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I | Erigir

Un instante antes de abrir los ojos, el cielo sereno,

posa sobre mí, medito, pienso ensimismado.

El atardecer gris nubla las hojas en blanco de mi libro.

Miro el pasar de un pájaro volando en sesgo,

su vuelo divino, sus plumas color azulino

hace despertar mi cabeza en estado ofusco,

Sonrió, me alegro, agarro mi cuaderno

Y las palabras pululan como un río

con versos no muy tersos pero sencillos.

Y es que en mi memoria herrumbrosa

había olvidado casi por completo

lo bello que eran aquellos armoniosos

Ojos celestes, y mi pluma condesciende

con el recuerdo de aquella mujer.

El Alba se asoma, la Gringa hizo

brillar el sol escondido de Junio…

II | Memorias de un ave cristalina

El ave de tu recuerdo vuela,

Vuela dócil en mi cabeza, revolotea

Memorias. Ojos de lobelia,

Corazón de latón, piel de cristalina,

Melena radiante brilla como luz ígnea,

Sonrisa luminosa, que bella esa Gringa…

Susurra un sonido al pasar, y deja

Una voz en mi reminiscencia,

Canción para mis oídos, armónica

Voz que escribe versos, dibuja paisajes

Y canta, canta poesía en mi cabeza.

Déjala volar, que sea libre y disfrute

Mientras la veo a la distancia ser,

Ser lo que es, algo exquisito a la vista…

III | Una historia sobre noches de insomnio

Todas las noches sentía el mismo deseo, el mismo sentimiento, era algo que no podía dejar de pensar cada vez que me iba a acostar, siempre habitaba en mi mente. Siempre estaba alado mío, ahí, como queriendo que te toque, esperando que mis manos se deslicen lento y suave hasta que las yemas de mis dedos toquen ese cuerpo, sabía que aunque me resistiera, todas las noches tarde o temprano iba a caer, siempre tarde pero caía en fin.

Esta noche me fui a dormir a la hora de siempre, me dije a mi mismo que esta esta vez iba a ser diferente, que no dejaría que la dulce tentación cayera sobre mí. Cene temprano, prepare mi ropa para trabajar al otro día, cepille mis dientes y me cambie para acostarme. Y ahí estabas, en el lugar donde solía recostarse, al costado.

Me recosté, y te observaba, te miraba, no podía evitar pensar en muchas cosas, tantos momentos, charlas interminables, risas, llantos, chistes, enojos, peleas, noches de insomnios.

No te quería mirar, sabía que al mirarte iba a caer, como todas las noches, como sueles hacer siempre. Miraba el techo, cerraba los ojos, contaba ovejas, pensaba, se me hacía un nudo en la garganta pero trataba de abstraerme de vos, por un momento sentí que pude dejar de pensarte, hasta me sentí vencedor aquella noche. Solo fueron unos escasos minutos, hasta que te escuche, te sentí.

Quise disimular mi entusiasmo, mis manos empezaron a traspirar, las entrelazaba, las trate de contener de tu presencia, pero no se dejaban, querían tocarte, las contuve la primera vez, hasta que te volví a escuchar y no pudieron aguantar más… Te agarraron con un deseo imparable.

Esa noche me volviste a ganar, otra noche de insomnio culpa tuya, pero la próxima vez te venceré y no podrás hacer nada. La próxima noche te dejare cargando en la otra habitación…

IV | Retiro lo dicho

V | Bellezas en el inframundo

El joven que murió con el corazón roto deambulaba por el reino de los muertos, caminaba alrededor de La laguna Estigia, esas aguas negras sin vidas contrastaban con todo lo que él era. A veces solía ver al barquero, Caronte, traer flores a ese lugar sombrío. Solía murmurar que eran tan bellas que fueron bautizadas por los mortales con su nombre, flores de Narciso. Sorprendido, se dispuso a seguirlo hasta ese jardín al que perteneció. Luego de pasos sigilosos escucho un sonido tan bello que maravillaba las flores, el sonido hacia que las flores danzaran entre ellas en un inefable baile. Se acercó más, hasta ver un joven con su arpa solo se dispuso a escuchar y ver esas exóticas flores.

Compartí, no seas paco