Se acerca el verano y las madres luchonas lo saben. Corren a algún gimnasio a gastar el 80% de la asignación universal que les pagan por cada una de sus criaturas. Y de repente me surge la siguiente duda que no me permite terminar el plato de arroz con queso que apenas estoy digiriendo ¿Dónde dejan a sus bendiciones? ¿Acaso saben esos niños que sus madres pertenecen a la secta “me saco fotos en orto con el guacho frente al espejo” por unos simples likes? ¿Qué opinaría el Brayan si no se hubiera ido con la Yesi después de haberlas dejado embarazadas? Pues no lo sé, se los estoy preguntando.

Ahora bien, vamos a hablar un poco más de ella, voy a contarles algo más de la típica mamá luchona. La típica mamá luchona es esa que se gasta el sueldo en cosas para ella y tiene a los hijos vestidos como el Chavo del ocho. Y ya todos sabemos lo que le pasaba al Chavo cuando veía a Quico perfumado y con ropa y juguetes nuevos, algo tristísimo.

La típica mamá luchona no tiene para darle de comer a los hijos, pero la plata para los puchos nunca le falta. Antes muerta que saludable. La mamá luchona manda a sus bendiciones a pedir plata a la peatonal mientras ella, con suerte, amamanta al futuro trabajor infantil que nació hace unos meses. A ese al menos lo alimenta.

La típica mamá luchona es esa que nos indigna, sale con cuanto tipo se le cruza y al instante se los presenta a sus hijos sin medir el riesgo que corren al ser puestos en manos de un desconocido. La mamá luchona de tatuajes en el pecho es esa que sale a bailar y deja a sus hijos al cuidado de su hijo mayor, que no suele tener más de 10 años, mientras se deja manosear por algún gil que le mate la sed y le permita menear y permanecer en la noche mendocina con no menos de 1.5 de alcohol en sangre.

La mamá luchona manda a sus bendiciones al colegio por obligación, para que el Estado no le “rompa las pelotas” y para que le puedan completar, una vez al mes, el papelito del Anses. Una mamá luchona es esa que defiende al hijo aunque sabe que tiene más causas que “la Jaqui y sus angelitos”, le pega a la policía y si te distraés con alguna piedra le rompe los vidrios al patrullero o a algún “rata”. Se saca selfies semi en bolas con su hijo al lado porque antes muerta que digna.

En Mendoza, una provincia llena de chorros, temblores, donde en invierno te cagás de frío, en verano te re mil cagás de calor y lo que es peor, los olores y sustancias afloran las frentes morochas, abundan olores sudoríparos y la gente se acostumbra, abundan las madres luchonas.

Pero más allá del clima y de algunos lugares de mierda que sobran en Mendoza, tenemos la dicha de conocer gente rara, ese grupito de chicas, las que mueren por mostrar las nalgas por un fernet vitone con manaos bajo la sombra de algún yuyo al costado del río, aunque a otras no les cause gracia.

A la mamá luchona la dejás sola dos minutos y se saca selfies en los costados de la ruta de 60 o, las que cuentan con más suerte y tienen más glamour, más bien recurren a una Zanella tronadora que las lleve a las orillas del río Mendoza con alguna vestimenta de bandera extranjera o cualquier otro tipo de accesorio que haga apología a otra nacionalidad y todo esto para negar que viven en el límite de Bolivia y Jujuy.

Cada vez que Pedrito Maza anuncia que hoy no nos vamos a cagar de frío, las mamás luchonas fanáticas de lo sensual, de lo prohibido y el mal gusto aprovechan el derroche de transpiración para mostrar sus pronunciadas curvas (aunque tengan más baches que las calles de Guaymallén) y aunque sus hijos aun no hayan probado nada para comer.

Alguna imitación de un perfume que se consigue por veinte pesitos en el persa les resulta suficiente para evitar sucumbir a la terrible odisea de tomar una ducha o en su defecto tirarse un balde de agua.

Invitaciones para ir a la casa de algún amigo, de esos que te roban el celular, son el marco ideal para tomarse fotos con sus caras adornadas por aquellos metales preciosos que llaman piercings (por lo cual, evitan acercarse a cualquier tipo de imán) y como fondo de tan preciada fotografía, alguna pared sin revocar y un calendario del átomo.

Pero no todo es color de rosas para estas impresentables damas, aquellas que no cuenten con la dicha de tener algún espécimen de amigo con pile, siempre le dan la bienvenida a su amiga “la manguera” que les permite derrochar agua, sí, el mismo agua que la gente buena usa para beber. Mientras practican correr rápido, evitando ser “chayados” lo que les permite entrenarse para cuando caiga la yuta a cortarles el mambo.

Después de un día largo e inútil (como el “Alfredito” de mi ex), agotador lleno de agua, perfumes y calzas rotas en las rodillas, estas féminas están listas para salir a romper la noche por algún complejo bailable de la Ciudad de Mendoza. Y es ahí cuando se encuentran en la cresta de la ola. Cada vez que entran al “bolique”, una nube de humo que da risa y música de pocos compases prometen ser el contexto ideal para pasar una gran noche buscando el macho perfecto con aire acondicionado, seguramente robado. Sus hijos seguro se encuentran encerrados en algún domicilio o aprendiendo a delinquir por unos mangos, haciendo uso y abuso de la minoría de edad.

Luego de largas horas de alcohol y descontrol, están preparadas para salir acompañadas por algún chico de abundante prontuario carcelario para que, con gusto, le revuelva el estofado y a cambio le entregue hasta las escrituras de la casa.

Y es así como termina su día “la Yenni del municipal”. A pesar de todo fue una noche tranquila para ella ya que no hubo disparos.

Si usted se sintió identificada con alguna de estas características, permítame decirle que me da mucha vergüenza de género. Si en cambio usted conoce a algún niño que la padece a diario, no lo dude, haga la denuncia, no sea egoísta.

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