De la lógica han surgido las afirmaciones más básicas de nuestra naturaleza. Una de ellas, la de Descartes, que dijo «pienso, luego existo». Y yo, que pienso y por lo tanto existo, he querido usar la lógica para formular una afirmación. Yo digo: «si el tiempo es infinito, la existencia es infinita». Esta es una afirmación verdadera tanto para el que cree en la finitud de la vida al encuentro con la muerte, como el que cree en la vida más allá de la muerte. Muertos o vivos existiremos, pues como dijo Antoine Lavoisier, «la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma». De esto podemos suponer un pensamiento tan grotesco como esta realidad: que cuando a la boca nos llevamos un bocado de algo, quizá nos estemos llevando el trozo transformado de un humano caído en combate, del que los gusanos dejaron sólo huesos, gusanos que alimentaron aves que cayeron muertas para freírse en un mar de aceite que, en fin, sabe quién de qué se otros muertos se compone ese aceite. Confirmando que nos comemos a nuestro tátara abuelo y a su perrito faldero, cambiemos las tornas y centrémonos en sí en el significado de existencia. Existir y ser, son verbos que relacionamos con vivir. Me pregunto, sin embargo, si el sofá sobre el que me siento piensa, pues existe. Yo diría que no piensa, porque no vive. Ahora, ¿es vivir pensar? Quizá haya vida más allá del pensar y sentir, otras formas de vida, de vivir. Entonces, llegamos a ese callejón de preguntas existenciales que no tienen respuesta más que en la religión y otras ciencias.

En nuestra condición de humanos, la vida se reduce a nuestra habilidad de pensar y elegir. Lo mismo da un corazón que palpita pero ni piensa ni elige, que un corazón que ya no bombea; aunque las piedras sangraran, seguirían siendo inertes. Por lo tanto, afirmaría que «elijo, luego vivo». Gozamos, pues, de albedrío, palabra proveniente de arbitrio, que nos define como árbitros de nosotros mismos, artífices de nuestra propia fortuna, como dio Apio Claudio. Somos constructores, inventores, somos libres. Es esta palabra, libertad, la molestia por la que he escrito toda esta parrafada de letras incomprensibles e insípidas. La libertad es una palabra cuyo significado se ha exacerbado. La etimología de libertad no es clara, pero se baraja entre palabras indoeuropeas relacionadas con gentes y deseos. Pues bien, entonces, ¿de qué somos libres? ¡Qué fastidiosa cuestión! Quien sea libre de existir, que tire la primera piedra. No hay piedra que caiga. No somos libres de existir; somos condenados a pena de existencia. Somos libres bajo el sistema de la existencia, sistema que nos obliga a elegir, es decir, a vivir, y se vive para morir, siempre. Ese arbitrio, o libertad, que gozamos bajo el sistema de la existencia, suele desembocar en la creación de otros sistemas, sistemas y más sistemas. Países, lenguajes, culturas, leyes… En fin, no somos libres de rechazar la creación de un sistema, porque incluso el que decide irse a una isla desierta a vivir debe crear un sistema de vida para sobrevivir, o un sistema suicida para morir.

En fin, vemos nuestra existencia y nuestra libertad reducidas a una condena, y digo condena porque es un estado del que no podemos salir o un estado sobre el que no tenemos libertad, y en nuestro lenguaje común atribuimos a la condena un antónimo de libertad. Esta condena, y repito, lo atribuyo a nuestra condición impuesta, esta condena se convierte en una lucha entre la felicidad y la tristeza; pues la existencia nos exige elegir para terminar con la tristeza, dándonos libertad o arbitrio para tomar las decisiones que creemos correctas. Nacemos en una cárcel en pleno motín, donde intentamos rebelarnos contra el castigo para alcanzar un subjetivo al que llamamos felicidad. En fin, la libertad, el albedrío, eso que se nos da bajo el sistema de la existencia, no es más que una herramienta, un derecho, que nos permite luchar por la felicidad. Una guerra, sin embargo. No hay más remedio que luchar. Ganar la batalla, perderla, son los únicos resultados. Sin embargo, ganemos o perdamos, todos moriremos. Ahora, existiremos por la infinitud del tiempo. Podremos existir eternamente como perdedores o como ganadores de la batalla irremediable. La alegría de existencia es una opción; la otra es, la pena de existencia.

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