¿Cuántas veces, te ha pasado sentir ese ligero miedo de no despertarte en la mañana siguiente?

Ese instante horrible de dormirte para siempre. Soltar la mano de la persona que tienes al lado porque tus manos ya están frías y tiesas.

Me entristece pensar que no voy a decirle nunca más que la amo. Que no voy a ver esa sonrisa, que no voy a oír esa voz al amanecer.

¿Y si vos te quedaras ahí, y ella fuera la que se desvanece?

La angustia, la oscuridad.

Hablarle, llamarla, y gritarle como loco mientras las lágrimas mojan su boca, callada y ausente.

Y al fin tener que aceptarlo, caer sobre su pecho, agonizante, insuficiente, quedando suspendido por los últimos delicados hilos que te atan al mundo físico, porque cuando la guadaña de la muerte desengancha, en la confusión del entrelazado, a veces tironea los tuyos, y te debilita sin dejarte caer, pero con apenas un suspiro en tus pulmones.

Anoche no podía dormir por este pensamiento recurrente, estaba dándole la espalda a mi mujer porque habíamos discutido todo el día. Después de oír la oscuridad de la noche un rato, decidí que no valía la pena.

Esperé que se durmiera, me di la vuelta, la observé, la besé con el alma, pensando que quizá no lo volvería a hacer, la abracé y dormimos acurrucados en un solo entrelazado para confundir a la muerte.

Compartí, no seas paco