Escribo estas líneas apartando de mi todo temor al juicio popular, ajeno a todos los prejuicios que la sociedad acostumbra a usar de manera voraz e impiadosa. Esta vez se trata de una historia, una tierna y dulce historia de amor, que personalmente me atañe y me invade plena y puramente.

Sin más preámbulo les cuento que todo comenzó un día que parecía ser como cualquier otro, mi vida transcurría de la misma manera en que un cocinero repasa una lista de ingredientes, un paso tras el otro. Esa mañana miraba el desayuno listo en la mesa, un café y la equivalente compañía de leche, un fresco jugo de naranja y 2 tostadas, el televisor prendido en la sala contigua, hablaban del clima, hasta eso era premeditado en aquellos días. Yo me preguntaba en que momento mi vida se volvió tan predecible, tan pobre, donde estaba aquel muchacho vivaz e improvisador, al parecer había sido víctima de la cruel vorágine rutina, me había convertido en el ser que siempre evité.

Tomé el maletín, el saco colgado de un brazo, miré a mi esposa que preparaba una tostada con mermelada. Tenía la mirada perdida en el sol que asomaba por la ventana. Quizás ella también lo sentía, habíamos perdido la magia, el contacto, nos habíamos perdido el uno al otro. Me miró, y su vista apagada se trenzó con la mía, la saludé con un beso en la mejilla y partí. Al bajar las escaleras pensaba ¿Un beso en la mejilla? ¿Qué me pasa? Aunque a ella no pareció importarle. Al salir a la calle el otoño se hacía sentir con sus mañanas frescas, me puse el saco que aún colgaba de mi brazo, llamé un taxi y le di al chofer un papel que tenía la dirección del lugar donde esa mañana debíamos inaugurar una obra promovida por el partido en el que pregonaba. Una calle tras otra fuimos andando, tenía la mirada perdida en mi interior, y aún así no veía nada.

– Llegamos señor, calle 25 de Mayo- miré como aturdido por la ventana, pagué y me bajé. En eso sentí una voz que me llamaba:

– Enrique, acá estamos- dando media vuelta vi a Carlos, un fiel militante que me hacía señas desde el otro lado de la calle.

– Ya está todo listo Enrique, decís unas palabras, cortás la cinta y estamos, día libre.

– Dale, dale.

– ¿Estás bien? Se te ve raro

– Si todo bien, todavía no me despego de la cama

– Dale pibe, que con tus casi treinta no podes andar en ese estado. ¡¡¡Despertate!!!

Dándome una palmada se rió y se prendió un cigarro. Frente a la obra que inaugurábamos vi un colegio y a unos metros de la puerta una jovencita de falda a cuadros y pullover azul que me miraba fijamente, sonrió y se perdió en el tumulto del cómplice grupo que la rodeaba. Al ver esa sonrisa, sentí algo extraño, algo que hacía tiempo no sentía, como si me despertara de un largo sueño, y nada tenía que ver con haber madrugado aquel lunes. El rostro de aquella muchacha con la mirada traviesa y llena de curiosidad que me buscó y me encontró se me había grabado a fuego. Inauguramos la obra pero yo solo pensaba en aquella adolescente.

En los próximos días sentía como una aventura me llamaba, aunque los nudos de la rutina me tenían asfixiado, decidí seguirla. Fui cada día de esa semana a la salida de aquel colegio a ver si encontraba la picaresca sonrisa y la aventurera mirada de aquella mujer. La veía caminar, mientras tomaba un café con su falda a cuadros, su pullover azul, una cartera colgada del hombro y la carpeta en la otra mano, iba riéndose al unísono con sus cómplices cuando me vió, sonrió y me saludó, miré sobre mis hombros para asegurarme que me saludaba a mi, ella dejó salir una carcajada e hizo el ademán de saludo nuevamente, al cual respondí con una sonrisa y un guiño, sus amigas se rieron, pero ella solo sonrió y se acomodó el cabello, se dió media vuelta y se perdió en la esquina. Me quedé un momento pensando y lo único que me dije a mi mismo fue ¿Un guiño? ¿Acaso tengo 15 años? Pufffff… dejé salir un suspiro y me fui decidido a volver al otro día.

Era miércoles, me sentía vivo y con la capacidad de improvisar nuevamente, salí de la cárcel de rutina en la que se había convertido mi casa y fui al trabajo , esta vez estaba decidido a hablarle al salir de clases. Algunos asuntos laborales me demoraron y llegué un poco más tarde de lo pensado, la vi venir por la esquina, las piernas me tiritaban y no era por el frío, una tercera guerra mundial se desataba en mis entrañas, hacia años no sentía algo así. Me vió a mitad de cuadra y di el primer paso para interceptar su camino, al llegar frente a ella me quedé mudo y tieso, no me salían ni podía idear palabra alguna.

– Hola- dijo con una voz tan suave que parecía una caricia

– Hola… ¿Querés ir a dar una vuelta?

– Si dale, vamos- respondió con seguridad

– ¿Querés un café? Me llamo Enrique por cierto- No sabía bien lo que hacía pero sentía que el pecho me ardía y algo se despertaba en mi, la situación me confundía por completo pero me sentía seguro de cierto modo.

– No gracias, recién desayuné en casa. ¿Para donde vamos?- dijo parándose en la esquina y mirándome fijamente

– Lejos de acá, conozco un café donde vamos a poder hablar tranquilos y podemos ir caminando.

– Vamos entonces.

En ese momento no sé si mi mente me jugaba una mala pasada, pero ella parecía más segura de lo que hacíamos que yo, prácticamente me sentía navegando sin rumbo fijo, después de mucho tiempo había perdido el Norte y una parte de mi se alegraba de eso.

Charlamos largo rato, la observe cuidadosamente tomarse aquel café. Por momentos su traviesa sonrisa se aventuraba en el mar de mis ojos y yo sentía que estaba muy lejos de allí. El aroma a café me traía de vuelta a tirones…

Continuará.

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