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Caminé por las calles de la ciudad con una mochila que tenía algo ropa, el cargador y alguna que otra cosa de utilidad, a decir verdad, poco me importaba lo que hubiera en la mochila, tenía el pecho como si una horda de mongoles hubieran galopado sobre mí, las piernas me pedían detenerme a cada paso y los ojos llenos de recuerdos se bañaban en lágrimas cargadas de tristeza. No sabía a donde iba y aún no comprendía completamente lo que acababa de suceder.

Había dejado a la vera de mi vida a la que una vez juré amor eterno, con la que había proyectado los más dulces y hermosos sueños, a quien tanta veces al mirar a los ojos terminaba perdido en un mar de sentimientos, con quien me fundía en abrazos aquellas tardes a la orilla del lago del parque y le inventaba historias donde aunque el caballero era quien rescataba a la damisela del dragón, era en realidad ella quien lo salvaba a el de algo peor que una mitológica bestia, regalándole su compañía.

Me encontré de repente en la Plaza San Martín, pintoresca y algo desolada, la adornaba la compañía de algunos solitarios transeúntes y algún que otro aventurero y vagabundo canino, ya por la tarde el sol comenzaba a caer y me bañaba con algunos rezagados rayos por las escotaduras de las hojas de un longevo árbol. Me puse de pie y decidí ir como un asustado animal a buscar refugio a la casa de un viejo amigo, el cual vivía cerca de allí.

Toqué el timbre de aquel viejo edificio, hacía unos meses que no lo visitaba pero recordaba bien el piso y departamento en la transitada 9 de Julio.

– ¿Quién es? – Respondió al timbrazo una electrónica voz.

– Soy Quique, Manu.

– ¡Quique querido! ¡Pasá, pasá!

Tomé el ascensor y subí, me miraba en el espejo e intentaba disimular la desazón, pero no podía, la situación me había superado con amplia ventaja. Al abrir la puerta lo ví, un poco desaliñado en el peinado como era su costumbre, pero nunca mal vestido. Tenía una sonrisa, la misma de siempre perdida entre la barba. Al dar unos pasos en su dirección nos dimos un abrazo como si alguno de los dos hubiera vuelto de la guerra.

– Mi hermano Quique. ¿Cómo estás?

Yo no dejaba de abrazarlo y le daba palmadas en la espalda, con cada una de ellas parecía enviarle un mensaje que no podía expresar con palabras.

– Acá andamos Manu…

– Vamos, entremos, tomemos un café y charlamos – Parecía entenderlo todo antes de saberlo, nos conocíamos desde los 4 años y lo consideraba más que un amigo.

Caminamos por el oscuro pasillo con olor a humedad del añejo edificio, alumbrado por la tenue luz que entraba por una ventana que marcaba la trayectoria a la puerta del 12.

– Pasá, sentate que pongo a calentar el café, contame que anda pasando viejo – Ya desde la cocina dijo – Vos hablá que yo te escucho, contame de Mariela, poneme al día.

– Bueno, justamente eso es lo que me trae hoy acá, más bien lamentablemente.

– ¿Le pasó algo a Mariela?

– No, bueno… de salud no.- Hice una pausa porque un tren lleno de recuerdos había decidido parar frente a mis ojos y un nudo en la garganta se había complotado con él – Me separé, en realidad me fui de casa hoy, pero es cuestión de tiempo lo demás.

Asomándose por la puerta asombrado, me miró, su expresión ya no era la misma que la que vi al salir del ascensor.

– Pero. ¿Qué pasó Quique? Vos y Mariela, parecía que estarían juntos por toda la eternidad, esa chispa, ese roce que despertaban sus miradas al cruzarse, no las vi nunca en nadie viejo, ese amor incondicional, dejaste tantas cosas por ella, y no me lo contó nadie, yo mismo lo vi. Hablabas de ella el día que la invitaste a tomar ese primer café, y si hubiera algún mineral que brille más que tus ojos ese día, lo nombraría.

