La mujer estaba cansada. Había sido una larga mañana de trabajo, y aún le quedaba tender algunas prendas antes de poder entregarse al reposo.

Rápidamente tendió las últimas vestimentas al lado de la estufa de la cocina, dando un largo suspiro al terminar y disponiéndose a emprender marcha a su cuarto.

Camino tranquilamente hacia su destino, no sin antes revisar sutilmente la habitación de sus hijos mayores y la de su hija menor, quienes dormían plácidamente.

Se acostó y dejó que el sueño la dominará poco a poco. Habían pasado solo unos minutos de su descanso cuando su olfato le notificó que algo andaba mal. Sintió un fuerte aroma a humo viniendo de la cocina. Se paró lentamente, confiando poco en sus instintos y camino vagamente hasta la cocina.

Al llegar, comprobó con horror que la estufa había quedado demasiado cerca del tendedero, que ahora estaba siendo consumido vívidamente por las llamas junto con el resto de la cocina.

La mujer al ver que no tenía los medios para poder acallar semejante fuego, corrió fugazmente al cuarto de sus hijos y después al de su hija, gritándoles desesperadamente que había que salir cuanto antes de la casa.

Los niños, sin entender mucho lo que sucedía, acataron las órdenes de su madre y salieron rápidamente hacia afuera. En la vereda, varios vecinos habían sentido el olor a humo y los gritos desesperados de la mujer, estando varios en la calle presenciando con preocupación el exponencial crecimiento de las llamas.

Los mismos vecinos recibieron con gran alivio a la mujer y a sus hijos, quienes salían con gran apuro a la calle. Un hombre se dispuso a revisar a los varones que habían sufrido un par de quemaduras en su veloz partida por la puerta principal, mientras que otros vecinos calmaron a la mujer comunicándole que ya habían llamado a los bomberos y a la policía.

Sin embargo la mujer sentía que algo no andaba bien…

Al voltearse y mirar nuevamente hacia su vivienda, divisó a su pequeña hija mirando fijamente la entrada de su casa que estaba siendo rápidamente consumida por el incendio.

La niña se dio vuelta y le dijo a su madre en vívida voz:

– ¡Mamá! ¡El Pluto se quedó adentro!

La mujer recordó con desesperación que su perro había quedado encerrado en el patio. Sin embargo, esa desesperación no fue comparable con la que vivió segundos después cuando vio a su hija corriendo hacia la puerta de entrada, decidida a no dejar morir a su mascota.

El amor de una madre no conoce límites cuando se trata de la vida de sus vástagos. Sin pensarlo, la mujer corrió con toda su energía de vuelta a la casa para buscar a su pequeña.

La hija entró y llegó al comedor, donde podía escuchar los ladridos de exasperación de su perro. Su madre la alcanzó antes de que ella pudiera pasar más allá de la habitación.

La niña le gritaba con todas sus fuerzas que no lo podían dejar morir, pidiéndole a su madre que por favor no se permitiera abandonarlo. La mujer miró la puerta del patio y pensó en sus posibilidades. Se decidió y estaba a punto de correr hacia la misma, para tratar de rescatar heroicamente a su perro, cuando una figura se interpuso en su visión.

Un hombre con harapos blancos salió caminando firmemente de la cocina, el fuego parecía ignorarlo completamente, fijó su vista en la mujer y le dijo en voz clara:

– Andate.

La mujer se agitó, sentía que no podía mantenerse en pie. No podía entender como había alguien en la cocina, sabiendo que en su casa se encontraba ella sola con sus hijos y que no había forma de que alguien pudiera haber entrado a la misma desde el exterior.

El hombre estaba firme e inmóvil como si nada de lo que pasara a su alrededor lo estuviera afectando en absoluto.

– Va a explotar. Andate – Repitió el hombre, que se dio vuelta y volvió a ingresar calmadamente a la cocina, perdiéndose en las llamas de la misma.

La mujer rendida y sintiéndose gravemente sofocada, decidió hacerle caso al individuo de blanco y tomó a su hija de la mano, corriendo juntas hasta la entrada de la casa. Salieron apresuradamente a la calle, primero salió la niña, que se precipitó en los brazos de sus hermanos y después la mujer, completamente exhausta, que caminó unos pocos pasos fuera de su residencia antes de sentir el estruendo provocado por la explosión del calefón que estaba en su comedor.

La mujer se dio vuelta y vio su vivienda completamente engullida por las llamas, y con el sonido de las sirenas de bombero acercándose, se desvaneció lentamente en el pavimento, rodeada de sus vecinos.

La mujer abrió los ojos. Se encontraba en una cama. Un hombre con guardapolvo que estaba junto a ella le habló.

Este hombre, un médico de guardia, le explicó que ella se encontraba en el Hospital Central y que se desmayó por la falta de oxígeno provocada por el incendio. Le contó también que sus hijos se encontraban bien y que su esposo, que estaba de viaje, ya había sido notificado y estaba volviendo a la provincia. También le comentó que todo el mundo estaba hablando del ahora reconocido “Incendio de Corralitos”.

La mujer, anonadada, le preguntó al doctor porque había visto a un hombre vestido de blanco en el comedor antes de que sucediera la explosión, relatándole lo que el hombre le dijo y que de haber intentado salvar a su perro, probablemente hubiera quedado atrapada por el fuego.

– La falta de oxígeno puede producir alucinaciones complejas y muy vívidas, señora – Respondió con seriedad el terapeuta – La de usted ha sido una alucinación con mucha suerte.

La mujer suspiró, siendo consciente de su golpe de fortuna.

– Sus hijos están siendo atendidos en la guardia por las quemaduras, pero más allá de eso, están bien. A su hija ya se las curaron y está afuera, en el pasillo, esperando para verla a usted.

La mujer asintió, y el médico fue a buscar a la pequeña.

“Un delirio me salvó la vida” pensaba la mujer mientras veía a su hija acercarse a la cama y al médico despidiéndose para permitirles hablar en soledad.

Se abrazaron fuertemente y la mujer le pidió perdón a su hija. Entre lágrimas se disculpo por haber provocado el siniestro que quemó todas sus pertenencias y que mató a la mascota de la familia.

– Mama, ¡El Pluto se salvó!, ¡se escondió en el fondo del patio y un bombero lo rescató! – gritó la niña con gran alegría.

La mujer sintió un gran alivio al escuchar las palabras de su hija.

– Bueno… eso significa que, gracias a Dios, todos estamos bien.- Dijo la señora.

El rostro de felicidad de la pequeña niña, sin embargo, se transformó en una mirada dubitativa.

– No se mamá.

La mujer se sorprendió.

– ¿Por qué decís que no sabes?

– Porque no sabemos que le paso al señor de la cocina.

La mujer sintió una sensación friolenta que le recorrió todo el cuerpo.

– ¿Que señor de la cocina?

La pequeña niña miró a su madre a los ojos.

– El señor de blanco mamá, el que te dijo que nos fuéramos porque algo iba a explotar.

La mujer quedó perpleja, y ante la mirada de su hija, dejó que el silencio poco a poco sepultara los últimos momentos de esa insólita tarde.

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