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Estaban cercados, no había un lugar a su alrededor que no estuviese lleno de policías. Estaban todos con las armas listas y el deseo intacto de pintarse la cara con la sangre de los dos fugados.

Anochecía, las estrellas azules estaban acostadas y tapaditas hasta el cuello.

1

Víctor Espósito y Enrique Córdoba dejaron un reguero de locura y balas por la ciudad. Su ambición creció exponencialmente, a ambos les hipnotizaban los billetes tomados en los atracos que cometían. Guardaban el botín en una caja de zapatos que pronto se vio rebalsada. No gastaban el dinero en nada. En el ranchito rodeado de cañaverales se sentaban a esperar hasta que algo los emplazaba, un ansia de ahogado en el mar los obligaba a salir a robar y a matar.

No acababan de pasar unas horas que salieron de vuelta los tres: Víctor, Enrique y la Colt 45.

2

Llegaron a la casa de venta de telas y entraron con los ojos y la decisión inyectados de sangre. Córdoba llevaba la Colt desenfundada y Víctor la amenaza más pura en su mirada.

El dueño de la sedería. Ismael Fabib, los miró desconfiado, por la hora y por la facha; pero luego, en un segundo desesperante, los reconoció. La imagen de la cara de los dos era una constante en los programas de televisión, los signaban como peligrosos, aberrantes y silenciosos.

Fabib nunca había utilizado la escopeta calibre 12 que tenía bajo el mostrador, el arma estuvo escondida desde que su padre abrió el negocio hacía cuarenta años; cada tanto le pasaba un plumero, con temor y respeto. No sabía si estaba cargada pero, inmediatamente después de ver entrar al par de apariencia siniestra, sacó el arma y disparó. No ocurrió nada.

No la había amartillado.

Córdoba reaccionó y disparó dos veces, extrañamente no atinó ninguna vez.

Fabib, después de subsanar el error, jaló del gatillo y el estruendo se escuchó en todo el mundo.

El cañón de la escopeta tenía su interior lleno de tela de arañas y tierra de casi medio siglo. El cartucho entró en ignición al ser gatillado y explotó al toparse con la basura reunida. Las esquirlas del estallido salieron hacia todos lados. Fabib cayó con el rostro destrozado por la detonación, convulsionó un instante en el piso y murió con resabios a pólvora en la lengua que asomaba de su cara destrozada.

Una pareja de policías pasaba circunstancialmente por el lugar. Al escuchar los disparos intentaron entrar entonces Córdoba los repelió a los tiros. Pero ya era tarde, no podían escapar del negocio. Los dos agentes pidieron refuerzos mientras acribillaban la puerta de la sedería, pronto el lugar estuvo rodeado por una marea azul.

3

Soledad Malvini vio todo el asalto detrás de una seda que quería comprar. No se impresionó con la muerte de Fabib, había sido enfermera por muchos años y en el transitar de su profesión vio mucha sangre, muchas lenguas rotas y muchas muertes. Lo que sí la conmovió fue la forma en que la miraba el hombre más chiquito, como si éste tuviera la potestad de dar o quitar vida con un sólo pestañeo; el otro le pareció bestial y primitivo.

Las fuerzas del orden, agrupadas en la puerta del negocio de Fabib, vieron que los dos fugados tenían un rehén: una mujer mayor que sostenía una tela de seda roja en sus manos. Córdoba la utilizaba cómo escudo humano y le apoyaba el cañón de la Colt en la sien.

Mientras tanto Víctor Espósito se sentó tranquilamente en una silla, enfrentando a las armas de los policías, quienes estaban a pocos metros de él. Víctor miró directo a los ojos de cada uno de los que le apuntaban.

Malvini supo que estaba muerta, nada ni nadie podía salir de esa situación indemne. Sentía como el arma le rozaba la cabeza, le acariciaba el pelo, se lo desenredaba; suspiró con indiferencia. No le vendría mal la muerte dadas las circunstancias que transcurrían en su vida.

4

Doña Luli miraba la TV con un gesto de estupefacción. No podía creer lo cambiado que estaba Víctor -una templanza asesina emanaba de los ojos bien abiertos de su hijo- y lo agresivamente surrealista de la situación.

Todos los canales de televisión transmitían el asalto fallido en vivo y en directo. La escena parecía a punto de explotar. En la puerta de la sedería Víctor estaba sentado con los brazos cruzados, desafiante, burlón y con las piernas cruzadas – él nunca cruzaba las piernas; detrás, usando a Soledad Malvini como resguardo, estaban Enrique y la Colt, latiendo fuera de ritmo, con el dedo tenso sobre el gatillo mojado por el sudor. A su alrededor una decena de policías jadeantes con babas de venganza. En un círculo más amplio estaban la prensa y una multitud de curiosos, que eran a duras penas contenidos por las autoridades.

Las cámaras eran seres vivos captando todo, alimentándose de la masacre que estaba por venir.

Las estrellas azules habían entrado en un sueño liviano, de cristal.

Continuará…

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