Leer la primera parte
Leer segunda parte

Habían transcurrido ya varios meses del comienzo de aquella fantástica aventura en la que me veía sumergido junto a Macarena, todo parecía mágico, aunque sentía en mis entrañas que debía hacer algo, y sabía bien qué era, aunque tomar coraje para hacerlo no sería nada fácil. ¿Acaso enfrentar la realidad lo ha sido alguna vez?

Parecía otro jueves como los demás, uno de esos que no se dejan besar, la vi en la cocina, atada a la rutina que nos asesinaba hace años, fregando una olla con la paciencia de un anciano y la determinación de un asesino, me dolía verla y no sentir nada de lo que nos había unido hace años, era una completa desconocida frente a mis ojos. ¿Cómo y sobre todo en qué momento nos habíamos perdido y separado tanto en el camino que un día decidimos juntos transitar? Ya no me sentía inspirado a darle poesía a diario, o ser espontáneo y llevarla a ver el amanecer, quizás por su frialdad ante mi cariño, su falta de demostración de afecto, o quizá soy yo el problema. ¿Y si nunca la quise realmente? No puede ser, estuve locamente enamorado de ella, hice grandes locuras para llamar su atención y otro tanto para ganarme su afecto, hoy se siente frío y lejano todo aquel sentimiento, es como retener una avalancha de nieve con las manos, y al final todo lo sepulta y lo congela. Macarena, apareciste en el momento justo para sacarme del abismo en el estaba inmerso y ahora me siento en un laberinto sin salida. Siento que seguí al conejo más de donde debía hacerlo.

– Mariela, tenemos que hablar- Giró y me miró fijamente, medio cabizbaja sus ojos estaban llenas de lágrimas, como si supiera el desastre que traía aquel huracán, y su semblante completamente desdichado.

– Si Quique- Dijo con la voz entrecortada.

– Bueno la verdad… no sé cómo decirte esto ni por dónde empezar…

– Decilo y listo, nunca fuiste de muchos rodeos.

– Es algo que vos seguramente sabés Mari. Vení sentate o quédate ahí, como quieras. Es sobre nosotros, sobre esto que tenemos que no sé ni cómo llamarlo, las cosas no están yendo bien, estamos apagados, ni siquiera intermitentes, hemos perdido la luz, la chispa o como sea, dormimos en camas separadas, con la excusa de que a alguno de los dos nos duele la espalda, y ya no recuerdo ni quién es.

Rompió en llanto, sus piernas cedieron ante el peso de aquel yugo con el que cargaba y cayó estrepitosamente sobre sus rodillas, se cubrió la cara y sollozaba, fue la escena más dura y triste de la que fui participe y culpable en toda mi vida.

Me arrodillé a su lado y solo pude decirle “Perdón”. Al cabo de unos minutos de llantos y suspiros que parecían acabar con todo el aire del lugar me miró a los ojos y me dijo:

– ¿Hay alguien más?- Su voz estaba completamente quebrada y su rostro era la versión más triste que pudiera verse.

– No se trata de eso Mari, es sobre nosotros, me duele decirlo pero más me duele callarlo, porque nos mata a los dos, pero al verte a los ojos ya no encuentro a esa piba que conocí en el Trole hace 15 años, esa que se me acercó cuando no encontraba el timbre, lo tocó por mí y me dijo que le gustaban mis ojos, a esa que busqué en los troles de la ciudad durante dos semanas para invitarla a tomar un café, no encuentro ya aquella jovencita que irrumpió en aquella clase de abogacía, me tomó de la mano y me llevó a caminar por las calles de la ciudad, hasta terminar abrazados en la Plaza Italia, ya no me encuentro ni a mí mismo al verme al espejo, solo me veo la mirada cansada, y al intentarme refugiar en tus brazos y en tus labios, no lo logro, por más que lo intento los besos no me saben más que a rutina y desazón. Míranos ahora por favor, somos la faceta más ambigua y triste de la rutina, y nos hacemos daño a diario, y yo te hago daño. Ya no lo tolero más. Perdón.

– Entonces si hay alguien más.

– Pero te estoy hablando de otra cosa Mariela, no desvíes el tema.

– ¿Ella te hace feliz Enrique?

Rompí en llanto, no pude contenerlo más, mi pecho explotaba, sabía que mi corazón latía pero se me dificultaba sentir sus latidos, estaba abrumado y cubierto por la desazón que me invadía, entonces recordé a aquel profesor de literatura de la secundaria, ese Martes por la mañana en que le informaron en clase que su hijo había dejado de existir en un accidente automovilístico, lo vi llorar, por primera vez vi llorar a un hombre y entendí entonces que los hombres también lloran, que no somos de piedra ni abstemios de sentimientos. Ahora era yo quien lloraba arrodillado en la cocina de aquel departamento de la calle Necochea. Sentía una parva de palabras y sentimientos brotar y darle peso a cada una de mis lágrimas.

– Perdón Mariela- Grité entre sollozos- Yo realmente te amaba.

Sentí su mano en mi cabeza, me tomó de la mano y me levantó, me miró a la cara con sus ojos color café y una templanza abismal, respiró hondo y me dijo:

– Te hice daño, me hiciste daño, nos hicimos mucho daño Quique, llevamos esta farsa a un punto sin retorno aferrados a una rutina que navegando el mismo río nos llevó a destinos diferentes, llorando ya no podes arreglarlo y yo tampoco, creo que ninguno de los dos tiene las habilidades ni las convicciones para salvar este barco que se hundió hace ya tiempo. Aunque quiero rescatar tu coraje para enfrentarme y decírmelo, terminemos con esto de la mejor manera y de una vez por todas.

-Voy a buscar mis cosas

Al comenzar a abandonar aquella lúgubre escena la vi sentada en ese sillón que nos regaló su prima Carmen, se la veía abrumada por la realidad, le dejé una carta sobre la heladera, la había escrito hace ya tiempo, si la leyó o si la quemó, si el viento se la llevó por la ventana o el polvo la cubrió por completo es un misterio para el que no tengo ni los hechos ni la poesía para narrarlos. Solo recuerdo de aquel día su rostro lleno de lágrimas, sus ojos color café y el olor de su cabello cuando le di el abrazo del adiós.

Continuará…

Compartí, no seas paco