Levantó la vista una vez más y no encuentro la mirada de nadie. Esto es más que obvio: me están evitando.

¿Pero…si quieren que me vaya, por qué directamente no me echan?

¿Es acaso que no llego ni a la clasificación de “cliente”?

Me enderezo de hombros, intento ponerme grande, ocupar un espacio. Intento hacer presencia. Me aclaro la garganta bien fuerte…y nada. Nadie me mira. Ni los comensales, ni la gente que trabaja en el bar.

Me encuentro nervioso, muevo los dedos sobre la mesa de forma exagerada. Mesa que se me torna extraña, larga y monocromática.

¡Qué fuerte está la música!

Mi salida del lugar es inevitable. Pienso en salir haciendo un escándalo: empujar fuerte la silla, golpear la mesa y putear a diestra y siniestra. Pienso en hacerles pagar cada segundo de vida que me hicieron perder.

¡Pero la música, che! ¡Qué fuerte está! Encima tiene un poder sobre mí, sobre mis dedos. Una fuerza superior me congela y no me deja moverme de esta silla. ¿Qué está pasando?

Má’ sí. Yo me paró y me voy.

Entonces todo el bar queda en un silencio extrañamente atronador. Todo el bar voltea rápidamente a mirarme. Un sudor frio me recorre la espalda cuando la mano de una de las mozas me aprieta el hombro.

-Evaristo ¿Estás bien?

-¿Evaristo?- preguntó.

-Sí, Evaristo, ¿estás bien? Te pasó de nuevo, ¿verdad?-

-Disculpe señorita – le digo – yo no la he visto nunca…

Y ahí la memoria, como un uppercut a la conciencia.

-Sí, Romina. Disculpa, estoy bien.

Me siento y me pongo derecho ante la mesa larga y monocromática. Mi piano. Vuelvo a colocar las manos en posición y prosigo. Romina me sonríe y se aleja. La música vuelve a sonar en el lugar. Me pongo colorado y les pido disculpas con la cabeza a los comensales, que poco a poco vuelven a lo suyo.

Al parecer estos problemas donde mi memoria elige abandonarme son cada vez más frecuentes…

Hoy mi mente me traicionó haciéndome creer un cliente. Olvidó completamente que soy el pianista y principal atracción del bar. La causa de que todas estas personas hayan abarrotado el lugar.

A lo lejos, mientras sigo tocando, la veo a Romina hablar con el encargado. Ella se nota preocupada, me señala con la mirada. Él mueve la cabeza, y se toca la nariz a la altura de los ojos.

Mi mente dañada me lo dice: tengo las horas contadas acá adentro.

Lo veo acercarse. Camina firme.

Mis manos otra vez se mueven torpes sobre la mesa. Es tan monocromática que aburre.

¿Qué está pasando que no me atienden? ¡Me iría de acá ya! Pero la música es genial… ¡está muy fuerte! ¡¿Por qué tan fuerte?!

Veo que el encargado se acerca. Al Fin.

Se me aproxima al oído y dice:

-Evaristo, ¿podemos hablar.

-¿Evaristo? Quién es Evaristo. Menos mal que viniste flaco, hace como una hora que espero que alguien me atienda…

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