En una película de Hong Kong sobre mafias, un grupo de ladrones planeaba robar un banco. El robo necesitaba que todos los involucrados hicieran su trabajo en tiempo y forma, tener una precisión de relojero para llevar el atraco con éxito. El robo se desarrolló casi como lo planeado. Tuvo un solo imprevisto: uno de los integrantes de la banda intentó huir con el botín, para luego ser atrapado por sus compañeros antes de conseguir escapar.

Cuando lo llevaron al jefe de la banda de criminales —hombre muy mayor y acostumbrado a la delincuencia desde chico—, lo pusieron frente a éste para que decidiera su castigo, si lo tenía que matar o torturar. El mandamás de los ladrones, enojado el comportamiento del joven, antes de decidir su veredicto, miró a otro de los más antiguos ladrones de la banda, su amigo de toda la vida, y le dijo con resignación: “esto en nuestra época no pasaba, antes habia ética”

El jefe de la banda, sin saberlo, decía algo profundo. Es ilegal robar un banco pero también está mal incumplir a la palabra empeñada. Pero ¿cuál es la diferencia?

La ética es la disciplina que estudia la buena o mala conducta en un grupo de dos o más personas. Existe la ética de los ladrones, abogados, comerciantes, boxeadores; de cualquier profesión o grupo de personas que necesiten una conducta específica en sus participantes para lograr un fin en conjunto. La moral, muy diferente a la ética, rige solamente al individuo. Del otro lado está el derecho, que es el mecanismo del Estado para regular el orden público y garantizar las libertades individuales.

Las tres disciplinas son diferentes y regulan valores en particulares, aunque cada una tiene sus propias sanciones en caso de incumplimiento: la ética tiene a la condena social; en la moral, el remordimiento de la consciencia; y en el derecho, la pena jurídica. En la medida en que cada uno de los estamentos cumpla su rol, la sociedad va a ser más saludable, mejor organizada, menos neurótica. Pero, últimamente, esto parece estar cambiando.

El caso más gráfico es el de Gustavo Cordera, ex cantante de la Bersuit, hablando en una de estas escuelas de estudios terciarios sin prestigio, lugar donde hizo apología a la pedofilia y la violación de las mujeres. La charla se grabó a escondidas por un estudiante y se hizo viral en los días siguientes, antes de ser recogida por los medios tradicionales. La grilla de canales estuvo colmado de programas con panelistas agarrándose el pecho y repudiando las declaraciones de Cordera, tomando el papel de los portadores de la moral en la sociedad.

Cordera intentó volver, meses después, a los escenarios, pero las agrupaciones feministas presionaron a los organizadores de los recitales, por medio de campañas en internet o a través de los medios tradicionales, para bajarlo del espectáculo, repitiendo la costumbre en cada una de sus presentaciones siguientes.

Pero Cordera no es la excepción a la regla. Muchos cantantes, cineastas, escritores o músicos han pasado por lo mismo. Dicen o hacen algo repudiable en un contexto privado que luego se hace público y ciertas organizaciones sociales responden haciendo lo posible para perjudicar su vida laboral, haciéndolos sufrir por la pena cometida.

Esto no saca que Cordera es un imbécil. Decir que las mujeres quieren ser violadas y que un hombre adulto se puede acostarse con una niña de trece años, es un pensamiento de imbécil y de un mal tipo. Pero, hasta donde yo sé, no hay ley que prohíba la imbecilidad. Y nadie va a querer legislar la estupidez, porque la izquierda, los conservadores y el ala antiliberal del país en general, quedaría sin votantes.

La sanción de Cordera corresponde a la moral o el derecho, pero no a la sociedad. Si Cordera toca a una niña o abusa de alguien, sí se puede enviar a juicio y dejar que los compañeros de celda le hagan recordar lo malo que es abusar de una menor. Pero hasta entonces, no nos corresponde a nosotros sancionar. Podemos, sí, rechazarlo socialmente, considerarlo moralmente inferior, pero es es muy distinto a intentar perjudicar su vida laboral o personal.

Ojalá todas las personas que se rasgan las vestiduras para censurar un show del dj Alberto Cohen, un concierto de Gustavo Cordera o una película de Johnny Depp, pusieran el mismo ahínco en prohibir una exposición de Picasso, un golpeador compulsivo de mujeres; de Shakespeare, un jocoso antisemita; Sartre, maoísta y de extrema izquierda; o Woody Allen, un pederasta. Caso contrario, serían unos hipócritas. Unos tipos falsos, que antes aplaudían cuando Cordera hacía subir a las mujeres a sus recitales y les chupa las tetas en público, pero ahora quieren aparentar ser modernos.

