La primera vez que me dijeron “gordo cañón” tenía once años. Esa misma edad tuve cuando me enamoré por primera vez. Era en ese entonces un niño dual. Burlado/burlesco, líder/excéntrico y sobre todo sensible. Cursi y apasionadamente sensible.

Concurría a la primaria pública “Daniel Videla Correas” y como es de esperar mi compañera de curso fue quién sintetizo mi entonces virginal oxitocina, ordinariamente apodada “hormona del amor”.

Medía poco más de un metro, su sonrisa era muy blanca, (algo curioso entre el resto de mis compañeros), tenía sus senos más chicos que los míos y si la memoria no traiciona fue primer escolta de la bandera nacional. Algo que me resultaba exóticamente ajeno y por entonces muy interesante.

Como en toda historia de amor, existía el anti/héroe, el conflicto narrativo. Un niño criminal, hijo de re mil puta, de pelo naranja y zapatillas con cámara de aire. Quién era dueño de su tibio corazón. No voy a decir mucho sobre él. Pero el actual término “bullying” le habría quedado muy chico. No obstante, hoy es un buen amigo mío. Lo que no quiere decir que algún día me sienta extraño y lo asfixie mientras duerme.

En fin… Al año siguiente, mi conducta determinada por las golosinas y el pan francés mutó a una rutina de maratones y manzanas. Ese primer logro en la vida de un reciente púber acomplejado, era casi todo. Tonifiqué mi musculatura, recorte mi pelo, compre mi primer jean y fui a buscarla.

Segundo recreo. 11:30 hs. Al lado del bufet. Una coca de 250ml no retornable de por medio. Comenzaba entonces, uno de esos instantes eternos y difíciles de pasar. Similar al “perdón papi” después de mostrar la libreta. La frente me sudaba y mi lengua tartamudeaba al intentar pronunciar su nombre. Fue entonces cuando sentí mi primera taquicardia. Un suspiro vacío de sentido y lleno de algo, que no sabía que era, pero que estaba lleno era seguro.

Respire hondo y dije las cuatro palabras más maduras que hasta entonces dije en mi vida, – ¿Querés ser mi novia?

Su cráneo se deslizó suavemente sobre el mentón, me miro de manera tímida y rápida y dijo -“sí”. El amor de mi vida, ahora era real. ¡Fui muy afortunado! Los amores de mis compañeros eran Britney Spears, Mia Colucci y Hermione Granger. Personas inalcanzables, en cambio el mío vivía en Godoy Cruz y la venía a buscar su hermano en bicicleta a la salida de gimnasia.

Lamentablemente decidí tomar este coraje en noviembre, algunos días antes de finalizar el cursado. Eso suponía, 2 meses sin poder mirarle la cara. Sinceramente prefería seguir levantándome a las 7:45 de la mañana y sentir a Ricardo Mur saludar a la primera tanda de madrugadores para poder verla, antes que irme de vacaciones a Chile con mi familia. Igual no era el fin del mundo. Al siguiente año entrabamos a 7º. El último, el del patio grande con canchas de fútbol. Se suponía que luego vendría la secundaria, mi adolescencia y mis planes de vivir con ella en Nueva York, tener un perro y cenar todos los días.

Pero no lo fue. Su excelente calificación de 9.5 le permitió ingresar al tan bien visto “D.A.D” (Colegio secundario de la Universidad Nacional de Cuyo).

El resultado fue: “el mejor fracaso amoroso que hasta hoy tuve”. Llegué a mi casa después del acto de fin de año y lloré abrazado a un almohadón y a mi muñeco de Paul Stanley toda la noche. A los 12 años, “toda una noche” era similar a lo que hoy son 50 horas laborales. ¡Fue el puto infierno!

No paraba… Se me había arruinado la vida. ¿Para qué volver al colegio? ¿Para qué salir a jugar? Ni siquiera tenía ganas de tomar leche con nesquik y tostadas de plan lactal con manteca. Nada parecía tener sentido.

Años más tarde, la volví a ver ocasionalmente caminando por el centro o bailando en algún boliche. Obviamente no me anime a hablarle y juro que tuve la intención.

Claramente, ella fue el más hermoso trauma infantil que mi vida tuvo.

Hace unos días, limpiando mi casa, encontré una canción que le compuse, bah, solo era la letra. Supongo que fue la primera vez que escribí algo para alguien. Eran unas oraciones que suponía insertar en una reversión de “Beth”, canción que Peter Criss, (baterista original de KISS) le dedicó a su novia.

Recuerdo llegar a mi casa, agarrar el órgano Yamaha de 99 sonidos, e intentar darle forma, pero era inútil, yo era baterista. Por lo tanto su melodía nunca existió. Pero comparto a continuación el texto.

Fer aún no olvido
El día que nos conocimos
Tú estabas estudiando
Yo en ti estaba pensando
En cada recreo
Mi amor se escondía
Un día me anime a hablarte
Y fuiste novia mía
Llego el último día
Por lo menos el de mi vida
El año se terminaba
Y tú al D.A.D te ibas
Tú al D.A.D te ibas

Mendoza, 5 de diciembre de 2002

Compartí, no seas paco