– A veces la eternidad dura solo un segundo, me dijeron una vez, hoy lo entendí – El pecho me pesaba, tenía su recuerdo tatuado en las pupilas, al romperme entero lo había entendido, aún la amaba, a pesar de que no podía seguir haciéndonos daño, estaba pagando de a poco mis pecados.- Mirá Manu vos has sido siempre un hermano para mí, las pasamos todas, y las hicimos todas también, estuviste siempre que mi vida parecía desmoronarse a pedazos para darme una palmada, mirarme a los ojos y decirme “Calmate boludo, lo vamos a solucionar” y hoy que hace meses que ni siquiera te pregunto cómo va tu vida, llego a la puerta de tu casa con lo que me queda de vida en una mochila, como buscando la salvación en vos, la verdad no sé qué decirte, perdón.

Rompí en llanto en medio de aquel pequeño living, sentado en un acogedor sillón. Emanuel caminó hacia donde estaba yo, me dio una palmada y mirándome me dijo:

– Calmate boludo, lo vamos a solucionar – Sonrió y haciendo un ademán siguió.- Vamos a la cocina a tomar el café dale. ¿Lo querés con azúcar?

– No, lo tomo amargo.

– Uhm la colombiana de aquella vez, te cambió hasta los gustos.

– Jajajaja todavía te acordás…

– Por supuesto. Bueno a ver. ¿Qué pasó? – Mientras me pasaba la taza y sentado, se predisponía con expresión atenta para escuchar.

– Nos separamos con Mariela, la situación no daba para más, hace ya tiempo no podía ni verla a los ojos y evitar sentir lastima por ella y por nuestra relación. No sé realmente cuando pasó Manu, yo la amaba. Bueno, en realidad si sé lo que pasó, me enamoré de alguien más, una piba que conocí inaugurando una obra con el partido, me dio vuelta el mundo y yo caí ciegamente, por momentos creía que volvía nostálgicamente a vivir mi adolescencia, a sentir esa adrenalina que provoca a veces estar con alguien, no pensaba con claridad y ahora lo veo. Maca es una persona increíble, no aguanté más y me sinceré con Mariela, te imaginarás como terminó todo.

– Escuchame Quique, te conozco hace mucho y tengo la confianza suficiente para decir sin pelos en la lengua lo que pienso, siendo netamente sincero.

– Por favor Manu – Lo interrumpí- Necesito toda tu sinceridad, quiero que seas implacable conmigo.

– Viejo, metiste la pata, te equivocaste más allá de que quizás la relación estaba en un pozo hace tiempo, eras consciente de lo que hacías y seguiste de todos modos, sos un boludo y te lo tengo que decir.

– Uff…

– Pero ni yo ni nadie tiene la potestad para juzgarte, es más yo pienso y no sé si habría tenido el valor suficiente de ser sincero y afrontar la tormenta como lo hiciste con Mariela. No sos un mal tipo, no he tenido amistad más transparente que con vos, te equivocaste es cierto, pero sé que no lo hiciste con malicia, ahora tenés que hacerte cargo de tus actos y soportar lo que venga, porque ese dolor que causaste tiene sus consecuencias, sos humano tu naturaleza y la de todos está ligada a la equivocación, no te castigues al pedo. Ahora te toca sacudirte el polvo, pararte y seguir habiendo aprendido la lección. Calmate que va a pasar, contás conmigo y lo sabés, quédate acá el tiempo que necesites.

Me puse de pie y lo abracé sin decir una palabra, no podía hablar, sentía que algo de paz llegaba en medio de aquella tempestad en la que me había metido.

En ese momento sonó mi celular, era Macarena. Tenía el presentimiento de que algo no estaba bien, lo sentía en mi pecho, o quizás era también consecuencia de tanta tristeza y llanto.

– ¡Hola Maca! – Dije con la voz entre cortada pero feliz de recibir su llamado.

– Enrique, tenemos que hablar – Dijo con tono de seriedad y tajante.- ¿Dónde podemos vernos? Tiene que ser hoy mismo.

– Pero… ¿Pasó algo? – Ya comenzaba a preocuparme.

– Mejor nos juntamos y te lo digo cara a cara.

Lo miré atónito a Manu, no entendía lo que sucedía y mil cosas venían a mi cabeza. ¿Nos habrán descubierto sus padres? ¿Habrá hablado alguna de sus amigas? Me matan si algo de eso sucedió. Inmediatamente interrumpió mi oleada de pensamientos uno en particular, el que quizás más temía. ¿Y si ella se cansó de mí?

Continuará…

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