Tener un ex no es un problema, el 80% de la población lo tiene y no anda por la vida haciéndole mal. La mayoría lo supera o aprende a convivir con el dolor de haber perdido a la persona que juraban, iba a ser el amor de sus vidas para siempre.

Yo tengo un ex, estuve poco más de cinco años de novia y me iba a casar el año que viene, era todo hermoso, hasta que me cagaron. Sí señora, sí señor, a veces el amor no es recíproco ni grato.

Si usted tiene uno, no le hable, no lo moleste, no le escriba. ¿A usted no le gusta ser feliz?

Cuando te separás lo hacés con la idea de no volver a hablar y/o ver a tu ex, o al menos eso es lo normal. Admiro profundamente a aquellos que pueden cortar una relación, (más corta o más larga), y verse y no sentir mínimamente ganas de partirle una silla en la nuca al otro. Descreo de los que terminan en buena onda tipo “maestro amor” regadores de bonsáis. ¡A mí no!

Una vez que te separaste te tenés que olvidar de todo lo que alguna vez los unió, de lo que hacías con él y tener que acostumbrarte a la idea de que ahora a todo eso lo vas a tener que hacer sola. Ya no son dos, ahora sos solo vos. Y hay veces en que una de las partes involucradas en dicha separación, no entiende esa estrategia y sucumbe a la idea de molestar al ahora ex, con el único fin de cagarte la existencia durante el tiempo que le dure la catarsis.

Les voy a hablar sobre mi tormento, yo también tengo un ex que apareció para intentar acabar con mi holgada felicidad con un solo mensaje. Yo estaba terminando de almorzar, tenía el celular cerca como de costumbre cuando me llegó un whatsapp de un número que no tenía agendado. No me voy a hacer la boluda diciéndoles que no lo reconocí porque me lo sé de memoria. Acompañenme a ver esta triste historia:

Él -¿Cómo hacés para no extrañarme?

Yo -¿Qué?

Él -¿No extrañás tener relaciones conmigo?

Yo -¿Vos me estás hablando en serio boludo?

Él -¿Ya no me querés? ¿Qué tiene de malo?

Yo- Que vos me querés para una noche, yo te quise para toda la vida.

Él –(además de boludo, perceptivo) Suena feo cuando lo decís así.

Yo –(de paciencia ilimitada) Y…

ÉL –(lean que se caen de orto) Bueno, cuando quieras (carita guiñando un ojo)

Pasando en limpio, el lastre de mi ex ni siquiera me habló porque extrañaba una ínfima parte de todo lo bueno que le di; porque de haber sido así hubiera generado algo más que desilusión en mí. ¡No! El chabón me habló porque tenía ganas de garchar y parece no haber encontrado a otra boluda para descargar sus lácteos. Agarró su celular, lo desbloqueó sin notar que le estaba fallando la glándula que le indica que está a punto de ser un pelotudo, decidió hablarme para ponerla. Permítanme contarles algo.

¡No! No son sexualmente imprescindibles. Nosotras elegimos de quién volvernos vulnerables.

¡No! No somos un banco receptor de espermas. ¡Boludo!

No me hables cuando te enterás que estoy siendo feliz con otro. No me hables para preguntarme como estoy, recordá que ya no estoy con vos, ahora estoy mejor. No me hables para humedecer el bizcocho, merezco cosas mejores. No me hables para preguntarme si te superé, olvidá tu ego y déjame ser feliz comiendo una pizza un sábado por la noche sin culpas.

La mujer nace con instinto maternal y por eso nos enganchamos con el goma que “podemos cambiar”, porque a mí no me jodan, me niego a creer que somos tan idiotas de elegir siempre como el orto y llorar siempre por el equivocado sin la recompensa de al menos disfrutarlo. Es puro bardo, puro sufrimiento. Y por ahí también te pasa que te encontrás vulnerable, apta para cualquier boludo que te diga al oído las cosas lindas que el mermo de tu ex no decía, tu criterio se distrajo y te enganchaste con un pan triste. Como dijo Napoleón “te pintaron pajaritos en el aire mamu y te lo creíste”. No fue tu culpa y por eso no creés en cuentos románticos de páginas escasas, necesitabas recibir algo de pseudoamor después de tantos cachetazos que te dio la vida e inevitablemente te diste otro sola. Avisale a tu dignidad que esta vez fue tu culpa.

A vos te hablo, rey de la noche, cara de tramposo y ojos de atorrante, cuando sos salame no cogés, a menos que sea con una igual de pan triste que vos. No vaya a ser cosa que ahora deje de cumplirse la ley del embudo y te toque malgastar noches enteras en la compañía de tu mano que te conoce los gustos y las mañas. Sobretodo si te acordás de todo lo que tuviste que pasar:

Tener que conocer a su familia:

Te ponés de novia y además de conocerle el pito al caballero en cuestión, tenés que conocer inevitablemente a su familia. Escotes y faldas muy cortas es algo tabú para conocer a la suegra que, posiblemente, tenga todo por el suelo gracias a la acción de la gravedad. Te esmerás por caerle bien hasta al perro que puede percibir que estás con la tía del campo y te persigue por donde vayas, te volvés una completa Isaura ya que estás dispuesta a lavar los platos cada vez que te invitan a cenar, aunque la mamá de tú novio deteste cómo pasás la esponja en su porcelana frágil. Evitás reírte como la enana Feudale y sos toda una lady.

