– Hola, tanto tiempo…

– ¡Que sorpresa!

– Te prometí que cuando cortara con mi novia te iba a buscar.

– Lo se Fran, pero eso fue hace tres años.

– Nunca te olvidé… Necesito verte

***

Tres años habían pasado de la última vez que tuve contacto con él, Franco, al que alguna vez llamé Lucifer por profanar mi pureza y quitarme la virginidad. Tres años que nuestros caminos se habían separado y jamás se juntaron. Fueron tres años en los que me prometí no pensar en él. Pero apareció, me buscó, me reencontró.

Un día como cualquier otro, después de recibir aquel sorprendente mensaje me pasó a buscar por mi casa. Me subí en su auto negro y ahí estaba, a mi izquierda, hermoso igual que siempre. Era como si los años jamás pasaron entre nosotros. Lo vi y un mar de recuerdos corrieron por mis pupilas. Puso música y emprendió la marcha. Hablamos de bueyes perdidos, de lo interesante y a la vez no que habían sido nuestras vidas, que rumbos tomaron. Me confesó que nunca dejo de pensar en mí, que nunca me perdió el rastro. Y ahí estábamos, tiempo después yendo a la misma casa donde todo comenzó.

Entré y saludé a sus perras, dejé mi campera en su perchero y me dirigí a su habitación. Todo seguía igual que siempre, la cama en el mismo lugar, el televisor y sus video juegos aun posicionaos. Incluso la foto colgada en la pared blanca que alguna vez fue nuestro soporte de besos.

Se acercó por mi espalda, tocó mis hombres y me dio un beso en el cuello. Olió mi perfume. Me abrazó. Estuvimos así posicionados por varios minutos, mi cabeza se movía en lentitud. Parecía un gato ronroneándose. Me giró y tomó mis manos, en ese momento que tuvimos contacto supe que los tres años en nuestra línea de tiempo jamás ocurrieron. Volví a mirar sus ojos, abrazar su pecho. Volví a adorar su perfume masculino, ese perfume que me drogó tantas veces. Volví a sentir sus labios consumados en un beso lento y digno de un reencuentro. Volví a él.

Ese beso lento y dulce se convirtió en furia, apretó mi cuello con fuerza y me tiró a la cama. Aceleró el tiempo, quitó mi remera y rompió mi corpiño. Estaba desenfrenado. Él mismo se sacó su ropa y pude ver un cuerpo fornido, con musculo en sus brazos. Había crecido, los años no vinieron solos. Yo estaba muda, lo miraba transformarse en una bestia. Se inclinó y mordió mis tetas, logró endurecer mis pezones en cuestión de segundos. Lo escuchaba gozar mientras su lengua jugaba con mis puntas color rosa. Bajó mordiendo mi estómago hasta mi jean. Lo desprendió y lo quitó, era magia. Besó mi entrepierna con la ropa interior puesta y sentí un disparo eléctrico en mi cuerpo.

– Franco, espera, vas muy rápido no puedo seguirte el ritmo.

– No me frenes ahora, necesito de vos como nunca te necesite en mi vida – Dijo quitando mi colaless blanca a lunares

Estaba desnuda, de vuelta, en su cama. Empezó a realizarme sexo oral. Su lengua había mejorado, pero aun así parecía como la primera vez que estuvimos juntos. Estaba completamente mojada, caliente. Se arrodilló frente a mí, desabotonó su pantalón y dejó al aire su miembro. Honestamente no lo recordaba tan así, estaba hinchado, venoso. Parecía a punto de explotar, mi cuerpo recordó la abstinencia que paso durante tres años y era como si mi vulva generara cosquillas.

Abrió mis piernas y sin poner preservativo lo metió. Gemía, una y otra y otra y otra vez, no pude controlar mis sonidos. Mis ojos se inclinaban hacia atrás escondiéndose bajo mis parpados. Franco no cesaba, me dolía, su tamaño era tortura. Pero los humanos somos tan masoquistas que mientras más duele más nos gusta. “¡Franco no pares!” le gritaba con detonación. Y él me hizo caso. No paró.

Cuando pensé que iba a acabar tomó mis manos y las puso por encima de mi cabeza, él se inclinó sobre mí, mordió mis senos una vez más mientras yo con mis piernas abrazaba su pelvis. Parecíamos expertos, el tiempo nos había mejorado y lo demostrábamos de tanto fuego. Continuó así por un rato hasta que empecé a temblar, soltó mis manos y lo abracé, con fuerza, con sentimiento de nunca dejarlo ir de mi vida. Rasguñé esa espalda al grito excitante de gemidos, acabando sobre su glande. A los segundos acabó él. Se dejó caer en mi pecho, agitado y transpirado. Yo masajeaba su cabello. Nuestras ganas de comernos evidentemente seguían vivas.

Y nos comimos

Y nos tocamos

Y nos reencontramos.

Compartí, no seas paco