Dejar de lado el rencor y bajar la guardia como antes me había bajado la ropa interior.

Me encuentro caminando por aquel pasillo que me lleva a la puerta en donde dejé que mis demonios se apoderaran de mis más oscuros placeres, y en donde él yace completamente entregado a lo que venga.

No soportaba seguir en esa angustia que da en el pecho cuando se compite por quien aguanta más sin hablar. Pero ya era suficiente. Lo necesitaba, lo deseaba, lo pedía a gritos sordos, a manos llenas.

“Henos de nuevo acá”. Se levanta del sillón al verme abrir la puerta. Prende la cafetera, solo estamos iluminados por tenues luces y de fondo aquel paisaje nevado tan mendocino. Le empiezo a besar el cuello, está de espaldas. Se da vuelta. Cierro los ojos. El primer mordisco da de lleno en una de mis orejas. El juego ha comenzado.

No puedo mantenerme firme por mucho tiempo y él lo sabe. No puedo no desear entregarme a sus brazos, a sus más bajos instintos en donde somos solo animales, caníbales, entregados a lo que venga. Ya no puedo pensar. De tanto simular caigo en mi propia trampa.

Él lo sabe. Me saca la remera. Mete la mano por el pantalón y la siente, la excitación creciente. “Yo sabía que ibas a venir” me susurra mientras que me masturba despacio. “Siempre vengo”. Ya no puedo más. Ya no. Le bajo el pantalón con ansias y veo la confirmación de que lo que estamos haciendo va bien. Me meto todo su miembro a la boca, como quien desea algo hace mucho tiempo. Y lo deseo. Cierro y abro los ojos en cualquier momento y lo deseo. El me deja hacer. Sabe bien que le gusta verme así.

Llevamos años en este frenesí, que más allá de las peleas y el enojo siempre terminamos en una cama.

Con el mismo sabor de su ser en la boca me levanto y lo beso. Sé cómo lo pone eso, me saca el corpiño, ya no somos los de siempre, somos dos amantes desesperados. Se mete en mis pechos, se toma el tiempo de saborearlos, de sentir mis pezones erectos, mi calentura a más no poder. En un momento nos transformamos. Le arranco una feta de labio con los dientes, empieza a emanar sangre, la cual se mezcla en mi piel.

Lo tiro de un empujón a la cama y me le subo arriba, esto ya no da para más, le saco lo poco que le queda de ropa y cabalgo desnuda mientras que sentimos como de pronto todo lo demás fuera de la cama desaparece. Me baja despacio, se va a mi entrepierna y me hace el mejor sexo oral en años. Lo pide, yo lo sé, y de pronto sobreviene un orgasmo, el cual le llena la boca de mi. Sé cuánto le gusta. Se me sube arriba, es ahora su turno y me le prendo a la espalda y lo araño como puedo, le lamo los pezones. No tarda mucho en acabarme encima, y se desploma en la cama al lado mío, con la satisfacción que solo un buen orgasmo puede producir.

De pronto me mira. “¿Y si dormimos en casa?” Tiene razón, ahí es más cómodo. “Pero antes tomemos el café”.

Es mi marido hacen años, pero de vez en cuando jugamos a ser dos extraños que se encierran en aquella habitación, que liberan todas sus pasiones. “¿Ya no estás más enojada, supongo?”, “Igual me tenés que llevar de viaje con vos” le digo. “Claro que sí, vamos a Buenos Aires la semana que viene”. “Si”. Pero nada como nuestras montañas para demostrar quienes verdaderamente somos. Dos animales nocturnos.

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