Hacer algo juntos:

Ver una peli en completo silencio es una tarea bastante difícil para nosotras que hablamos hasta con los trapitos de la Arístides. La compañía de nuestro novio nos sirve de “mata burro” para que nos explique con todo el amor que lo caracteriza por qué aparece Paul Walker en rápidos y furiosos si se murió hace dos años. Nos levantamos para ir al baño 10 veces mientras transcurre la película y al volver es infaltable la frase ¿Qué pasó? ¿De qué me perdí? Amamos las películas románticas y soñamos con que el corqui que tenemos al lado se parezca un día al protagonista de “diario de una pasión”. Nos aburrimos fácilmente y acudimos al macho alfa en busca de un poco de atención, que pocas veces obtenemos. El plan es nunca dejarlo ver la peli completa.

Tolerar lo fríos que se ponen después del sexo:

Cuando llega el momento del acto sexual, te sorprende la rapidez con la que deja tú cuerpo al descubierto. Mientras intentás cubrirte los rollos (que él nunca nota) y el corpiño con abundante push up que está en la alfombra y no querés que vea, lo invade la calentura y te hace practicar poses nuevas que te hacen dudar si era o no virgen como antes te juró su mamá. Mientras tenés la pierna adormecida en la nuca y la mano en la cintura, te confundís y creés que el flaco no solo quiere coger, sino además bailar “el meneaito” con vos en cuatro. Después del tomentoso sexo que va a impedir que te puedas sentar en alguna silla de madera mínimo por un mes y con los pelos enredados como si tuvieras rastas, esperás con ansias que por fin salga del baño, salte a la cama y te abrace agradeciéndote cada una de las proezas que estuviste dispuesta a probar y se digne por fin a declararte su amor (como la Yésica al Brayan). Acomodás tu pelo y el rímel que se te corrió durante el breve coito y observás cómo la bestia yace dormido al compás de un par de ronquidos, que será lo más tierno que escuches durante el resto de la noche mi bombona. ¡Pecho!

Cuando discuten:

Por más pequeña que sea la discusión, nos invade el rencor y nos sube literalmente la bilirrubina hasta la cabeza (lo que nos impide pensar fríamente, como de costumbre). Entonces, tras caer en un pozo depresivo como si fuéramos Silvia Suller, nos dedicamos a enviarles mensajes llenos de ira y reclamos que permitan reflejar lo enojada que estamos, así el flaco tiene tiempo para darse una idea de que, durante ese mes, seguramente no le toque ponerla y se lamente por habernos perdido para siempre. Mientras esperamos que nos responda nuestro tormento y toleramos el reclamo de nuestra madre por no habernos quedado con el vecino de al lado que es stripper y tiene un termo entre las piernas, nos dedicamos a romper cualquier objeto (antes preciado) que nos haga recordar que estuvimos saliendo con un boludo a pilas, pero que es una bestia en la cama. Pasan las horas y el nivel de stress es tan alto que ya eliminamos todas las fotos del celular que nos tomamos con él haciendo “piquito de pato” frente al espejo del baño y nos ponemos más cursis que perro enfermo. Te lamentás cada vez que escuchás alguna canción que te haya dedicado (aunque sea del polaco) y llorás como quinceañera que acaban de desvirgar si escuchás pronunciar su nombre. Después de horas sin obtener respuestas, jurar que nunca se iban a arreglar y no tener un pelo más para tirarnos, por fin nos responden y caemos al pie, como siempre. ¡Qué fáciles somos!

Pero siempre me pregunté qué hace que esa sensación de amor y obnubilación, que nos pegó más fuerte que trompada de boliviano, sencillamente desaparezca. ¿Qué lo mata? ¿Por qué no dura para siempre? Y lo que es aún peor ¿Qué sucede cuando es uno de los dos el que dejó de sentirlo? ¿Por qué el otro sigue amando? ¿Por qué nos humillamos tanto?

Como no buscamos el amor, sino que éste aparece y nos caga fuertemente a trompadas, cuando para uno de los dos el enamoramiento se termina es imposible que el otro no sufra. Y les estoy hablando de lo mejor que puede suceder en estos casos y es que, aunque duela, se termine por completo y de raíz esa relación. Pero casi por inercia o por simple estupidez de la que es característico el ser humano, optamos por la que más daño hace: la infidelidad.

Y eso fue lo que básicamente me pasó a mí. Fin.

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