Está lloviendo en mi casa y no me pude dormir. Son cerca de las 4 de la mañana y solo la luz de luna ilumina la casa. Cuando de pronto tocan el timbre, abro la puerta y es él que ha venido a verme.

¿Como sabía? ¿Sabía que lo estaba esperando? ¿Sabía que necesitaba probar su piel en persona? Dejar sus abrazos entre mi cuerpo y sus besos en mis labios.

“No me esperabas, ¿verdad?”

“No. No sabía que sabias donde vivía”

“No lo sabía. Lo busqué. Ya no daba más de esperar. Esto no viene de ahora.”

Tiene razón. Hace bastante que nos venimos deseando.

“Veni, pasá” le abro la puerta, y, mojado cómo está se me tira encima y me da un beso. Un beso que hemos estado esperando hace mucho. Un beso que abre una puerta. La puerta de la pasión.

Esto ya no es un sueño. Es una realidad que se encierra entre las 4 paredes de la casa. Lo empiezo a besar como si el mundo acabase esa misma noche, un beso que venía deseando desde hace mucho, estamos los dos iguales.

Se ha cortado la luz por la lluvia y solo nos ilumina la luz de luna que se mete por la ventana sin cortinas. Le saco la remera, lo empiezo a sentir con mis manos, voy besando su pálida piel, voy bajando, llego a su pantalón. Me detengo. Me mira. Agarra mi mano y la hunde en su boxer y lo siento. Lo deseo. Me desea. La noche recién empieza.

Me agarra por detrás y mientras que lo masturbo con el pantalón a medio sacar me empieza a besar y a dar pequeños mordiscos en el cuello. Sabe cómo encenderme. La lluvia sigue sonando de fondo. Y en la habitación el fuego se enciende.

Me susurra al oído una letra conocida:

“Estoy muriéndome de sed

Y es tu propia piel

La que me hace sentir este infierno”

Ya no hay dudas. Me tiro en la cama, él se acerca, me saca el pantalón, la ropa

interior y con mis piernas lo hago bajar a mi entre pierna para que me demuestre el poder de su lengua. Estoy disfrutando como nunca, se sabe mover, como si siempre hubiese sabido cómo actuar. De a poco lo siento, cada vez más y sobreviene un orgasmo que le llena la boca de líquido. El mío. Así me gusta.

Sin mediar palabra se termina de sacar el pantalón, yo me saco el corpiño, se sube arriba mío y me posee mientras que el resto del mundo fuera de esa cama deja de importar. Lo venimos esperando hace mucho. Me besa mientras que me embiste, yo le araño la espalda, estamos como locos, locos de lujuria.

El segundo orgasmo no se demora en venir. Cierro los ojos y a la par nos llenamos de ese éxtasis momentáneo que solo un buen orgasmo ofrece. A la vez. Se acuesta al lado mío, pone sus manos sobre mis pechos, me mira a los ojos y me dice “una eternidad esperé este instante”.

Y a lo lejos la luna sigue plena. Luz de luna.

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