NDR: para quienes no lo sepan, esta es la primera parte de una serie de historias de un viajero en el tiempo que regresa al pasado a intentar salvar rockeros de la muerte. Hemos publicado un cuento completo, dedicado al mítico Buddy Holly. Quienes quieran leerlo pueden hacerlo acá (no es necesario leerlos para sumergirse en esta nueva aventura):

That’ll Be The Day – Parte 1
That’ll Be The Day – Parte 2
That’ll Be The Day – Parte 3

Como es sabido (y niños, ustedes lo pueden leer en todos los libros de historia), un tal Mark David Chapman sintió cierta vez que este mundo tenía demasiado John Lennon en él, y se consideró responsable de enmendar esta situación; por lo que el 8 de diciembre de 1980 hizo justicia (o lo que podríamos llamar “su propia definición de justicia”) por mano propia. Luego de expresar su fanatismo por el artista y solicitar que firme su copia del más reciente disco de John titulado “Double Fantasy”, llamó su atención y le disparó tres tiros a quemarropa, ocasionando su muerte.

Una muerte que yo, por supuesto, podía prevenir.

¿Es “prevenir” la palabra correcta? Se supone que uno previene algo que va a ocurrir, pero si yo intercedo y el hecho finalmente nunca ocurre, ¿realmente lo previne? Esta clase de paradojas me dan dolores de cabeza. Acá en New York, en esta época, y a esta hora, se me complica conseguir una farmacia abierta.

Debería ser sencillo prevenir la muerte de Lennon, basta con darle un empujón a Chapman en el momento indicado, las balas van para otro lado, todos se salvan, Lennon corre a protegerse dentro de su edificio, y todo termina bien.

O me hago amigo de Mark unos días antes, trato de convencerlo de que cambie de idea, que canalice su furia por otro lado, y todo termina bien.

O simplemente me escondo detrás de un árbol, en esa fría Nueva York del 8 de diciembre de 1980, espero que el asesino haga su aparición, y procedo a atacarlo con bolas de nieve. Y todo, por supuesto, termina bien.

Por eso es que ahora estoy acá, en el corazón de Nueva York, EEUU, el 24 de abril de 1976.

No Reply

Cuenta la leyenda, y esto fue casi confirmado por sus propios protagonistas, que un día de abril del año 1976, los mortales de esta tierra casi presenciamos un hecho más histórico que la llegada del hombre a la luna, la caída del muro de Berlín (que en esa época aún no había ocurrido), o el estrepitoso derrumbe de la bolsa en el año 1929: la reunión, luego de 6 años, de John Lennon y Paul McCartney.

El contexto era el siguiente: luego de varios años alejados, John y Paul habían empezado una reconciliación, que siempre se mantuvo en el ámbito privado. Nuevamente, la amistad que supieron tener y que tan lejos los llevó, volvía a florecer.

Cierto día de abril, específicamente hoy sábado 24, Paul estaba en Nueva York y había decidido visitar a John en el edificio conocido como Dakota, donde el ex-Beatle residía.

Estaban tirados en un sillón viendo televisión, cuando sintonizaron la cadena NBC, que transmitía el conocido programa “Saturday Night Live”. En él, apareció el director y creador Lorne Michaels, anunciando que la cadena lo había autorizado a pagar un cheque por muy poco dinero (algo que provocaba la risa de los presentes) por lograr reunir a los Beatles en aquél escenario.

La situación era de por sí divertida, los músicos eran considerados de las personas más influyentes en el mundo, y luego de su separación, se creía que no habría dinero en el mundo que los reuniera. Por eso, cuando Lorne Michaels apareció ofreciendo la misma paga que se le daba a cualquier banda que actuara en su show, el público no pudo hacer más que reírse.

Reírse de la misma manera en que se rieron John y Paul al ver esto.

Reírse de la misma manera en que lo hacían, cuando John dijo “¡deberíamos ir!”.

Ese momento, finalmente y por motivos que aún hoy siguen desconocidos, nunca ocurrió.

Algunos dicen que fue porque a último momento John tuvo una conversación con su mujer, Yoko Ono, que lo hizo desistir de toda esa locura. Otros dicen que simplemente la efusividad del momento se esfumó antes de que pudieran tomar el taxi que conectaba la corta distancia entre el edificio Dakota y los estudios de la NBC.

Sea cual fuere el motivo, el mundo nunca pudo ver dicha reunión. ¿Cómo voy a lograrlo yo?

Working Class Hero

Viajar en el tiempo puede ser estresante, hay que adaptarse constantemente a un nuevo entorno, a veces radicalmente distinto. Y si encima queremos pasar desapercibidos, el trabajo puede llegar a ser doble o triple.

Por supuesto que no es lo mismo Nueva York en 1976 que, digamos, Noruega en 1820. Afortunadamente no hubieron muchas estrellas de rock en la bella Oslo del siglo XIX que requieran salvación.

En este contexto, quizás no usar remeras de Nirvana o sacarme una selfie me permitan camuflarme de mejor manera.

