Habíamos estado peleando bastante tiempo. Sentía que la relación no iba para ningún lado y que había que hacer algo, para bien o para mal.

Cerré los ojos y leí aquella carta en donde me decía cuanto me amaba, cuanto conmigo quería ser feliz. ¡Oiga! Eso es serio. Eso siempre fue verdad, y ahora se tornaba monótono.

Quizá necesitábamos un cambio. La última vez que intentamos tener relaciones no se pudo llegar al orgasmo, a él la excitación se le acabó y yo me puse a llorar. “¡Tenes que dejarme de exigir tanto!”

No sabía que los planes se podían tornar tan insoportables. ¡Lo amaba! ¡No quería estar con nadie más!

Me decidí a ir un día y hablar enserio con él. Las cosas no podían seguir así.

Nos encontramos para comer.

Lo miré a los ojos, le di la mano y empecé a hablar.

“Te amo” fue lo primero que le dije. Estuve una hora hablando prácticamente sola y él simplemente me observaba.

Cerré los ojos y le di la oportunidad de saber que pensaba sobre todo lo que nos estaba pasando. Él también había sentido que habíamos caído en la monotonía.

“Quiero estar con vos porque te amo, no por lastima”. Tenía razón. Cerré los ojos y una lágrima caprichosa se deslizó por mi mejilla. Acordamos que dejaríamos de crear expectativas que probablemente no se cumplirían y que dejaríamos las cosas fluir. “Vamos a ver que sale, dejémonos llevar”.

Fuimos a un boliche a bailar. Empezó una buena noche y bailamos como hacía mucho que no lo hacíamos. Olvide que hacía mucho que no estábamos bien, y lo vi como aquella primera vez, sus ojos brillaban. Se sentó en la barra y me miraba bailar a su lado. De a poco, nos fuimos calentando, le mordía la oreja, le besaba el cuello. Sabía cuánto de eso lo provocaba.

Él con sus manos me empezó a recorrer la espalda, como quien sabe cómo tocar y donde, y de pronto el resto del mundo en ese boliche dejó de importar. Me agarró de la mano y me llevó al auto. Manejo unos kilómetros y entramos a una zona medía oscura que se usaba para los amantes ocasionales, como lo éramos nosotros en ese momento. Pero él de pronto no estaba apurado, me iba desvistiendo en el asiento trasero de a poco, disfrutando ese placer que le da el ir descubriendo mi cuerpo. Yo le bajé el pantalón y empecé a masajearlo por debajo del boxer, hasta que note que la excitación no daba para más. Cerré los ojos, con mis manos lo metí dentro de mi tanga y sin mediar palabra me poseyó.

Esa noche disfrutamos como hacía mucho que no lo hacíamos, fuimos uno, nuestras pieles se deseaban como hacía mucho tiempo que no nos pasaba. ¡Eso es lo que quería! Que dejásemos la monotonía, que nos amáramos y que el resto dejase de existir.

Desperté en la cama al otro día sabiendo bien que hacer. Estaríamos juntos, amándonos, sintiéndonos. La piel que teníamos, tenemos, mezclado al amor que sentimos, era el pie para saber que valía la pena.

Nada más importaba entonces, nada más importa ahora.

Compartí, no seas paco