Hace un tiempo atrás escribí una nota que se llamaba “Los olores del tiempo”. En ella contaba cómo ciertos perfumes, aromas, sabores, nos llevan directamente a una época pasada, a una situación o persona. El perfume de ella en esa ocasión, el olor de esa comida aquel domingo, el sabor de un trago aquella noche.

Con la música pasa exactamente lo mismo. Hay algo que aclarar, me considero un melómano, fanático total de este maravilloso arte, por ese motivo puede que en mí la música sea algo de lo más relevante y trascendente del mundo, pero al ser un arte tan popular estoy seguro que a muchos les debe pasar lo mismo que a mí.

La música nos genera sensaciones, nos cambia el humor, nos acompaña en nuestros múltiples y diversos estados, nos lleva a otros universos, nos hace soñar, florar, llorar, volar, ir y venir, la música hace y deshace lo que quiere con nosotros.

Hay algo fantástico que la música genera en las personas y es hacernos viajar en el tiempo, es un pase al pasado, una ventana al ayer. Es imposible que no te acuerdes aquella canción que estaba de moda cuando te fuiste de viaje de egresados, que te cansaste de cantar y bailar, que habían mil personas a quién dedicársela. Cada vez que la escuchas recordas el fin de aquella etapa de tu vida tan desinteresada, rebelde sin causa y desenfrenada, quizás recuerdes de quién te enamoraste, por quién sufriste, que ganaste y que perdiste. Es imposible olvidarte la primera canción que le dedicaste a un amor, este o no presente aún en tu vida, haciendo imposible borrarte a esa persona. El vals que bailaste a tus quince, la cara de tu viejo, la canción “del verano” aquellas vacaciones solo con tus amigos, que suelen ponerla en los asados y morir de risa y nostalgia, el tema que te hace emocionar y acordarte de alguien que ya no está, que te llena de recuerdos palpables, esa canción con la que te masoqueaste infantilmente cuando te dejaron, cuando creías que ahí se acababa el mundo y ya no tenía más sentido seguir… que niño. Esas canciones de aquellos recitales, de esos pogos desenfrenados, de esa energía juvenil de antaño, mal encausada, mal gastada y tan bien vivida. Esa canción ardiente de aquella noche de lujuria despiadada, que instantáneamente e instintivamente te activan y te hacen dar ganas de hacer el amor. El tema que desde toda la vida te acelera, te enciende, te pone feliz y activo, te carga de pilas y energía, te genera una impronta distinta para encarar una situación cotidiana, ese que sabes exactamente dónde esta y acudís a él como a un psicólogo o un medicamento. La canción que aunque pase de moda te hacen dar ganas de bailar, de divertirte, te lleva a fiesta, a una noche de descontrol, gente, humo, boliche, ruido, amigos, amores, sorpresas. Si te gusta la política están esas canciones de lucha y militancia, que foguean tus pasiones, que despiertan tus ganas de hacer. La música de aquella película o serie que marcó tu vida, que te hizo entender muchas cosas o que te acompañó en algún proceso. Las primeras canciones que escuchaste en serio y te llevan a tu infancia, sean del calibre que sean. Los tangos y los boleros de tus abuelos, que te hacen acordar a radio vieja con sonido monoaural, carrasposo y pinchudo, el rock ochentoso de tus viejos que te llevan a polaroids sepia de pantalones pata de elefante, bigotes y peinados batidos, el rock duro de tus primeros pasos en la música, cuando todos éramos rústicos y queríamos ruido y contacto físico. Esos acordes que te bajan cambios te te hacen dar ganas de leer tirado en un sillón. Los instrumentales que permiten además de recordar, volar por los aires de la imaginación absoluta. La música que tenes para viajar, que te lleva a rutas, campos eternos, noches profundas y kilómetros por delante. Las canciones que te relajan, que te ayudan a conciliar el sueño o la que te hace despertar por las mañanas. El tema que cantabas de chiquito, las canciones prohibidas de antaño, la música que te recuerda a playas y vacaciones, la música que te aventura, la que te usas cuando haces gimnasia que te hace duplicar tus esfuerzos y te llena de energía. La canción que te hace feliz, la que te hace emocionar.

Todas esas canciones son nuestras y sin dudas han ayudado a que seamos lo que hoy somos, nos han forjado, nos han ayudado a pulirnos, a pensarnos y a crecer. En fin… la banda de sonido de tu vida. Ese túnel al pasado, ese efecto instantáneo y subconsciente de sentimientos y estados. Que triste y vacía sería la vida si la música no existiese.

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