Escribo esto a raíz de ésta nota: ¿Sin hijos no hay derecho?

Me miran mal. Los veo y se dan cuenta, pero me siguen mirando de la misma manera. Entonces recuerdo hace algunos años atrás, cuando yo miraba a las personas de esa misma forma, y pienso en lo terriblemente incómodas que las debo haber hecho sentir.

Estoy en un restaurante a las 23:00 hs. Nada fuera de lo común, excepto porque estoy con mis dos hijos.

Pedimos las gaseosas y unas papas fritas primero para tranquilizar al de 3 años y conseguir que se quede sentado con nosotros… Y desde allá, desde esa mesita del fondo, una parejita de enamorados nos mira mal. Se lo que están pensando, porque hace algunos años, yo pensaba así también.

El gran problema, es que no quiero ir a Mc Donald´s y tampoco al patio de comidas de algún mall. Porque lo que no sabe esa parejita, es que no hemos salido a cenar como pareja desde antes de que naciera nuestra segunda bebé, y de eso hacen ya más de 18 meses. No tienen idea de los problemas que hemos enfrentado desde que nos convertimos en padres; de las discusiones por idioteces, de las noches en vela controlando frentes tibias y de los pensamientos que nos invaden al escuchar un pequeño estornudo. No saben de lo agotador de los días y el poco descanso de las noches… y que hoy, por una vez en mucho, mucho tiempo, mi esposo llegó del trabajo y me dijo que me sacara el joggin, me desarmara el rodete y que me vistiera linda porque íbamos a salir a un lugar diferente.

No entienden que estamos celebrando un tiempito de calma hasta que lleguen las preocupaciones nuevamente. No saben que al llamar a una niñera, Matías nos preguntó por qué no queríamos llevarlo y, con lágrimas en los ojos, prometió portarse bien… por eso decidimos ir todos, aún cuando sabíamos que su promesa quedaría en el olvido al llegar. Lo cierto es que somos una familia… y venimos de a cuatro.

La más pequeña interrumpe mis pensamientos llorando desde el cochecito al lado mío. De inmediato coloco el bolso sobre la mesa, saco el termo, la leche, el azúcar y la mamadera… y veo cómo la parejita del fondo pone los ojos en blanco. Están terriblemente molestos por escuchar el llanto de un bebé. Me apresuro a preparar la leche y se la doy para que deje de llorar. Calma otra vez; pero desde el fondo del salón, mueven la cabeza en señal de reprobación.

Matías comienza a contarle sus anécdotas al mozo y no lo deja ir. Lo interrumpo incómoda y le pido mil disculpas al hombre. Me contesta que me quede tranquila, que no me preocupe, que él tiene un hijo de 4 años y me entiende. Entonces me pregunto por qué será que uno entiende estas cosas sólo cuando le suceden.

Llega la comida y comienza nuestra odisea diaria. Yo le doy de comer a la más pequeña mientras mi esposo se ocupa de nuestro hijo, y nuestra cena queda en un costado hasta que los niños estén atendidos.

El mozo se acerca a preguntarnos si deseamos que nos caliente la comida y yo interrumpo mi labor por un segundo para hablar con él. Esto provoca el llanto de Florencia y es el detonante para los enamorados que se levantan de su mesa indignados y, sin esperar la cuenta, van directamente a la caja a pagar.

Los escucho quejarse en voz alta con la cajera por permitir que entren niños al lugar y los “desubicados” de los padres.

No puedo con esto. Las lágrimas se vienen arrimando lentamente y bajan de manera silenciosa por mis mejillas. Mi hijo me mira y me pregunta por qué estoy triste, y mi marido me aprieta la mano y me mira recordándome que también soy una mujer, que también me lo merezco, y que el haber decidido formar una familia no nos hace menos personas. Que nuestros hijos son niños, no animales y merecen también ser aceptados en un lugar que no sea Mc Donalds o el patio de comidas de un mall.

Somos una familia. Somos cuatro… y también tenemos derechos.

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