 

En nuestra sed de querer ser progresistas o modernos caemos en el vulgar pensamiento de maltratar a los conservadores para parecer liberal, mismo pensamiento que usaban nuestros abuelos, dando vuelta los conceptos, cuando le pegaban a los homosexules para mostrar su masculinidad frente a la sociedad. Quizás, lo único bueno de esto sea tener un ejemplo gráfico para diferenciar el liberalismo y la izquierda en cuestión de derechos individuales. El liberalismo destruye prejuicios, libera a las personas para regir su vida cómo quieran, mientras que la izquierda reemplaza dogmas por otros, dependiendo el humor social de cada época.

Ser liberal no es maltratar a nadie, por el contrario; es saber que cualquiera pueda pensar cualquier cosa, que uno puede ser todo el mal tipo que quiera mientras no dañe a nadie, que la felicidad es una búsqueda individual y que ser un tipo de mierda sólo lo perjudica a uno. Es saber que el Estado de Derecho no se contrapone al anarquismo, sino al Estado Policía, a la idea de que las instituciones tiene que legislar la conciencia, los sueños y la felicidad de sus habitantes, en vez de legislar sólo las acciones sociales.

¿Cuál es el peligro de seguir con esta manía de intentar juzgar a los demás como si fuéramos jueces y fiscales a la vez?

Nicolás Maquiavelo, escritor de El Príncipe, principal obra de la ciencia política moderna, hizo otro libro menos conocido pero igual de importante: “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”. El libro consta de tres volúmenes. En la primera parte, Maquiavelo hace una larga lista de los problemas de su Florencia natal, hundida en un sistema de corrupción moral y político sin precedentes, pero hizo especial hincapié en el problema de su sistema jurídico, el principal mal de la sociedad, según el autor.

Para Maquiavelo, tener un Estado de Derecho tan degradado como el de Florencia de aquellos años —los ladrones salían libres apenas se los atrapaban, los políticos tienen impunidad para robar cuanto quisieran y los juicios perdían eficacia por demorar una eternidad—, terminó por resentir la relación entre los individuos y la sociedad en general.

Los ciudadanos de Florencia se acostumbraron a no denunciar cuando eran delinquidos, por considerarlo un acto estéril y sin sentido, y dejaron de confiar progresivamente en el sistema jurídico en general. Ésto llevó a que cualquier individuo fuera considerado un potencial criminal para el vecino, desde el panadero hasta el policía local. Todos eran sospechosos para el otro, un posible delincuente; e incluso, para peor, aquellas personas demandadas y luego declaradas inocentes en una sentencia judicial, eran tratados como delincuentes para la sociedad en general, porque nadie creía en las sentencias judiciales. Así se llegaron a transformar en una sociedad de paranoicos, en donde cada ciudadano se adjudicaba el poder de juez y fiscal de su vecino.

Maquiavelo resaltaba, así, uno de los principales fines del derecho penal: la extinción de la pena para el delincuente. Porque sin el derecho, existiría la pena, pero la impondría la sociedad, por ende, la sanción de un delito sería infinita.

Un solo delito, conocido por todos los habitantes de una comunidad, bastaría para condenar a un sujeto al ostracismo hasta el final de sus días. Vos, por ejemplo, podrías haber robado una bolsa de bombitas de agua en el kiosco de tu barrio cuando eras niño, y hasta tu jubilación, las personas del barrio te llamarían y te tratarían como un ladrón.

En la antigüedad, cuando una persona robaba y lo atrapaban, instantáneamente se lo mataba, por considerar un delincuente. Hoy en día, cualquier ladrón iría a la cárcel, pero en aquella época se mataba incluso por delitos menores. La razón era que, según ese pensamiento, una persona que delinquia iba a ser un delincuente toda su vida, no se podía redimir; la mejor opción era matarlo, hacerle un favor a él y a la sociedad y borrarlo del mapa, ya que sólo se puede esperar delitos de un delincuente.

Esto pasó hasta que Hammurabi, rey de Persia, inventó el primer código jurídico hace 3500 años para solucionar éste problema. Ahí, creó la famosa Ley de Talión, conocido por todos como “Ojo por ojo, diente por diente”.

La finalidad del código eran dos. La primera, dar una sanción coherente a la pena cometida. Evitar que, por ejemplo, si un vecino le propiciará un golpe en la cara a otro, el agredido tuviera el aval del estado para devolverle el golpe, en la misma zona del cuerpo y con la misma fuerza, evitando así una venganza desproporcionada por parte del sujeto agredido. Y la segunda, que el cumplimiento de la pena supusiera un punto final al conflicto, dejando abierta la posibilidad de que el infractor, luego de cumplir la condena, no sea perseguido por el ilícito el resto de su vida; que pudiera rehacer su vida y que la sociedad sepa que una persona se puede redimir de su pasado si se empeña en eso.

Gracias a nuestra sed de querer ser progresistas y modernos, hoy en día, nos hemos retrotraído a un pensamiento previo al medioevo, casi de la época de las cavernas.

 

 

Escrito por Eric Esley para la sección :

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