Lo que es eterno es circular y lo circular es eterno”
Aristóteles

1

Víctor Espósito armó la Colt 45 con paciencia. Esperó cada parte del arma con ansiedad disimulada con sumisión y obsecuencia a su entorno feroz y antropófago. Urdía la venganza en la soledad de los amaneceres, veía crecer la luz a través de los barrotes de su celda, mientras los ronquidos de su compañero de reclusión Juan Olivares llenaba el poco aire enraizado en las paredes húmedas.

Se escuchaba respirar a las estrellas azules.

Espósito odiaba a Olivares, tenía que prepararle el yerbiado con pan cuando se despertaba, rápido, caliente, dulce y esponjoso, así quería el desayuno su compañero de celda, así también lo quería Olivares a Víctor para sodomizarlo por las noches y por las siestas. Víctor lo aborrecía cuando su saliva caía de su boca entreabierta y manchaba aún más el colchón pelado y descarnado. Le tenía un pavor que le surgía de las telas de araña de su vientre.

Víctor no se apuraba en armar la Colt 9mm, lo hacía con devoción, pieza tras pieza. Lo hacia sin saber cómo hacerlo, por pura intuición y desesperación. A pesar de su angustia no se apuraba, porque no se podía equivocar.

Su madre. Doña Luli. religiosamente le llevaba cada tres días una pastafrola con dulce de pomelo para él y para los guardias penitenciarios alfajores de maizena con dulce de leche y para Juan Olivares budín de pan. Doña Luli se paraba en la fila de personas que iban a la hora de visita en la cárcel y esperaba que le tocará el turno de la requisa; los guardias veían en ella a un pobre ser que sólo intentaba que su hijo pasara lo mejor posible su condena por estafas. Era una mujer charlatana, sin filtros y con un áurea maternal que enternecía a los que se encargaban de la entrada de las visitas a los pabellones.

Doña Luli se sentaba con su hijo Víctor siempre en el mismo rincón del patio, bajo el aromo, junto al cantero donde alguna vez supo haber margaritas, y charlaban mientras el comía unas porciones de la pastaflora.

Cuando tenía un tiempo- entre las golpizas y las violaciones a los que lo reducía Olivares- se dedicaba a desarmar la masa del postre, ahí Doña Luli escondía las partes de la Colt 45 para su hijo- a nadie le interesaba comer pastaflora con dulce de pomelo. Éste iba armando a tientas el arma. Primero recibió el mecanismo de alimentación, el de cierre, luego el de disparo y percusión, después el de extracción y expulsión y así con todas las demás partes. Con el largo paso del tiempo cobró una forma feroz, mortal y naif – como lo puede ser una pistola sin balas – Sólo faltaban las balas, imaginó cómo se verían los barrotes desde afuera.

2

Enrique Córdoba no se acordaba desde cuando estaba encerrado, sólo tenía el recuerdo vago de la sangre de María en sus puños y el cuerpo de ella desbaratado en un rincón bajo la cama. El juez le dijo que debería cumplir reclusión perpetua, pero él no sabía a que se refería; únicamente quería volver el tiempo atrás para salvar a María de sí mismo. Siempre el alcohol lo convirtió en una bestia ajena al dolor, a la lógica. Lo envolvía en una niebla de furia que lo hacía arremeter contra todo.

De esa noche recordaba la sangre, a María rota bajo sus puñetazos. Buceó en el amanecer para llegar a su trabajo en el matadero, alcanzó a sacrificar a dos reses con el mazo y llegó la policía.

Le costó a las fuerzas del orden poder detener a ese gigante desbocado, hicieron falta cinco agentes y muchos pero muchos bastonazos. Córdoba al fin se desplomó en el piso y lo arrastraron laxo sobre la sangre de los animales que había sacrificado.

3

El padre Ignacio estaba enamorado perdidamente de Héctor Quiroga, uno de los guardias de la prisión que siempre estaba por las mañanas. El cura se sentaba frente a la pequeña ventana de la parroquia, la que daba al patio de juegos y lo miraba caminar entre los reclusos; lo observaba extasiado por horas enteras. Luego, arrepentido, intentaba expiar su culpa con millones de rosarios y autoflagelaciones mientras se masturbaba con la imagen mental del guardia; creía que sus ojitos verdes, sus pecas en la nariz y en los pómulos, su espalda ancha y sus manos estaban hechas para que sólo lo acariciaran a él.

4

Damián Bocanetti cubría sus guardias siempre en el mismo pabellón, su sola presencia bastaba para tener a los reclusos en línea. Era un gigante de dos metros y un estómago prominente, con manos bestiales y una calva que lo hacían brillar en la oscuridad. Nada huía de su mirada torva, sabía absolutamente todo lo que pasaba dentro de su territorio, Ninguna cosa se le escapaba. Se sentaba en su silla de totora en el extremo más lejano del patio de descanso, con la porra en su mano y fumaba un cigarrillo tras otro, observando, sopesando. Nadie se animaba a hacer algo fuera de las reglas, el temor a la porra del oficial Bocanetti.

5

Víctor esperó las balas, lo único que faltaba para que el arma fuese funcional. Una por una fueron llegando guardadas subrepticiamente en las pastafloras con dulce de pomelo. Cada proyectil fue llegando hasta completar el cargador, entonces Víctor se dio cuenta de que no sabía que hacer con la pistola Colt. Es más, lo aterrorizaba ese conjunto de metales unidos confabulados para matar a quien sea cuando sea.

Entonces, cuando el arma estuvo lista, con horror Víctor se dio cuenta de que no sabía y no podría usarla. Cómo si el centro del Universo vomitara una epifanía vio pasar a Enrique Córdoba, buscando a su amor María, cuya sangre aun no se terminaba de limpiar de las manos. Buscaba su perdón, su sexo, sus manos, sus ojos… Las buscaba entre las piedras del piso del patio, a veces veía algo que se parecía a los ojos ámbar de la mujer, pero sólo eran alucinaciones del amor.

La miradas de Víctor y Córdoba se cruzaron y las chispas de las estrellas azules escondidas en el horizonte estallaron cómo fuegos artificiales.

Entonces todo para ambos tuvo un sentido, sin hablarse se supieron, se consolaron y pergeñaron la fuga en silencio, con pestañeos. Víctor quería escapar de Olivares y Córdoba quería hallar a María, aunque nunca lo hiciese.

Continuará…

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