Aeroparque Jorge Newbery. Buenos Aires. 14 de Julio de 2015. 07:04 am.

Llego a Aeroparque cuando falta una hora para que llamen a embarcar mi avión. Me siento en el primer café que encuentro con poca gente. Y mientras el mozo me trae el pedido, se hace presente aquella especie de benévola maldición que me acompaña desde el inicio de mi vida adulta: empieza a escucharse una canción de él.

– ¿Siempre tiene que sonar Arjona cuando me siento a tomar un café?- me enojo para mis adentros. Y es indistinto el lugar: puede ser el café “más cool” de Palermo Soho, o el bar más jodido de La Matanza. Siempre, aunque sea una canción aislada de Arjona, aparece cuando me siento.

Las personas que atienden esta cafetería no tienen más de 26 años, explíquenme que hacen escuchando Arjona. El puto guatemalteco cantando la del taxi, para colmo. Es increíble que un tipo pueda hacer fantasear a varias generaciones de minas con un taxista ¡Entendes…con un taxista! Qué sex-appeal puede tener un taxista sudamericano, no sé, un argentino supongamos. Se me viene a la cabeza Raúl, el taxista hincha de Huracán, transpirado hasta el talón en un verano mendocino. Con el aire acondicionado roto de un Corsa destartalado. Eso no tiene sex-appeal. Eso es un laburante ¿Cómo puede llegar a levantarse una mina Raúl, en ese ambiente? Encima es una mujer de guita y que, a juzgar por la canción ¡tiene un cuerpazo! Hay que reconocérselo, Arjona tiene una fórmula mágica. El tipo logró poner a un taxista que maneja un Volkswagen ‘68 (encima del año ‘68) como el protagonista de una de las canciones románticas del siglo.

Perdón. Estoy divagando. Siempre divago cuando me tomo un café en soledad. Hoy divago a propósito, lo sé. Trato de no pensar en el vuelo. Todavía le tengo cagaso a los aviones. Es un vuelo corto, de no más de dos horas. Pero me asusto como la primera vez.

Todo sea por Pablo.

Mira que tuve que dejar todo acá, en la editorial, y volver a mi Mendoza natal en la mitad del calendario, justo cuando más laburo hay. Era para pensarlo. Pero por los amigos de la infancia, de la juventud, de toda la vida, uno hace lo que sea.

Y más por Pablo y su casamiento ¡Qué evento!

La verdad que estoy bastante emocionado. Hace como 5 años que no veo a los chicos. Bueno ahora no tan chicos…

Pablo, Fernando, Gonzalo, Mauricio y yo, Juan. Para arriba y para abajo los cinco juntos. El grupo más heterogéneo que se puedan imaginar. Nos unió la geografía y nada más: todos éramos vecinos, con nuestros hogares a metros de distancia. Tres de nosotros tenemos las mismas edades, dos son más grandes. Por eso indubitablemente terminamos compartiendo colegios, salidas, travesuras. Terminamos creciendo juntos, compartiendo todo, y eso que éramos (y somos) completamente diferentes.

Es asombroso cómo, sin querer, las personas van cambiando ¿no? Los grupos que parecían destinados a todo, parecen destinados a disolverse, aunque eso nunca pase del todo: Mauricio se casó con Paola, tienen una hija y otro en camino. Fue el primero en dar la baja de las juntadas. Al tiempo volvió, como todos los casados. Después, Fernando se juntó con su pareja y fue papá. Gonzalo se metió de lleno con el estudio y el trabajo. Yo al tiempo conseguí un puesto en una editorial en Buenos Aires. Y Pablo, el mayor de los cinco, el eterno joven, el que nunca estaba en pareja, “sentó cabeza” de golpe: Pablo se casa en un par de horas.

No es raro. Todos esperábamos que pasara tarde o temprano. Es prácticamente una ley que aquel que más se rehúsa, es el que más se engancha cuando le toca. Entonces no es raro. Lo raro es que me dijeron que Clara está invitada al casamiento.

No creo que sea verdad. No me cierra como hizo Pablo, o cualquiera de los muchachos para localizarla. Nunca supimos nada de ella desde que éramos muy chicos y abandonó (si se puede llamar abandonar) la casona de la calle Alberdi.

La casona de la calle Alberdi. Se me eriza la piel de pensar en esa casona y en todo lo que nos pasó alrededor de ese lugar.

Me quedo rondando en reflexiones. Por el altoparlante anuncian que el abordaje de mi avión ha comenzado. Suspiro fuerte, como la primera vez que me subí a un avión. Cargo una mochila a mi hombro, voy corto de equipaje. Es que no pienso quedarme más de un par de días. Estoy volviendo sólo por Pablo y mis amigos… ¿O estoy volviendo también por Clara?

Una azafata cansada me da la bienvenida. Me acomodo al final de la aeronave, en el asiento 23, por cábala. Dejo la mochila en el buche de carga, me pongo los auriculares, y espero impaciente el despegue. Esos 5 minutos de ascenso donde siempre se me nublan la mente, ahora los ocupa Clara. Y es en todo lo que puedo pensar.

El avión lleva más de veinte minutos en el aire, cuando otra azafata de piernas largas me ofrece un tentempié. Tiene un identificador con su nombre, y obviamente el destino está empecinado en ponerme en el camino el nombre de la mujer que tanto nos marcó a los cinco.

-Gracias Clara- le digo a la azafata. En realidad es un intento de mi boca de pronunciar el nombre de aquella mujer en voz alta.

Me quedo sólo con mis pensamientos. La duda me carcome.

¡Es mentira!- Me digo -¡Es imposible que hayan localizado a Clara! ¿O será verdad? Hace 5 años que no veo a los muchachos, puede que haya cambiado todo. Puede que hasta haya vuelto al barrio. A la casona de la calle Alberdi -¿En serio? Es imposible- me contesto.

Aprieto la mitad de mi nariz con mi mano derecha y subo el volumen de los música a todo lo que da, como queriendo silenciar el pasado. Pero es imposible, los recuerdos salen a la cancha:

-¿Me vas a contar de nuevo la historia de Clara, no es cierto?- Le digo en voz alta a mi memoria.

Y, así, como una película de antaño, mi mente se llena de Mendoza hace 15 años atrás. Se llena de mis amigos: de Fernando, Pablo, Gonzalo y Mauricio. Y también se llena de Clara.

Compartí, no seas paco