Llegué un par de semanas antes de aquél sábado, con la intención de buscar un lugar donde instalarme y comenzar la investigación a toda prisa. El edificio Dakota, donde John Lennon residía con su mujer, parecía ser la mejor ubicación, dada la proximidad con el objetivo. ¿Podría tener la enorme suerte de que justo hubiera un departamento disponible en aquél conglomerado? El dinero no era problema para mí, ya expliqué anteriormente cómo, de manera sencilla, puedo hacerme de los bienes necesarios para cualquier transacción.

Me acerqué hasta el lugar tomando el metro (aunque el dinero no fuese problema, no confío en los conductores de Nueva York), y me bajé en la estación de la calle 72, justo enfrente de la imponente entrada al edificio. Me aproximé al guardia de seguridad que se encontraba custodiando el ingreso… y en ese momento tuve lo que podríamos llamar “epifanía”. Sería cuanto menos sospechoso acercarme a consultar sobre la disponibilidad de un departamento bajo la apariencia que llevaba en ese momento. Un lugar tan exclusivo como el Dakota esperaría que un posible nuevo inquilino llegue, mínimo, en un taxi o auto propio.

Entonces pensé que podría acercarme, no como un posible inquilino, sino como un futuro empleado, de limpieza quizás o de mantenimiento. Esto sería incluso mejor que intentar vivir en el edificio, porque me permitiría recorrer los pasillos sin despertar sospechas.

Le pregunté al guardia si sabía si estaban buscando personal, y me dijo que creía que sí, que buscaban a alguien para barrer los pasillos en el turno nocturno. La ocasión no podía encajar mejor. Me presenté ante mi posible futuro empleador que no pidió demasiado de mí. Si sabía comunicarme en inglés y no tenía antecedentes penales, podría entrar en un período de prueba. No necesitaba más que eso.

Watching The Wheels

Comencé a trabajar allí a la semana, me hice rápidamente amigo de todos, e incluso ví pasar alguna que otra celebridad por los pasillos, pero no había noticias de mi objetivo, John Lennon. Tampoco la veía a Yoko Ono caminar, y mucho menos a Paul McCartney. Pero no perdía la fe, yo sabía que tarde o temprano aparecerían, y me los cruzaría.

Y si eso no ocurría, simplemente volvería a intentarlo. Usualmente al tercer intento fallido es cuando me doy por vencido y dejo que el destino se salga con la suya. No ocurrió muchas veces, pero he tenido mis fracasos (lo siento mucho, fanáticos de Nirvana, es por eso también por lo cual no suelo llevar una remera con su imagen).

Mientras esperaba que la fecha llegara, y sabiendo que esta vez no me estaba enfrentando a una muerte inminente (a John le quedaban aún unos 4 años antes de que Chapman lo hiciese inmortal), me relajé y me dediqué a disfrutar de mi trabajo. Tanta vida agitada hace que realmente disfrute cuando me establezco por cierto tiempo y finjo una vida rutinaria.

Mi día a día consistía en presentarme a las 20hs en el Dakota, realizar mi rutina de limpieza durante 6 horas por todos los pasillos y recovecos del complejo, y retirarme a las 2 de la mañana luego de que mi relevo llegara. Allí me retiraba a dormir a la habitación de hotel en la cual me estaba alojando, no muy lejos de la zona, y durante el día paseaba como un turista por una ciudad que ya he conocido anteriormente, pero en distintas épocas de mi vida (y de la vida de la ciudad).

La fecha, y la recuerdo bien, era 16 de abril, y el mismísimo John Winston Lennon cruzó el umbral junto con Yoko Ono y su hijo Sean, de tan solo un añito. Estaban retornando al hogar luego de un paseo por el parque.

Cruzamos miradas, y lo saludé humildemente, “Buen día, Mr Lennon. Buen día, Mrs Ono”. Yoko levantó una mano en señal de saludo, pero Lennon se detuvo y me dijo “Por favor, llamame John, eres nuevo por aquí, ¿no?”.

No lo podía creer, ¡me estaba hablando John Lennon! ¿Cuántas veces habré pasado ya por esta sensación, la de conocer a uno de mis ídolos? ¿Cientos? ¿Miles? No, miles no. Pero eran varias. Y seguía sorprendiéndome y agachando la cabeza en señal de respeto.

“Sí, Mr Lenn… eh… John. Comencé hace unas semanas nada más. Es un placer conocerlo”.

Se veía humilde. Grande y humilde. Quizás sean sus ojos rasgados, pequeños, dentro de esos lentes circulares, lo que le conferían un aire de modestia.

“El placer es mío”, me dijo, “espero verte seguido por aquí, ¿ a qué hora sueles terminar el turno?”.

Su interés era genuino, podía notarlo. No estaba simplemente haciendo conversación, sino que quería saber de mí. Quizás era esa humanidad la que lo convertía en la figura que era para el mundo entero. Le comenté que mi turno terminaba a las 2 de la mañana y hablamos unos minutos más mientras Yoko esperaba pacientemente jugando con Sean.

Antes de retirarse me dijo “Oye, no te vayas a tu casa con hambre. Si alguna vez terminas tu turno y quieres comer algo, golpea a mi puerta, siempre estoy despierto a esa hora y dispuesto a ofrecer un poco de pan a un amigo.”

John Lennon me invitaba a su casa.

Continuará…

Escrito por Pablo Grabarnik para la sección:

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