Román entró en su casa, en cuanto ingresó el censor de la alarma detectó una puerta abierta y se activó el mecanismo de la alarma. Le daba aproximadamente quince segundos para que se acercase al display del artefacto así desconectarlo. Eran cuatro números que en teoría jamás debía olvidar… hasta ahora. Probó con dos o tres combinaciones y agotó las oportunidades que la alarma le daba antes de sonar estrepitosamente y romper con la tranquilidad de la noche. El ruido estalló y todos los vecinos salieron para ver que pasaba. Román no recordaba los malditos números. No dejó de sonar hasta que, varias horas después, llegaron los técnicos de la empresa y lograron desconectarla.

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Mario guardó todos los papeles del auto en su portafolio negro. El auto había tenido problemas de documentación en el pasado y al comprarlo le había hecho perder mucho tiempo en trámites y legalizaciones. Por ello tenía guardado y ordenado todo en su auto y ahora que lo iba a vender quería tenerlos a mano. Se comunicó con él un comprador interesado, se interesó mucho más al ver el coche y a los dos días de su primer contacto ya estaba llamando nuevamente para concretar la venta. Esa mañana Mario fue en busca de su portafolio. Lo puso sobre la mesa y trató de abrirlo, estaba cerrado y se abría solo con una combinación de tres dígitos. Colocó la que se acordaba y no pasó nada, probó con dos o tres combinaciones que se le venían a la mente y nada. Perdió toda la mañana y no pudo abrir el portafolio. Lo peor de todo no fue eso, sino que el entusiasmado comprador consiguió una mejor oferta esa misma jornada y le canceló la operación a Mario.

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Silvia trabajaba en una casa de electrodomésticos. Nunca había logrado llegar a los objetivos de venta que le ponían sus superiores. Siempre le faltaba vender algunos artículos para llegar al mínimo. Con una mezcla de envidia y recelo veía como era superada ampliamente por los demás vendedores. La confianza que inspiraba en sus jefes y el tiempo que llevaba dentro de la empresa le jugaban a favor y le permitían seguir en su puesto. Aquella temporada la empresa había adquirido un importante lote de una conocida marca de productos a un excelente precio, todo a cambio de adquirir la línea completa de productos. Todos los productos de esa marca eran muy vendibles, menos uno. Aquel televisor pasado de moda y a precio poco conveniente era muy difícil de vender, todo por contar con tecnología inútil para los deseos de un comprador. Por ello habían puesto una comisión extra para el empleado que lograse venderlo. Esa mañana apareció un candidato y luego de un eterno proceso de convicción, Silvia logró seducir al cliente. Estaba todo en marcha, pero al momento de la venta nadie había cargado el código del producto en el sistema, el personal autorizado no estaba y había omitido esta carga por error, omisión o conocimiento de la falta de interés hacía este producto. El comprador cambió de decisión y se terminó llevando otro televisor y Silvia, un mes más, quedó sin cobrar su comisión.

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Fernando buscaba trabajo. Estaba desesperado, hacía más de seis meses que estaba en la calle tratando de que alguien lo tomara empleado. Pasada la resignación de los primeros meses había recargado nuevamente sus energías, para empezar una nueva etapa con todas las ganas. Esa mañana de domingo se compró todos los diarios de su localidad y leyó los avisos clasificados de principio a fin. Las dos semanas que le siguieron a ese domingo estuvieron plagadas de entrevistas, reuniones, tests y preguntas. Hubieron varias empresas interesadas en él, pero puntualmente dos le despertaban esperanzas. Una mañana se despertó y tenía varios menajes de voz almacenados en su celular, intentó ingresar a su casilla, pero había olvidado la contraseña. Llamó a la central de su compañía de teléfono y el trámite de renovación de clave tardó varios días. Con clave nueva ingresó a su casilla para oír que había quedado seleccionado en uno de los trabajos. Fue muy difícil superar el llanto y la angustia cuando se comunicó con la empresa y le hicieron saber que habían tomado a otro candidato por no tener respuestas de él.

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No había caso, por más que tratase y tratase, la hiciese girar hacia un lado o hacia otro o hasta incluso escuchar con un estetoscopio como película de detectives, la caja fuerte no abría. No estaba fallada, no estaba rota, no había sido violentada ni nada. Simplemente Ana había olvidado la combinación. La caja de metal estaba amurada a una de las paredes de su habitación. Llamó a un soldador y no pudo fundir el grueso metal de la caja. No lo quedó más remedio que contratar a un albañil para que moliese a combazos todo el entorno del cubo metálico y así poder llevarlo a una metalúrgica donde la abrieron con una soldadora industrial.

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Ni Román, ni Mario, ni Silvia, ni Fernando, ni Ana son mejores o peores que vos o que yo, simplemente perdieron los códigos y eso les trae problemas, los deja mal parados y los hace vulnerables. Se pueden perder muchas cosas en la vida… pero jamás los códigos.

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