Voy a presentarles el mundo ideal de todos los adultos responsables, serios, dueños de trabajos importantes, padres y madres de hijos preciosos y buenos alumnos, el mundo que sueña todo empleado/a medio pelo, de esos que consideran un triunfo el 2 x 1 del cine.

Así es señoras y señores, existe un paraíso donde se puede hablar de todo y de todos, criticar a las parejas, llorar por nuestras vergüenzas, esas que tapamos en Instagram, confesar el amor prohibido, despreciar a los suegros, describir a los amantes, putear la falta de sexo en la pareja, confesar el cansancio agotador (de instinto primitivo) que nos generan los hijos, soltar la ira contra los jefes y todo lo que nos bombardea la consciencia los 7 días de la semana.

Está al alcance de todos, pero como todo placer real y duradero… sale caro. Acá viene el dilema de pensar si mi salud mental vale realmente el precio del pase al cielo.

Este paraíso es la tan nombrada, escuchada y juzgada terapia.

Para algunos es un espacio encubierto que ni siquiera se animan a blanquear pero está en la vida de muchas personas y se hace notar. Cuando ves que tu compañero del laburo se cuelga mirándote fijo y con los ojos profundamente penetrados en los tuyos, es porque está haciendo la transición entre lo que le sale de la sangre y lo que le contó al psicólogo.

Ahí adentro en el legendario diván pasan tantas cosas, las historias que se deben armar los psicólogos, mejor que cualquier serie de Netflix, mejor que cualquier película de narcos o de amor.

Es el espacio donde se puede blanquear a voz viva absolutamente todas las cosas que rebotan en la mente y que callamos constantemente, el solo hecho de que las palabras tomen color por salir de nuestro ser ya hace que el sentimiento se transforme en sentido. ¿No es espectacular? Encontrarte escuchando tu realidad y del otro lado como respuesta solamente una mirada que escucha y te hace entender. Ahí se escuchan amoríos, odios profundos, historias mal terminadas o demasiado terminadas, historias que no empezaron, tristezas profundas e irreparables, secretos muy íntimos, corazones enfermos, fobias muy despiertas, deseos muy prendidos fuego.

Es el verdadero paraíso si lo pensamos: no hay límites, no hay tabúes, no existen raros ni perversos, el odio es aceptado, el amor es abanderado, la tristeza va encontrando una salida y la alegría es la alegría, siempre hermosa en cualquier contexto.

Sí me parece un hecho real que a medida que vamos llenándonos de bosta mundana con los años sin darnos cuenta, escapar al menos unos 40 minutos cada tanto se transforma en una necesidad muy ligada a la desesperación. Son unos gloriosos minutos que parecen horas, porque no dejamos de hablar de lo que viene carburando nuestra cabeza y lo más tremendo de todo es el placer que se siente cuando ese momento finaliza. Es como un orgasmo mental, una sensación de limpieza y claridad… parecida a la sensación de lograr un problema matemático o cambiar las sábanas.

Podemos caer en la desgracia de pensar que tenemos que abonar (muy caro) unos minutos semanales de placer, para escapar de las tormentas mentales, del sonido del celular, la dependencia del que nos llama y conformarnos con ir a correr que es gratis y “me despeja”. Bueno no quiero pinchar esa hermosa fantasía de reemplazo pero: NO.

Vale cada centavo sentarte a llorar con una persona y gritarle ¡SOY CORNUDA! O pasarte la sesión entera hablando de la uña larga de tu tío que te quita el sueño y te trastorna de manera anormal. Vale cada centavo, expresar lo que considerás un miedo para simplemente liberarlo o confesar qué cosas te avergüenzan. Vale la pena tener a alguien en frente a quien en realidad no le importás pero no le queda otra que escucharte con mucha atención para hablar de todo lo que tus amigos no quieren escuchar.

Es un espacio en el que se puede confesar la angustia de la soledad, la incomprensión, la desolación en los cambios de vida que a veces nos sorprenden, la frustración de habernos traicionado a nosotros mismos, la necesidad de conseguirnos conformes.

Es hermoso como ser humano sentirse escuchado, escuchar lo que otros dicen de nosotros. Vivimos especulando la reacción del otro hacia nosotros, vivimos de lo que piensan los demás… no siempre en un mal sentido. Digamos que el hippie que manifiesta su ideología está esperando que el otro lo capte como tal, por ende, comunica lo que quiere que pensemos de él/ella en su totalidad. Así, con todos/as todo el tiempo todos los días.

Bueno, si entran a este paraíso, van a olvidarse de lo que dice su propia remera para sacar lo que tenemos más escondido en nuestro cuerpo. El pecado se transforma en un amigo y el deseo en un cuento para niños. Eso sí, el secreto para el éxito de este placer está en entregarse de lleno a dejar que la boca reproduzca todo lo que se nos viene a la cabeza, sin represiones, sin escrúpulos y recordando siempre que al cruzar la puerta las palabras quedan encerradas y nuestra sombra camina más liviana.

Yo los invito a que lo intenten en este mundo tan sistematizado donde hasta la sensación de librar pensamientos es paga, hay alternativas que valen cada centavo. Hay partes del sistema que increíblemente, están hechas para ayudarnos: nos han estudiado muy bien.

Escrito por Lalo Landa para la sección:

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