Muchas veces uno anhela encontrar un compañero o compañera de vida, que complemente todo aquello que no somos o que al menos se asemeje ya sea en gustos, personalidad, o lo que sea que los una. Hay quienes se pierden a sí mismos en esa búsqueda, otros directamente no buscan, y de vez en cuando algunos afortunados sin siquiera buscarse se encuentran.

Comienzan a conocerse, a descubrir cosas en común y se despierta el interés. Adentrándose de a poco salen, comparten momentos y se interiorizan cada uno en la vida del otro, hasta un punto sin retorno en donde aparecen los inevitables e implacables interrogantes ¿Qué somos? ¿Tenemos acaso algún tipo de relación seria? ¿Somos amigos o amantes? ¿Qué es lo que somos? Y en muchos de estos casos uno de los dos protagonistas empieza a atajarse, a remarcar que no los une una relación basada en alguna clase de compromiso para con el otro, como si tenerla fuera pecado o tabú, que no son novios y bla bla bla. Pero vamos chicos, salir a cenar, ir al cine, pasar un fin de semana largo en una Cabaña en un lugar súper romántico, compartir momentos con las familias de ambos, y compartir la intimidad de sus cuerpos. ¿No es tener algún tipo de relación?

Pareciera ser que los “títulos” a veces pesan más que las vivencias al punto de generar pánico ante dicha situación. ¿Por qué esa necesidad de ponerle título? Por ahí leí algo así como “yo no era suyo ni ella mía, pero en la intimidad de mi cuarto oscuro nos pertenecíamos, volviéndonos uno” esa extraña dicotomía entre lo que no queres perder y lo que queres tener. Al parecer algunos sienten que el poner un título les quita libertad exponiéndolos a una exclusividad para con esa persona, como si el título los liberara de un peso pero les cargara otro mayor. Lo loco es que al fin y al cabo la relación está ahí presente sin ese “título” pero es tangible para ambos, ambos con miedo, y uno de ellos con el coraje necesario para afrontarlo.

A veces podemos ser bastante idiotas a la hora de ser sensatos y honestos con nuestros propios sentimientos, porque sentimos que no pertenecemos a ese porcentaje de personas que encuentran el compañero correcto de vida, y nos obstinamos en negar algo que está a la vista. Nos convertimos en masoquistas diciendo “no somos nada” cuando lo somos todo: amigos y amantes.

Escrito por Natalia para la sección:

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