No se habían visto nunca, pero encontraron la forma de hacerle saber al otro, a través de mensajes, lo que le esperaba el día que estuvieran frente a frente.

Se saludaron efusivamente, a esta altura no iban a andar disimulando de que tenían ganas de verse y que estaban felices porque concluía la ansiedad. Decidieron ir a un bar, la elección del lugar estuvo a cargo de él; ella lo seguía, sólo le importaba el encuentro independientemente del lugar donde pasaran el rato.

Pidieron algo para tomar, esta vez sí fue la elección de ella lo que iban a beber. Optó por cerveza, tenía alcohol pero sabía que, en el supuesto caso de que su acompañante bebiera bastante, podía soportar unas cuantas botellas sin derrapar. Lo había calculado bien.

Un millón de cigarrillos, varias copas y muchas palabras iban y venían en la mesa donde estaban sentados, todo transcurría normal hasta que ella notó la forma que tenía él de mirarla. De arriba a abajo, sin titubeos y, mucho menos, sin disimulo.

La charla continuó, pero esta chica no podía dejar pasar por alto lo que había descubierto recientemente. Y se propuso prestar atención a todos los detalles, gracias a eso notó que él tenía ganas de besarla pero no se animaba.

– Te daría un beso en este mismo momento.

Se besaron. Un beso corto, tranquilo. Pero no fue suficiente, volvieron a besarse y en el instante en el que sus lenguas se tocaron, ella apretó sus puños en el borde la silla. Sí, una leve excitación se iba apoderando y el roce de bocas se iba volviendo un tanto más intenso. Cayeron en la cuenta de que estaban rodeados de personas, pagaron y se fueron.

Salieron del lugar y comenzaron a caminar sin rumbo, ni una palabra dijeron sobre la sensación que experimentaron, pero ambos habían percibido el deseo del otro. Cuadra tras cuadra hablaron de temas insignificantes, y ninguno insinuaba el sexo. Hasta que por fin:

– Es tarde, tengo que buscar un lugar para quedarme.

Terminaron por pagar un lugar para pasar la noche, compraron más cigarrillos y subieron a la habitación.

El sonido de la puerta cerrándose detrás de sí, le produjo a ella un escalofrío que le recorrió de punta a punta el cuerpo. Se estaba sacando el abrigo, cuando al girar para dejarlo sobre una silla se encontró frente a frente con él. Se miraron fijo por milésimas de segundos que parecieron transcurrir en cámara lenta, el deseo iba en aumento, el hambre a saciar era incontenible. Seguían enfrentados, respirándose en la agitación del otro, sabían lo que se avecinaba y de repente todo se transformó en un vendaval de besos, apasionados, fuertes, húmedos. Un festival de lenguas que recorrían la plenitud de sus cuellos.

La tomó por los brazos y la llevó a la cama, no había la menor posibilidad de una caricia tierna, sólo predominaba el egoísmo de satisfacer salvajemente los más bajos instintos. La sentó en el borde, se paró frente a ella mientras desabrochaba su pantalón. No le importaba ser sutil, en ese entonces prevalecían las ganas de dominar. Una, dos, tres… incontables veces fueron las que su miembro era rodeado por la boca de Gemma. Lo tomaba con sus manos, marcaba el contorno de los labios y volvía a introducirlo. Esa imagen le resultaba imponente y a pesar de querer dominar la situación todo el tiempo, se encontraba en una posición de vulnerabilidad, el sexo oral que ella le daba se volvía, de a poco, su perdición.

No pasó mucho para que los roles cambiaran, esta vez era Gemma la que se deleitó con la imagen de verlo a él hundir la boca entre sus piernas. Una lengua maravillosa que sabía cómo ejercer presión sobre su clítoris, una vulva pulsante que pedía algo más que una masturbación y la imperante necesidad de ser poseída, ella y de poseer, él.

Poseerse, eso era lo que querían. De forma bestial, como animales atraídos por su olor.

Subió por el vientre de ella, dando pequeños mordiscos, hasta quedar a la altura justa en la que su miembro podía entrar. Se volvieron a mirar, con ojos pecaminosos, radiantes de lujuria. Un gemido echando la cabeza hacia atrás dió comienzo a una serie de embestidas enérgicas acompañadas de balbuceos casi irreproducibles para estas letras.

Se respiraban, se olían, se tocaban, excitados, en celo.

Tomaron una posición en la que ella podía sentir la respiración de León en su nuca. Gemma fue satisfecha de todas las formas posibles. Cada llegada al clímax era un viaje, se dejaba hacer para poder sentir ese hormigueo que le invadía en su interior y que le aflojaban las rodillas. Contra la pared o presionando la cara sobre la almohada, no importaba la posición, siempre y cuando generara ese placer extremo que tácitamente se habían propuesto.

León consideró que ya se estaba acercando el final, estaban exhaustos pero quedaba energía para lo que se venía. Volvieron a lo inicial, la boca de Gemma le gustaba, y en combinación con su pene, mucho más. Le producía mucho morbo ver correr saliva por la comisura de los labios mientras ella succionaba con devoción, teniendo en su mente la satisfacción que le estaba propiciando a su compañero y además, descubrir que era buena para eso. A él, el sonido del ahogo, lo volvía loco, casi un poco violento y sabía que estaba a punto de terminar. Para su sorpresa, Gemma no paró, no se movió hasta después de sentir al miembro latente eyacular dentro de su boca. Todo, ni una gota dejó escapar. Ambos se mantuvieron un rato en silencio, incrédulos de lo que acababa de pasar. Destilando aún excitación, ella apretaba las sábanas con las manos al costado de su cuerpo, solía hacerlo cuando era invadida por pensamientos sucios. Él, con el cigarrillo en la boca, iba repasando mentalmente cada momento en los que vió a Gemma en el punto más álgido del acto sexual, para repetir todas las cosas que le había hecho.

Seguían acostados uno al lado del otro, y se percibía la tensión entre ambos. La líbido estaba tan firme como lo estaba el falo de León respondiendo a las caricias impertinentes que Gemma había comenzado a darle nuevamente.

El deseo animal condensado en el ambiente, cual nube de humo en una habitación cerrada, los empezaba a ahogar de a poco hasta llegar a la respiración boca a boca. Sólo hacía falta un mínimo roce para que ese vendaval de besos que los había arrasado al principio, remolineara otra vez en esa cama.

No se habían visto nunca. Querían poseerse.

Cumplieron, él terminó por ser de ella; ella ahora le pertenece a él.

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