Leer la primera parte

Transcurrieron las semanas, y aquello a lo que no me atrevía a ponerle nombre parecía crecer, charlábamos largos ratos entre risas, bromas y besos. En su presencia lo olvidaba todo, especialmente el abismo de tiempo que separaba nuestros cuerpos, y que el espacio había roto para unir nuestras almas. Me había vuelto un improvisador en cada aspecto de mi vida, aunque al llegar a casa la realidad fuera contrapuesta a lo que estaba viviendo, sabía que era imposible negar que era un hombre casado, y si les adelanto que lo era, pero eso es parte de la historia que contaré más adelante.

– Les dije a mis viejos que hoy salía a bailar con mis amigas, ellas saben que me tienen que hacer el aguante. ¿Hacemos algo esta noche?

La dejaba tomar la iniciativa en todo, no sé si por miedo o respeto, o porque cuando me hablaba mirándome a los ojos tomaba el mando de toda mi vida.

– Dale, conozco un lugar donde podemos ir, comer y pasarla bien. Es tranqui y nadie nos va a joder.

Esa noche salí del trabajo, llamé a casa y avisé que llegaba tarde por una cena con amigos, al parecer poco importó mi aviso, me era inevitable pensar en qué momento perdí mi matrimonio por completo o si quizás me hubiera armado de valor para… ya no tiene caso preferí pensar, quizás porque era más fácil así. La pasé a buscar por un punto donde quedamos en encontrarnos. Se subió y la besé con el impulso y las ansias de un adolescente, me sonrió y me acarició, bajaba todas mis defensas cada vez que me acariciaba sonriéndome.

– ¿A dónde vamos hoy?

– Ya vas a ver, te va a gustar, bah depende. ¿Te gustan las películas de suspenso?

– Noooo, osea sí, pero ¡mi hermano iba al cine hoy!

– Tranquila, ya pensé en eso, vamos a ver una película pero en un lugar más tranqui.

Se la veía nerviosa, así que mientras manejaba tomé su mano y le sonreí, sonrió y me besó en la mejilla, se calmó un poco y seguimos rumbo hacia el autocine del Challao, al llegar nos ubicamos al final, las filas de adelante estaban ocupadas y a decir verdad, mejor así. Al estacionar soltó una carcajada.

– Me asusté tarado, nunca pensé en el autocine jajajaja

– Tranquila Maca, soy consciente de la situación en que estamos los dos.

Cada vez que el tema de nuestra situación surgía caíamos en la cuenta de que no éramos del todo lógicos en nuestro accionar. ¿Acaso debíamos ser lógicos si se trata de lo que sentimos? Siempre me hice esa pregunta, ¿acaso cada vez que actuamos con lógica le quitamos el verdadero sabor a la vida? Después de años sentía que era cómplice de alguien en esta vida y no quería renunciar a ello por el capricho de la lógica. Sí, la diferencia de edad es una realidad, pero nos queremos y por el momento no necesitamos nada más que eso.

– No pensemos ahora.-Me dijo mirándome fijo a los ojos, no encontraba nada más puro que su mirada.-Vos sabés que te quiero y estoy acá con vos porque quiero estar acá, nadie me obliga a nada Enrique.

Mi silencio y una sonrisa aventurera podían decir más que mis palabras, le sonreí y nos dispusimos a mirar la película, sintonizamos en la radio la emisora y dejamos que el espectáculo tomara su curso. Se aferró fuerte a mi brazo recostándose en mi pecho. No había nadie a nuestro alrededor, solo existíamos nosotros dos. Me besó y susurró a mi oído que esa noche no importaba nada, no había diferencia entre los dos, éramos pura alma.

La llevé hasta el departamento donde dormían sus amigas, me abrazó, nos besamos y la vi caminar, moverse con el viento hasta la entrada del edificio. Detallar cuanto nos amamos aquella noche es redundante e innecesario, ella era feliz, podía verlo a través de sus ojos, yo podía tocarme el alma. Nada nos ataba ni nos impedía volar, ni lo que el mundo pudiera decir. Aun así decidíamos mantener la discreción.

Aquellas aventuras semana por medio se volvieron en objeto de ansiedad y deseo para mí. Al llegar el verano, solíamos ir al parque y conversar bajo la luna, rodeados de ese ambiente juvenil que adorna cada rotonda del pintoresco escenario que se dibuja cada noche en el lugar. Mirando un viejo árbol en su mayoría seco asomaba en una de sus ramas una frondosa pero pequeña copa, así me veía yo en este momento de mi vida, hacía tiempo estaba muerto en la rutina asesina de mi vida, al cruzarme con ella había comenzado a brillar nuevamente, a sentir mi corazón galopar como antes, mis ojos brillaban por algo más grande, y como aquel árbol denotaba la aparición de vida en mí, una vez más.

Continuará…

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