Partamos del principio básico de que “somos como el culo”. En enero nos quejamos del calor, en julio del frío; si llueve nos molesta el agua pero si no llueve nos quejamos de la sequía. Si gastan demasiado plata en la vendimia nos alarmamos, pero si la fiesta es modesta nos parece una bosta. En fin… “el deporte de la queja”, nada nos viene bien. Y como nada nos viene bien y nos estamos cagando de frío, voy a comentar sobre 10 motivos por los que odiar el invierno mendocino, pero como contraparte, lógicamente, voy a escribir sobre 10 motivos por los que amo el invierno (click acá para leerla). Así… bien menduco, bien mareado, bien indeciso. Vamos a los motivos por los que lo odio…

1- Se hace de noche a las 6 de la tarde: Si señores, las calles parecen víctimas de un Apocalipsis Zombie apenas se esconde el sol, y el muy forro se esconde entre las 6 y las 7 de la tarde, apenas salís de laburar. Esto te la baja a niveles atómicos, porque automáticamente tu cuerpo entiende que se acabó el día.

2- La gente, como los animales, pareciese que inverna y decide no salir de su casa: salvo los viernes y los sábados por la noche, entre semana las calles padecen una soledad extrema, como una siesta eterna. Los boliches están vacíos y los bares sin nadie en la vereda. Parecemos hormigas escondidas en nuestras cuevitas.

3- El cuerpo no te pide bebidas frías: no tiene onda ponerle hielo al fernet ni te genera deseo aquella cerveza transpirada gritando por vos en la heladera. Ni hablar del asco que da tomar tragos tropicales, con hielo frapé o de naturaleza frutal. La coctelería es un garrón o demasiado áspera para el paladar ordinario.

4- Te da paja hacer cualquier actividad a primera o última hora del día: te organizan una reunión a primera hora y te queres cortas las bolas, saliendo de noche de tu casa con la helada azotándote la cabeza. Ni hablar de los after office a los que tenes que asistir mientras rogas que todo termine para tener una estufa calentándote el culo.

5- No podes andar en bici o en moto como un ser humano normal, sino que te debes convertir en un esquimal bípedo: si lo tuyo son los vehículos de dos ruedas estás cagado, andar en moto o bici trae consigo una inminente angina o un resfrío crónico que dura los tres meses de invierno. O, en su defecto, convertirte en un verdadero muñeco Michelín arriba del asiento.

6- Las aventuras sexuales se ven completamente limitadas a cuatro paredes: ni se te ocurra salir a ponerla al aire libre, mucho menos en la montaña o el parque. El asiento trasero del auto debe traer consigo una previa de horas hasta que el auto se caliente. Ni hablar de cuando tenes que bajarte en bolas a limpiar el bardo… ¿sexo en el jardín? ¿en las sillas del club? ¿en el banco de la plaza? ¿en el patio del boliche? ¡ni cagando!

7- Hacer deporte se transforma en una actividad de alto riesgo… de hipotermia: ¿correr por el parque? ¿fulbito con los pibes? ¡Ni en pedo! Con este frío se te entumecen todas las articulaciones y tenes menos agilidad que una bolsa de papa mojada. Mejor quedarte en tu casa al candor de la estufa.

8- La parte “social” de los boliches y los bares al aire libre está totalmente suprimida: si lo tuyo no es el baile, y lo que disfrutas de la noche es la parte social, como los patios, con el frío estás cagado. Ir a ver como la gente realmente “baila” sin charlar, sin saludarse o sin entablar conversaciones es lo más deprimente que existe. Así que es un tiempo con cero fiesta.

9- Tenes que andar vestido como un oso, con la movilidad de un Koinoor: ropa interior, calzas ajustadas o calzoncillos largos en los casos masculinos, luego un pantalón grueso, dos pares de medias, zapatos de invierno, remera manga larga, camisa, pulover, chaleco, campera, bufanda, gorro y guantes… cuando queres acordar sos un canelón de ropa, con menos movimiento que el famoso secarropas.

10- El gris del cielo te deprime y anímicamente te sentís bajoneado: los colores tristes del ambiente, las nubes grises permanentes, el frío, la humedad, el bajón invernal te produce un efecto depresivo en tu cerebro y te dan ganas de cabecear un bala. Miras por la ventana como todo el gris se cuela por las hendijas de la vida y esa sensación de soledad y letargo se te infiltra en las venas como un virus.

En fin… el invierno es una bosta.

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