmones” me había dicho mi madre. Me subo al auto y veo por última vez aquel hotel corroído por el tiempo, presa del abandono. Bajo los caracoles en plena calma conmigo misma, y cuando paso el arco de Canota vuelvo a sentir algo raro en el pecho, miro al asiento donde dejé la cámara y de pronto vuelve a ser la máquina digital que fue antes. Cuando llegó a mi casa me pongo a ver las fotos, están todas ahí, en blanco y negro.

Dicen que a veces el tiempo nos da una oportunidad de conocer a nuestros seres queridos, a veces de forma inesperada nos abre una ventana para volver a sentir, para poder continuar.

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